CRÍTICA DEL NACIONALISMO PURO-I

CRÍTICA DEL NACIONALISMO PURO
POR ALEXIS LÓPEZ TAPIA
ORIGINAL PUBLICADO EN
REVISTA PENDRAGÓN Nº 10
20 DE ABRIL DE 1997

Uno de los problemas recurrentes en la definición del Nacionalsocialismo, es su relación con el Nacionalismo a nivel ideológico. Problema de larga data que aún hoy día a más de un camarada puede provocarle dudas, y que trataremos de analizar desde varios ámbitos en el presente artículo.
Como antecedente preliminar, se ha sostenido durante mucho tiempo que ya en los primeros años del Gobierno Nacionalsocialista en Alemania, se produjo una tensión entre ambos polos -el nacionalista y el socialista-, que terminó en la tristemente célebre “Noche de los Cuchillos Largos” y el descabezamiento de las S.A.
En esa época las S.A. contaban con más de tres millones de miembros. Eran la principal fuerza armada del partido, y Röhm -sustentado en este hecho- había comenzado paulatinamente a propiciar una segunda revolución, o -si se quiere-, un aceleramiento de las medidas de cambio del sistema bajo el gobierno nacionalsocialista.
Debe considerarse que en un ámbito puramente ideológico, ni Röhm ni los hombres al mando de las S.A. tenían clara conciencia del sentido y significado últimos del nacionalsocialismo. Más combatientes que ideólogos, fueron los primeros que dieron la lucha contra el comunismo, y pelearon las calles a los adversarios del partido. A ello se debe en buena parte la toma de posición -una cuestión producto más de las circunstancias que de las ideas-, que los llevó a representar la facción más revolucionaria dentro del gobierno nacionalsocialista.
Es por ello que, aunque a priori podría sustentarse la idea de que, en términos ideológicos, se enfrentaron los componentes Nacionalistas y los Socialistas al interior del N.S.D.A.P., el sentido eminentemente práctico y táctico del enfrentamiento invalida esta visión demasiado estrecha de los hechos: la expresión concreta de este incidente no tuvo consecuencias en el ámbito ideológico, sino que básicamente se trató del afiatamiento del poder personal del Führer, y el restablecimiento del orden jerárquico, amenazado por la importancia creciente de Ernst Röhm y poder de las Sturmabteilung (Secciones de Asalto).
Sin embargo, lo que relatamos deja en evidencia un problema fundamental, que queremos tratar detenidamente en este número: ¿es el nacionalsocialismo sólo una forma modificada del nacionalismo, o son dos corrientes básicamente distintas si bien con las mismas raíces fundamentales? Se ha vuelto un lugar común el identificar al Nazismo con el Nacionalismo y envolver a ambos bajo el concepto genérico de Fascismo. Sabemos que esta interpretación no nos pertenece, ya que es producto de las órdenes de la Internacional Comunista de los años ’30, que -paralelamente a la instauración de los “Frentes Populares”-, recreó el concepto de Fascismo con un objetivo utilitario: definir al enemigo es el primer paso para unificar las propias fuerzas.
Esta antigua estrategia ha dado resultado en el tiempo y se ha hecho un lugar común. Hoy se pueden calificar de Fascistas a un terrorista palestino, judío, del IRA, la ETA, las GAL o de casi cualquier facción separatista armada. También a un dictador Africano, a un político conservador francés, a un candidato a la presidencia rusa, a un Senador norteamericano pro-aumento de las condiciones de inmigración, a la política cultural china, a los propios sionistas y, en fin, a cualquiera que se pretenda descalificar, anatemizar y poner en desventaja rápidamente.
¿Se puede calificar de Nacionalistas a los separatistas Chechenos? ¿Sí?… ¿puede entonces llamárselos fascistas?… A mayor abundamiento ¿son fascistas, por definición, todos los grupos Nacionalistas alrededor del planeta? O, a contrario sensu, ¿debemos pensar que no existe un Nacionalismo que a la vez no sea una forma de Fascismo? ¿Y qué debemos pensar entonces del Nacionalsocialismo en toda esta confusión?
Lo cierto es que toda esta confusión y aparente paradoja no es tal.
Hemos señalado que el uso del concepto Fascismo en los términos citados no proviene de nuestra propia cosmovisión. Es con Gramsci que la clásica visión dialéctica marxista de la historia: burguesía v/s proletariado (lo estructural), será adaptada -desplazada- a categorías de naturaleza ideológico-filosófica (lo superestructural).
