CRÍTICA DEL NACIONALISMO PURO-II

Pero, ¿qué ha sido el Nacionalismo en nuestro país?

En la ponencia titulada: “El primer Nacionalismo Chileno: una aproximación a sus manifestaciones”, presentada en el “Encuentro de la América Románica” realizado por “Ciudad de los Césares” en Viña del Mar, Chile, durante septiembre de 1996; Sergio Fritz Roa sostiene que el Nacionalismo chileno posee su primer antecedente en la figura del Dr. Nicolás Palacios, quien publica el libro “Raza Chilena” en 1904, texto “fundamental en el ensayo social y en la sociología”, sólo comparable al escrito de Alejandro Venegas “Sinceridad, Chile íntimo” -según señala el autor de la ponencia.

Fritz precisa que los elementos destacables de la obra de Palacios, que definirán y delimitarán el Nacionalismo en adelante son:

Creencia en la existencia de una raza chilena y orgullo por pertenecer a ésta.

Amor por el “roto” (arquetipo del hombre de pueblo, sencillo, pero muy patriota y esforzado, quién es el sujeto más afectado por las malas políticas de gobierno, señala).

Admiración por la obra de la república autoritaria y su gestor, Portales.

Simpatía por los germanos (esto se hallará -sostiene- en la mayoría de los movimientos nacionalistas chilenos en distintos grados que van desde una simpatía histórico cultural, hasta una germanofilia declarada como la de Miguel Serrano).

Admiración por los triunfos militares de Chile y sus historias bélicas.

Proteccionismo económico y cultural.

Y, como señala Gonzalo Vial, “Rechazo a las ideas socialistas y anarquistas”.

El autor sostiene que es en 1920 donde hay que buscar el término del primer ciclo político del Nacionalismo chileno -al que denomina “Generación del Centenario” (1904-1920)- ya que ese año finaliza su existencia el Partido Nacionalista, y agrega: “Con él se extingue un modo particular de nacionalismo, un nacionalismo que en muchos aspectos puede parecer demasiado emocional, pero que en la gran mayoría de sus elementos y aportes es un pensamiento de avanzada, desarrollista, profético y, por sobre todo, de gran sinceridad”.

Fritz Roa concluye señalando: “En nuestros tiempos es necesaria una reflexión acerca del Nacionalismo, de sus posibilidades de oposición al Mundialismo -materia en la cual, sin lugar a dudas, el Nacionalismo debiera ser con todo derecho la opción frente a los intentos de globalización- y, sobre todo, en lo referente a su origen”… “El Nacionalismo actual y/o futuro no podrá llamarse nacionalismo si no reconoce su origen y, al mismo tiempo, se alimenta de éste”.

Resulta sintomático el hecho que el autor no precise en su ensayo, los aspectos estrictamente ideológicos de lo que denomina la “doctrina nacionalista”. Enumera postulados específicos y elementos genéricos (nuevamente los “factores clave”), señala actos o posiciones individuales frente a las problemáticas nacionales, y reconoce lo demasiado emocional del primer nacionalismo (¿han sido menos emocionales los posteriores?). No es que desmerezcamos su trabajo, todo lo contrario. Por su estricta y cuidada formulación, se deduce claramente que el autor no busca precisar la esencia ideológica del nacionalismo -que hemos señalado no existe-, y su análisis certeramente se centra en lo que es aprehendible: el proceso histórico, lo contingente, lo estructural.

Lo más interesante, a nuestro parecer, es que casi la totalidad de los postulados específicos que el primer Nacionalismo chileno sostenía -según la inserción en el diario El Mercurio del 29 de octubre de 1913, que el autor de la ponencia cita-, serán aplicados equivalentemente en la Alemania Nacionalsocialista: “sistema de economía nacional”, “nación industrial fabril y manufacturera”, “tarifas aduaneras protectoras”, “institución monetaria central”, “proteccionismo a las actividades culturales y científicas”, “implantación de una legislación del trabajo adecuada a las condiciones especiales de nuestra vida económico-social y a los intereses del obrero y de la industria”, “fomento estatal a la construcción de habitaciones obreras”, “nacionalización de las industrias de importancia capital”, “sistema de educación pública basada en las tradiciones y características psicológicas de nuestro pueblo” y, como si todo esto fuera poco, “proteger la conservación de la raza”.

A mayor abundamiento, el autor concluye: “el primer movimiento político seriamente antiimperialista no provino de la izquierda, como se pudiese pensar -ni tampoco de la derecha-, sino que fue Nacionalista y contrario a ambos bloques”.

Curioso. Veinte años más tarde, estas ideas comenzarán a ser aplicadas -prácticamente sin diferencias- en la Alemania Nacionalsocialista. Surge la pregunta obvia: ¿cuál es la base común?

Ahora bien, ¿qué podemos decir respecto al Nacionalismo del último -creemos (recuérdese que sólo estamos en 1997)- gobierno autoritario (dictatorial, antidemocrático o como quiera llamársele) de este siglo en Chile?

La “Declaración de Principios del Gobierno de Chile”, publicada el 11 de marzo de 1974, contiene tres alusiones fundamentales al Nacionalismo, a partir de la propia definición del “Objetivo fundamental de la reconstrucción: hacer de Chile una gran Nación”, en que señala:”…el Gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden, con un criterio eminentemente nacionalista, invita a sus compatriotas a vencer la mediocridad y las divisiones internas, haciendo de Chile una gran nación”.

Posteriormente, en el punto Nº 4, “Los Valores y el Estilo del Gobierno Nacionalista”, sostiene:”El nacionalismo chileno, más que una ideología, es un estilo de conducta, la expresión genuina del ser de la Patria y del alma de su pueblo”… “Como valores fundamentales del alma nacional, el Gobierno nacionalista reconoce y proclama: a) La justicia e igualdad ante la Ley… no admitiendo otra fuente de desigualdades entre los seres humanos que las que provengan del Creador o del mayor mérito de cada cual. b) La restauración de la dignidad del trabajo… c) La creación de una moral de mérito y del esfuerzo personal… d) La sobriedad y austeridad de quienes mandan… “.

Y, finalmente, el punto Nº 8 “Chile: un Nacionalismo que mira hacia la universalidad”, señala: “En un mundo cada vez más interdependiente, el Gobierno de Chile plantea su carácter nacionalista en la seguridad de que nuestra Patria constituye un todo homogéneo, histórica, étnica y culturalmente, no obstante su disímil geografía. No afirmamos que Chile sea superior o inferior a otros pueblos. Sostenemos que es diferente, en cuanto tiene un nítido perfil que le es propio. Pero la búsqueda de una reoriginación a partir de las entrañas mismas del alma nacional, no significa que el actual Gobierno plantee un nacionalismo que empequeñezca la visión de universalidad que el mundo contemporáneo reclama”.

“Un nacionalismo chileno de vocación universalista deberá conjugar simultáneamente una tradición histórico-cultural que nos liga a la civilización occidental y europea, con una realidad geoeconómica que, recogiendo e incorporando esa misma tradición, proyecta a nuestro país dentro del continente americano y, en especial, de Iberoamérica, a la vez que le abre perspectivas insospechadas hacia otras civilizaciones y culturas a través del Pacífico, cuyas posibilidades y riquezas para Chile deberán ser aprovechadas integralmente” (las negritas son nuestras).

Luego, en el documento “Objetivo Nacional del Gobierno de Chile”, publicado en diciembre de 1975, se reafirma: “El nacionalismo que inspira al Supremo Gobierno implica un estilo de conducta que constituye una genuina expresión de nuestra patria y del alma de su pueblo”, y se precisa que orientará su acción a: c) Impulsar el desarrollo de los valores morales y espirituales característicos de nuestra idiosincrasia que orientan a los ciudadanos hacia una vida de esfuerzo y responsabilidad individual, conjuntamente con un alto espíritu cívico de acendrado patriotismo”.

Si se ha seguido la línea argumental de nuestro ensayo con claridad, se notará con facilidad que todas estas afirmaciones no constituyen una definición ideológica del Nacionalismo. Efectivamente, se sostiene que “más que una ideología”, el nacionalismo chileno es un “estilo de conducta”, expresión del “ser de la Patria y del alma de su pueblo” y por ello se habla de “carácter nacionalista”, y no de ideología nacionalista.