Burguesía v/s Proletariado será entonces Capitalismo v/s Comunismo, categorías que se transformarán -a partir del enfoque gramsciano- en Tradición v/s Modernidad. Finalmente, esta dupla cede lugar a la fórmula ideológica: Fascismo v/s Antifascismo.
Con la sustitución de la clásica noción Burguesía v/s Proletariado por la de Fascismo v/s Antifascismo, el horizonte de la lucha política del marxismo-leninismo se fija -utilizando su propia terminología-, en “aspectos superestructurales”. El adversario ya no es el patrón, sino el fascista.
Los comunistas, a partir de Gramsci, convierten al Fascismo en la síntesis histórica del Mal, como lo era el capitalismo en el marxismo clásico de corte estructural. Es fascista el que desea defender los valores de la tradición, sin importar si son valores históricos o metahistóricos; porque -señalan los marxistas- son esos los valores responsables del nacimiento del monstruo fascista.
Lo que gana el marxismo con este juego semántico es una connotación ética. El fascismo es totalitario, es la personificación del mal. Hitler es el demonio en persona, y Mussolini quizá Belcebú. El marxismo se apropia -en exclusiva-, de la tarea antifascista y establece la hegemonía ética de sus postulados para vencer al mal.
En la óptica que señalamos, tanto el fascismo como el antifascismo son categorías totalizantes, que escapan del ámbito de la historia y adquieren un valor moral. Fascismo es el mal en cuanto tal. La concreción histórica de ese “sentido común” que el marxismo desea abatir y exterminar. Fascista es el principio de autoridad, la tradición, la nación y toda cultura metafísica o religiosa que se apoye en valores objetivos. Fascismo es el antiguo sentido común que -con muy bien manejadas connotaciones tenebrosas-, es presentado por el comunismo como el enemigo al que hay que destruir.
De este modo, los comunistas lograron ganar la guerra semántica. Y la ganaron ampliamente: al sustraer el análisis del fascismo de su propio y preciso terreno histórico, lograron que cualquiera que defienda los valores tradicionales pierda -por eso mismo-, el derecho a la palabra. Será un enemigo que hay que suprimir, que hay que callar: con él no se discute ni se le da opción a discutir. Es un paria ideológico y -lo más importante-, es la encarnación del Mal.
¿Por qué es importante constatar este hecho en una crítica al nacionalismo puro? Porque de modo evidente el nacionalismo ha sido considerado como el origen de los valores que generaron al Fascismo. En este sentido, es el nacionalismo aquel “sentido común” cuya cría fue el fascismo.
Entonces, el primer paso que hay que dar para separar estas aguas turbias, consiste en invalidar la semántica marxista en el tratamiento de las ideologías que analizamos. Y no es un paso cualquiera: en anteriores números hemos tratado someramente la pretensión del sistema de equiparar al Nacionalsocialismo -verbi gracia-, al Fascismo con el Comunismo, como las puntas extremas de concepciones que se tocan. ¿Cómo y por qué sucedió esto?
Cuando se produce la caída de la Unión Soviética y finaliza el mundo bipolar -de esto no hace muchos años como se recordará-, los adalides del nuevo orden mundial deben replantear su propia tesis en función de un mundo en el que ya son o se creen vencedores.
Sorprendentemente utilizan la vieja estrategia semántica marxista: hacen de los potenciales y acabados enemigos un todo: “lo utópico”, y mezclan en esa denominación a todas las corrientes que en alguna oportunidad pudieron oponérseles: nacionalismo, nazismo, fascismo; socialismo, marxismo, comunismo; son de esta forma metidos en el mismo saco ideológico, y claramente presentados como los perdedores en esta lucha por la hegemonía mundial.
No sorprende tanto entonces que Fukuyama haya decretado “El fin de la Historia”. Desde esta perspectiva queda claro que tal sentencia es sólo el grito del que logró llegar primero a la meta, y saltó de júbilo frente a los demás competidores muertos en el camino.
Sumado a lo anterior, el sistema está propugnando la transformación de “las utopías” en otras tantas encarnaciones del Mal.
El propio Fukuyama indica en “El Fin de la Historia y el último Hombre”:

“Resultó que la Primera Guerra Mundial sólo era una anticipación de nuevas formas de maldad que pronto iban a surgir. Si la ciencia moderna hizo posibles armas de poder destructor sin precedentes, como la ametralladora y el avión de bombardeo, la política moderna creó un Estado de poder sin precedentes, para nombrar el cual hubo que acuñar una nueva palabra: totalitarismo. Apoyado en un eficiente aparato policiaco, en partidos políticos de masas y en ideologías radicales que querían controlar todos los aspectos de la vida humana, este nuevo tipo de Estado aspiraba nada menos que al dominio mundial. Los genocidios perpetrados por los regímenes totalitarios de Hitler en Alemania y de Stalin en Rusia no tenían precedentes en la historia y en muchos aspectos fueron posibles gracias a la modernidad misma (N.d.A.: lo señala Jean-François Revel, “But We Follow the Worse…”, The National Interest, 18 – 1989-90, pp. 99-103).
Desde luego, ha habido muchas sangrientas tiranías antes del Siglo XX, pero Hitler y Stalin pusieron la tecnología moderna y la moderna organización política al servicio del mal. Antes había estado fuera del alcance de las tiranías “tradicionales” proponerse algo tan ambicioso como la eliminación de toda una clase de gente, como los judíos de Europa o los kulaks de la Unión Soviética. Pero ésta era precisamente la tarea que los avances técnicos y sociales del siglo anterior hacían posible. Las guerras emprendidas por estas ideologías totalitarias eran también de un tipo nuevo, pues entrañaban la destrucción de la población civil y de los recursos económicos, lo que explica la expresión “guerra total”. Para defenderse de esta amenaza, las democracias liberales se vieron inducidas a adoptar estrategias militares, como los bombardeos de Dresden e Hiroshima, que en épocas anteriores habrían recibido el calificativo de genocidios (N.d.E.: ergo, para Fukuyama, Dresden e Hiroshima no son genocidios).
Las teorías sobre el progreso del siglo XIX asociaban la maldad humana con un estado atrasado de desarrollo social. Si bien el estalinismo surgió en un país atrasado y semieuropeo, conocido por su gobierno despótico, el Holocausto tuvo lugar en un país con la economía industrial más avanzada y con una de las poblaciones más cultas y bien educadas de Europa”. (N.d.E.: todas las negritas son nuestras).

Esta también es la tesis que propone el pastor evangélico rumano Richard Wurmbrad, en su libro “Marx y Satán”, en que señala:

“El Marxismo gobierna hoy día a más de un tercio de la humanidad (evidentemente, escribe antes de la caída de la URSS). Si pudiera demostrarse que los iniciadores y perpetradores de este movimiento eran en verdad adoradores del demonio a puertas cerradas, que explotaron conscientemente los poderes satánicos, ¿no habría que actuar ante esta verificación tan alarmante?”

… Sólo podemos agregar que, ciertamente, el pastor trata de demostrarlo… y no le faltan antecedentes. Recordemos someramente el influjo de las ideas Cosmistas en la génesis metahistórica del Comunismo: Bogdanov (1873-1927), importante ideólogo Comunista calificado por Lenin como “el cerebro número uno” del partido, en algunos de sus escritos glorificaba a Satanás como “dios del Proletariado” (Ver “Cosmismo y Comunismo”, de Aleksandr Duguin, en Ciudad de los Césares Nº 39).

Y como ejemplo paralelo, Nigel Pennik escribe en “Las ciencias secretas de Hitler”:

“Las fronteras de una nueva civilización aún pueden levantarse sobre el conocimiento de tan mala gana desestimado como “ocultista”. Aprendamos del mal uso que hicieron los nazis de estos poderes y no nos alejemos del bien al apartarnos del mal”.