Nuevamente vemos aquí que -imposibilitados de conceptualizar ideológicamente al Nacionalismo-, los autores se basan en la descripción de sus características. Efectivamente: el Nacionalismo no es una ideología, aún más, no puede definirse en términos ideológicos, ya que sólo puede intentar definirse en términos descriptivos.

Por eso cualquier análisis de fondo terminará -y el ejemplo patente se encuentra en los párrafos anteriores- terminará concluyendo que el nacionalismo sólo puede concebirse como un “carácter”, “cualidad”, “estilo”, e incluso, “sentimiento”.

Preguntamos entonces: ¿cómo puede estructurarse una cosmovisión Nacionalista si su base conceptual carece de definición operativa? ¿cómo pueden organizarse grupos, movimientos y partidos sobre la inexistencia de una ideología concreta?, ¿cómo puede haber una doctrina nacionalista si no hay primero una ideología que la origine? Finalmente, ¿qué es el Nacionalismo?

He aquí el problema fundamental, la raíz profunda de la constante confusión histórica y política que ha conducido a los Nacionalistas -en Chile y en el mundo-, a la incapacidad de proponer una cosmovisión teóricamente sustentable.

Y se nos dirá quizá: “Ustedes en Pendragón pueden argumentar todo lo que quieran acerca de este tema… pero nosotros somos y seguiremos siendo Nacionalistas… !y punto!”.

¿Qué pasaría entonces, si les demostrásemos -a mayor abundamiento-, que se puede ser “Nacionalista” sin que exista una “Nación”? y que -además-, esta posición resulta básica para comprender la fuerza de las ideas “Antinacionales”.

¿Qué pasaría con aquellos de ustedes que se dicen Nacionalistas -esa gran “N” de la ensalada ideológica de la que hablábamos al principio-, si les probáramos que la idea que dicen sustentar conduce precisamente a lo contrario de lo que dicen defender?

¿Qué nos dirían si comprobamos que ser “Nacionalistas” es atentar directamente contra la “Nación” a la cual pertenecen?

Cómo es esto posible, nos preguntarán… Por eso, si este artículo hasta aquí les ha parecido un poquito lato… prepárense: vamos a tratar de demostrar lo imposible. Sino cierto, por lo menos puede resultar divertido, ¿no creen?

Nacionalismo y Nación

Se puede ser Nacionalista sin que exista una Nación:

¿Cuál es el pueblo más Nacionalista del Mundo?… escojan:

a) Los chilenos

b) Los argentinos

c) Los estadounidenses

d) Los rusos

e) Los japoneses

f) Los alemanes

g) Los franceses

h) Los españoles

i) Ninguna de las anteriores

Respuesta correcta:

i) ninguna de las anteriores…

¿Por qué?

Piensen en un pueblo que no tiene Nación. Que no posee territorio propio. Que tiene innumerables influencias culturales. Que habla diferentes idiomas y dialectos. Que tiene múltiples antecedentes raciales. Que ni siquiera comparte un sólo espacio físico y está en cualquier lugar del mundo y que -aún así-, posee un “nacionalismo” tan fuerte, tan preeminente, tan poderoso, que los lleva a inventar una nación, a conquistar un territorio, a revivir una lengua, a imponer una cultura y a transformarse en un País… ¿cuál es la respuesta?…

Correcto: los Judíos.

Para entender esta afirmación nuestra se hace necesario conocer los fundamentos intelectuales e ideológicos que dieron origen al surgimiento del Estado de Israel, y -más precisamente-, al Sionismo, impulsor de la creación de tal Estado.

Theodor Herlz, el fundador del Movimiento Sionista, definió las bases por las que el pueblo de israel debería obtener una Nación al señalar: “Sólo la opresión hace que volvamos a adherirnos al viejo tronco, sólo el odio en torno nuestro nos convierte en extranjeros una vez más. Por eso somos y seguimos siendo, querámoslo o no, un grupo histórico de evidente coherencia. Somos un pueblo: los enemigos hacen que lo seamos, aun contra nuestra voluntad, como ha sucedido siempre en la historia. Acosados, nos erguimos juntos, y de pronto descubrimos nuestra fuerza. Sí, tenemos la fuerza para crear un Estado, y un Estado modelo. Tenemos todos los medios humanos y materiales necesarios para ello”. (Extracto de: El Estado Judío y otros Escritos, por Theodor Herzl).