Aunque en este artículo no vamos a referirnos a este aspecto in extenso, permítasenos un breve comentario al margen: Wurmbrad es pastor evangélico; Pennik es ocultista, probablemente masón o rosacruz, y Fukuyama es autor del Best Seller que proclama que “la democracia liberal es el punto final de la evolución ideológica de la humanidad” ¿Hay que ser demasiado perspicaz para no ver en ello una relación? A nosotros por lo menos nos queda bastante claro que, desde esta perspectiva, la tesis que sustenta Miguel Serrano está absolutamente validada: al nacionalsocialismo se le ha combatido en todos los frentes posibles: físicos, metafísicos, políticos, semánticos, exotéricos y esotéricos.

Lo cierto es que determinante resulta comprobar que para el sistema los “antifascistas” son tan “malos” como los “fascistas”.
Hacer estas precisiones resulta vital antes de comenzar nuestro análisis de fondo. Con bastante facilidad podemos caer en la semántica de los enemigos, y terminar creyendo que “cualquiera que critique al nacionalismo es antifascista”.

Por lo anterior, la perspectiva que señalamos resulta imprescindible: vamos a criticar al nacionalismo desde nuestro propio campo ideológico, ya que cualquier criterio o utilización del lenguaje y conceptos de los contrarios invalida automáticamente la crítica.

En el artículo de nuestro primer número -“Nacionalsocialismo a setenta años de Mein Kampf, Presente y ¿Futuro?”- ya lo señalábamos: “Por ello, la pregunta enunciada sólo tiene validez dentro de un marco referencial bastante limitado -si bien poco claro en sus límites- que es el proporcionado por quienes nos decimos nacionalsocialistas. Por ende, sólo nosotros podemos -coherentemente-, realizarla y tratar de responderla”. En el caso de este ensayo lo volvemos a reiterar.

Otro aspecto que provoca confusión, y no poca por cierto, es el hecho de que el Nacionalsocialismo y el Fascismo se presentan como ideologías a la vez nacionales e internacionales, no obstante el Nacionalismo -por definición-, excluye una cosmovisión de esta naturaleza: el nacionalismo es propio, único y característico de cada Nación, incluso de aquellas que se encuentran bajo el dominio geopolítico, económico o administrativo de otras. No puede hablarse por ello de un “Nacionalismo Internacional”, no obstante sí concebimos un “Nacionalsocialismo Internacional” ¿Cómo podemos comprender esta aparente paradoja?

El primer paso consistiría en precisar exhaustivamente los aspectos que han dado origen al concepto de Nacionalismo, verificar su autoconsistencia y proyectar sus consecuencias doctrinarias. Para ello deberíamos recurrir a ejemplos, a paradigmas, donde la aplicación práctica del Nacionalismo haya quedado demostrada. Y sólo estos hechos empíricos proporcionarían la base de una definición puramente doctrinaria, sobre la base de una ideología ya expresada.

En lo señalado, utilizamos premeditadamente el modo condicional, porque una revisión del concepto implica -necesariamente-, la existencia de una definición acerca del mismo; definición que -como comprobaremos-, no ha existido a efectivamente con anterioridad. De allí que, como marco teórico, debamos utilizar una formulación eminentemente condicional, la cual -en síntesis- se sostiene sobre la sentencia “Si X fuera Y, entonces N debería significar Z”.

De lo contrario, es decir, de querer sostener a priori una definición del concepto, cometeríamos el error frecuente de confundir causas con efectos, ya que en toda sentencia donde X es una incógnita, pretender extraer su valor sin conocer las restantes variables invalida todo el desarrollo. Es decir, si no conocemos Y, N y Z, nada podemos tampoco decir de X.

Aunque parezca complicado el reducir a una formulación de carácter matemático el centro de nuestra argumentación, lo que estamos diciendo es que -evidentemente-, en lógica, una proposición debe existir antes de que extraigamos conclusiones acerca de ella y, como veremos, la proposición teórica acerca del Nacionalismo no ha existido.

Comencemos:

¿QUÉ ES EL NACIONALISMO?

Nacionalismo [sustantivo masculino]. Apego de los naturales de una Nación a ella propia y a cuanto le pertenece. || Doctrina que exalta en todos los órdenes la personalidad nacional completa.

Nacionalista [común]. Partidario del nacionalismo. [Úsase también como sustantivo].
(Diccionario Everest Cúpula, Primera Edición, 1976).

¿Cómo podemos decir que no hay una definición de Nacionalismo?

Veamos más atentamente la “definición” que propone el diccionario (éste o cualquier diccionario). Se establecen dos acepciones: “Apego” y “Doctrina”.

En tanto “Apego”, la definición es simplemente tautológico. Un natural de una Nación pertenece a ella. ¿Cómo puede estar apegado a algo, algo que es parte de ello? Es decir, no puedo dejar de estar apegado a mi nación por cuanto soy parte de ella. “Apego” no nos dice nada, sólo señala una consecuencia lógica del hecho de ser parte de una nación, que es ser parte de ella misma y de todo cuanto le pertenece. Evidentemente, esta acepción no es una definición, sino una descripción circular del hecho lógico.
Para efectos de nuestro trabajo, la acepción más importante es la segunda: “Doctrina que exalta en todos los órdenes la personalidad nacional completa”.

Doctrina es: Enseñanza que se da para instrucción de alguno. || Ciencia o sabiduría. || Opinión de uno o varios autores en cualquier materia.

Es decir, Nacionalismo sería (y aquí comenzamos con los condicionales), “la enseñanza que se da en cuanto a exaltar en todos los órdenes la personalidad nacional completa”.

Pero, aún debemos ver en qué sentido se usa “personalidad”: Diferencia individual que constituye a cada persona y la distingue de otra. || Conjunto de cualidades que constituyen a la persona o supuesto inteligente.

Digamos entonces que Nacionalismo podría ser: “la enseñanza que se da en cuanto a exaltar en todos los órdenes la diferencia individual y el conjunto de cualidades nacionales completas”.

Queda claro del análisis que lo único verdaderamente concluyente de la supuesta definición es que “Nacionalismo es realzar el mérito o circunstancias en todos los órdenes de la diferencia individual y el conjunto de cualidades nacionales completas”.

¿Constituye esto una Doctrina? o, mejor, ¿Constituye esto una ideología?

Si lo concluyente de la definición es el concepto de exaltar, entonces y lógicamente deberíamos concluir que la doctrina es exaltar, o que exaltar es la doctrina.

De allí que académicamente, y para salvar la trampa conceptual de una definición que no está definiendo nada concreto, se haya optado por -y a modo de explicación-, señalar las “características fundamentales”, o “factores clave” del Nacionalismo:

1.- La raza o etnia: el basamento etnográfico de un pueblo que da origen a una nación.
2.- El idioma: medio por el cual la nación se comunica y distingue.
3.- Tradición histórica: las costumbres y tradiciones del pueblo que constituye la nación.

Lo paradójico resulta del hecho que, cuando el Nacionalismo es exaltado, se habla de chauvinismo, un galicismo elegantón para decir “patriotería”. ¿Y qué tiene que ver en todo esto la Patria?, el “lugar, ciudad o país en que uno ha nacido”. Y, para continuar con las tautologías, es patriotero el que “alardea excesiva e inoportunamente de patriotismo”.

Se nos perdonará lo lato y reiterativo de esta parte del ensayo, pero resulta básico hacer ver que la definición de Nacionalismo, ni conceptual, ni doctrinaria ni académicamente existe.

Lo que hay es una continua y circular reiteración de una afirmación ambigua: Nacionalista es aquel que exalta lo que es propio de su Nación, incluyéndose él mismo.

Con respecto a los llamados factores clave, no constituyen más que enumeraciones de los contenidos propios de una Nación, así como las hojas, ramas y raíces serían contenidos claves de un bosque, los pelos y las uñas de un conejo, o las plumas y pico contenidos clave de un pájaro.

Lo que se hace -otra vez-, es describir circularmente algo que no tiene definición porque no constituye un concepto definido.

Pero, seguramente a estas alturas muchos de los lectores estarán pensando: “bueno, puede ser que la definición no sea correcta, o no sea la mejor definición; pero tenemos muchos ejemplos prácticos de lo que sí es Nacionalismo, que sirven mejor que un diccionario para los efectos de precisar el concepto”.