Herlz veía la cuestión judía como un problema nacional y racial y no como un problema de carácter socioeconómico. Para hallarle una solución había que enfocarlo como un problema de carácter político internacional.

Por lo tanto, Herzl afirmó que los judíos constituían un solo pueblo que no puede integrarse a los demás pueblos de la tierra. Al mismo tiempo, este pueblo es rechazado por los demás. Sin embargo, reconoció que un sector de los judíos se había integrado a las sociedades en las cuales vivía y, además, reconocía que los judíos se fusionarían en cualquier otra sociedad si vivían en paz por mucho tiempo. Comentando este aspecto señalaba: “Esto no favorece nuestras intenciones”. El predijo las posibles críticas a este concepto -que podía ser considerado favorable a los antisemitas-, cuando habla del Nacionalismo judío que obstaculiza el proceso de integración y los enfrenta a inesperados peligros. Pero hizo caso omiso a estas posiciones contrarias.

En términos generales, se puede concluir que:

1.- La proclamación del Nacionalismo judío y del racismo judío como fundamento de las ideas Sionistas lleva inevitablemente al aislamiento de los judíos de los pueblos a los que pertenecen y desestabiliza o elimina los lazos de ciudadanía que poseen.

2.- A fin de desarraigar a los judíos del seno de las sociedades donde viven, y trasladarlos a la patria prometida, el Sionismo debe movilizarlos en contra de la integración, considerándola una solución fracasada a la llamada cuestión judía.

3.- El Nacionalismo judío y el anti-integracionismo tienen un solo e inevitable resultado: la emigración judía, que debe ser controlada y manejada por los propios sionistas para hacerla útil.

En 1933, las ideas de Herzl habían cuajado, y el diario de la “Unión Sionista de Alemania” “Jedisch Rundschau” publicaba una síntesis muy precisa de su desarrollo:
“Los enemigos de los judíos acusan a los sionistas -desde Herzl hasta nuestros días- de actuar igual que los demás antisemitas, ya que reconocen la existencia de una “cuestión judía” y pretenden resolverla en su propio marco, al margen del pueblo anfitrión.

El hecho que los sionistas consideren el moderno antisemitismo como resultado de la integración de los judíos en sus sociedades, les obliga a pensar que es necesario hacer esfuerzos destinados a encontrar una solución sionista final y retornar al judaísmo como solución nacionalista; lo cual debilitará el antisemitismo y permitirá que exista una reconciliación entre los judíos y los demás en forma paulatina y dentro de marcos determinados”. (Ernest Hoffmann: “El antisemitismo y la solución de la cuestión judía”, Jedisch Rundschau, Alemania, 4/04/1933).

Se pueden resumir estas ideas en dos conceptos generales. El Sionismo planteaba que:

a) La Nación judía existió siempre y su existencia remonta al mismo antisemitismo y

b) No había otra solución de la cuestión judía que no fuera concentrarlos en su hogar nacional en Palestina, ya que erradicar el antisemitismo (señalan los Sionistas) de la naturaleza humana (no judía) es imposible.

Por tal motivo, Herzl ve en el antisemitismo la fuerza motriz que permitirá al movimiento sionista lograr sus objetivos y al respecto señala: “Creo que comprendo el antisemitismo que, en realidad, es un movimiento muy complejo. Yo lo miro desde el punto de vista judío, sin miedo y sin odio”. Y agrega: “Los antisemitas serán los mejores amigos de los judíos y los antisemitas sus mejores aliados”.

Entonces, ¿sorprenderá que los Sionistas, los Nacionalistas judíos si se prefiere, se hayan acercado estrechamente a los Nacionalistas de otros pueblos?… utilicemos esta vez semántica marxista: ¿sorprenderá que los Fascistas judíos se hayan acercado a los demás Fascistas para lograr sus planes?