Perfecto. A eso precisamente queríamos llegar. Porque cuando hagamos la lista de algunos de los considerados principales ejemplos prácticos del Nacionalismo en el Mundo y en nuestra propia Nación, veremos que allí es donde más ha incidido la falta de una definición concreta, y es justamente ello el motivo de nuestra Crítica del Nacionalismo Puro.

Otra pregunta que posiblemente los lectores estarán realizando es: ¿qué consecuencias prácticas trae para nuestra cosmovisión esta crítica?, incluso, ¿tiene algún sentido realizarla?, o bien, ¿es positivo para nuestras ideas esta “desmantelación” del Nacionalismo?
Como no estamos partiendo de peticiones de principio, salvo se considere como tal la necesidad de centrar la crítica en nuestra propia cosmovisión, no esperamos que a priori ninguno de nuestros lectores comparta las posiciones que estamos adoptando. Bien claro tenemos que sostener una crítica de esta naturaleza nos condiciona automáticamente a ser criticados. A aceptar la crítica y argumentación contraria.

Pero tenemos la certeza, la certidumbre de que si logramos establecer sólidamente las bases ideológicas que respaldan nuestros asertos, estaremos dando un giro fundamental en el curso de nuestras ideas desde 1939 a la fecha. Giro que resulta prioritario e imperioso, ya que -en nuestra personal concepción-, el Nacionalsocialismo no es un proceso ideológico terminado. Todo lo contrario, apenas ha sido esbozado. Apenas ha logrado desarrollarse doctrinariamente, ya que el único gobierno definidamente nacionalsocialista que ha existido, tuvo una duración de apenas seis años, debiendo enfrentarse a una guerra que inhibió el desarrollo de la doctrina desde un ámbito estrictamente ideológico.

En estado de guerra priman -y lo hemos señalado en números anteriores-, priman las Razones de Estado (las razones de la sinrazón), que no pueden ser consideradas razones ideológicas dada su propia naturaleza. No hubo tiempo ni posibilidad de que el pensamiento de la Alemania Nacionalsocialista evolucionara doctrinariamente, porque la ideología alcanzó a ser aplicada en forma limitada, reducida y -principalmente- como producto de las circunstancias y no de las voliciones.

Esto incluso es reconocido por el propio Fukuyama, que señala:

“El fascismo no existió el tiempo suficiente para sufrir una crisis de legitimidad, sino que fue vencido por la fuerza de las armas. Hitler y sus partidarios fueron a la muerte, en su búnker de Berlín, creyendo hasta el final en la autoridad legítima de Hitler y en la causa nazi. El atractivo del fascismo se desvaneció en el espíritu de la gente, retrospectivamente, a causa de esta derrota. Es decir, Hitler había basado su proclamación de legitimidad en la promesa del dominio mundial; lo que los alemanes obtuvieron, en lugar de esto, fue una horrible devastación y el verse ocupados por razas supuestamente inferiores.

El fascismo resultaba muy atractivo no solamente para los alemanes, sino para muchos pueblos del resto del mundo cuando se trataba meramente de desfiles con antorchas y de victorias sin sangre, pero perdió este atractivo cuando llevó su inherente militarismo a su conclusión lógica. El fascismo sufría, por decirlo así, de una contradicción interna: su énfasis en el militarismo y guerra llevaba inevitablemente a un autodestructor conflicto con el sistema internacional. Como resultado de esto, no ha sido un rival serio para la democracia liberal a partir de la segunda guerra mundial.

Desde luego podemos preguntarnos cuán legítimo sería hoy el fascismo si Hitler no hubiese sido vencido. Pero la contradicción interna del fascismo era más profunda que la probabilidad de que hubiese sido derrotado militarmente por el sistema internacional. Si Hitler hubiese salido victorioso, el fascismo, de todos modos, hubiera perdido su raison d’être en la paz de un imperio universal en el cual la nación alemana no pudiera ya afirmarse por medio de la guerra y la conquista”. (Fukuyama, F. op. cit.)

Ciertamente, el autor soslaya que -en ese caso (con la Alemania Nazi victoriosa)-, la democracia liberal “no hubiera sido un rival para el fascismo a partir de la segunda guerra mundial”, y además, que el Nacionalsocialismo (al que -consecuentemente con la semántica del stablishment- Fukuyama insiste en llamar fascismo) -como veremos más adelante- haya su estabilidad intrínseca y su legitimidad en el cambio global de sistema, que para eso es una Cosmovisión, mucho más que en la afirmación de Alemania y los alemanes por medio de la guerra, afirmación absurda desde el momento en que soldados de 37 naciones combatieron como SS junto a los alemanes. Todo el argumento es ultra petita de principio a fin, además de quedar reducido al absurdo por su propia lógica.

Comprendiendo esto, es que a quienes más beneficia una crítica de la naturaleza que presentamos, es a nuestro propio modo de pensar y desarrollarnos. A nuestra propia ontogenia ideológica. Paralelamente, los propios “Nacionalistas” se verán fortalecidos, aunque ello les signifique primeramente, reconocer que su toma de posición no se fundamenta en criterios ideológicos estrictos.

En términos prácticos, la clarificación que proponemos va mucho más allá de aspectos semánticos o disquisiciones ideológicas. Se hace necesario más que nunca que el Nacionalsocialismo sea desligado de ámbitos, posiciones, personas, grupos y partidos que no le pertenecen y no le representan.

La constante casi matemática en la formación de grupos, movimientos y partidos cercanos a nuestras ideas es:

Nacionalistas + Fascistas + Nacionalsocialistas + “N” = Nacionalistas (o Fascistas en la semántica gramsciana).

Resulta clave precisar que en la ecuación el factor “N” representa una cantidad exorbitante de pseudo-ideologías: Nacional Revolucionarios, Nacional Sindicalistas, Nacional Bolcheviques, Nacional Funcionalistas, Nacional Obreros, Nacional Radicales, Falangistas, Laboristas, Tradicionalistas, Agrarios, Estanqueros, Peronistas, Corporativistas, Social Cristianos, Nacionalistas Católicos, Conservadores, Terceristas, Radical Socialistas, Ramiristas, Justicialistas, Franquistas, Vanguardistas, Skins Heads, Alternativos, Grupos Antisistema, Pinochetistas y -por supuesto- Neofascistas y Neonazis.

¿Puede alguien señalar la coherencia ideológica de una ecuación cuyo resultado doctrinario es, aparentemente, siempre el mismo, a pesar de la sustitución reiterativa y concomitante de sus variables? ¿Puede alguien decirnos cómo al sumar Peras, Manzanas y Kiwis (por lo exótico), siempre resultan Plátanos?

Históricamente, ha sido esta falta de coherencia estructural la que ha llevado al fracaso recurrente de las organizaciones fundadas bajo las premisas anteriores. No hay una base consistente, definitoria o definitiva, que proporcione sustento ideológico a las construcciones que se levantan sobre su espejismo. Son castillos de naipes doctrinarios, barridos al infinito ante el soplo -débil incluso-, de un análisis de fondo o una petición de claridad ideológica.

Pero antes que todos los lectores nos griten: ¡qué demonios están haciendo!, creyendo entender que de un plumazo borramos la validez intrínseca de los grupos, hacemos ver que nuestra crítica es puramente ideológica: que cada cual se organice y se estructure de acuerdo a su propia naturaleza y pensamiento -lo que es objetivamente valioso y positivo-, sin que ello implique que debamos aceptar, a priori, la validez de la ensalada ideológica de la cual, aparentemente, forman parte. Simplemente señalamos que el enredo conceptual reiterado entre Nacionalismo (en cualquiera de sus acepciones autosostenidas en la variable “N”) y Nacionalsocialismo ha llevado a los más graves malentendidos y fracasos en nuestra doctrina y en las organizaciones que la sustentan. Cada vez que se forma un grupo bajo la denominación “Nacionalista”, y a él se integran -además de las corrientes mencionadas-, nuestros propios camaradas, el roce interno entre las posiciones divergentes, por mínimo que sea, termina disolviendo la organización. ¡Es que no se puede mezclar agua con aceite a menos que se emulsionen!, lo que en términos ideológicos constituye forzar la ambigüedad doctrinaria hasta límites insostenibles. Comprender este fenómeno y sus consecuencias es la base previa para cualquier discusión -posterior ciertamente- sobre la creación de grupos u organizaciones.

4 thoughts on “CRÍTICA DEL NACIONALISMO PURO-I

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