En efecto: siguiendo los pasos de T. Herzl, el sionista revisionista (revisionista en contexto sionista) Vladimir Jabotensky realizó contactos con jefes de Estado y antisemitas extremistas, como el Mariscal Bielsodesky en Polonia, y también con el propio Benito Mussolini, considerado por Jabotensky como un ejemplo supremo.
Al asumir Mussolini el poder en 1922, le dirigió un mensaje y le mandó un enviado especial. En 1924, Mazini, representante Oficial del Partido Fascista Italiano realizó una visita a Palestina para establecer relaciones con el Partido Fascista Judío. (de “El Estado de Israel y el Sionismo”, George Mekkawi, 1979).

La agencia de noticias de la Italia Fascista “Avanti Moderno” aplaudió la celebración del Congreso de los Sionistas Revisionistas en 1935 debido al apoyo brindado por este movimiento a Italia durante la campaña de Etiopía. Al respecto Mussolini declaró al Rabino de Roma, Brato, en 1935: “Las condiciones necesarias para el éxito del movimiento sionista son poseer un estado judío con una bandera judía y lengua judía. Hay una persona que conoce esto muy bien y es el ciudadano fascista Jabotensky”. Después de esta declaración de Mussolini, David Ben Gurión prefirió llamar a Jabotensky con el nombre de “Vladimir Hitler”.

Jabotensky admiraba enormemente el fascismo e inclusive aspiraba a copiarlo en Palestina. Una vez dijo:

“¿Qué queremos? Queremos un imperio judío, al igual que Italia y Francia con relación al Mediterráneo; queremos en sus orillas un imperio judío”.

El movimiento revisionista de Jabotensky se transformaría luego en la Unión Sionista Mundial.

Podríamos abundar y abundar en torno a estas relaciones entre Sionismo y Fascismo, y también aportar otros datos respecto a su relación con el Nacionalsocialismo y el Nacionalismo Japonés durante la década del 30 y la Segunda Guerra Mundial. No es necesario. Para efectos de nuestro ensayo lo importante es comprobar el modo en que el Nacionalismo por sí mismo no constituye ideología. Es una herramienta. Un medio. Pero no es una doctrina.

Paradójicamente, el Sionismo constituye la prueba viviente de esta afirmación: precisamente, el Sionismo sí es una ideología y posee una doctrina, y gracias a ello logró su objetivo: proporcionar un Estado al pueblo judío.

Resulta interesante mencionar la visión de Lenin (judío por cierto) respecto al Sionismo:

“La idea de un pueblo judío especial es una idea reaccionaria vista desde su esencia política. La cuestión judía reside en la alternativa: fusionarse o aislarse. La idea de la nacionalidad judía es reaccionaria, no sólo para sus promotores, o sea, los sionistas, sino también para aquellos que tratan de fundirla con las ideas socialistas. La idea de la nacionalidad judía es totalmente opuesta a los intereses de los trabajadores judíos porque fomenta ideas contrarias a la fusión y fomenta el aislamiento en los ghettos”.

Queda claro con esto el porqué los Sionistas no podían utilizar el lenguaje del Comunismo o de la vieja izquierda en general, dado que él mismo era rechazado como “solución” desde esas perspectivas.

Entonces, ¿cómo presentan los propios judíos el Sionismo en términos ideológicos?: lo presentan como una síntesis Nacional – Social:

“Lo esencial que el Sionismo les dice a los judíos -especialmente a los jóvenes- es que deben dedicarse ante todo a la solución del problema de su propio pueblo, ya que también la juventud no judía que se rebela, se ocupa -ante todo- del problema del pueblo al que ella pertenece, aún incorporando a esa lucha una concepción social universalista.

El camino hacia una síntesis tal para el joven judío, es Israel.

En la medida en que Israel tenga éxito en aunar su propio desarrollo con desafíos universales, crecerán sus propias probabilidades de atraer jóvenes judíos.

El Sionismo moderno no debe ofrecer desafíos nacionales como opuestos a los desafíos universales, sino aunarlos, en la medida de lo posible, en una sola tarea, nacional y universal.

Los dos desafíos esenciales que el Sionismo puede presentar a la juventud judía son:

a) Construir un puente entre el mundo desarrollado y el mundo en desarrollo por intermedio de Israel, y

b) Desarrollar en Israel una alternativa social al Capitalismo y al Comunismo a la vez”.

Lo que tenemos aquí, quieran o no aceptarlo, es el planteamiento de un Nacionalsocialismo Judío, es decir el “Sionismo Socialista”, como ellos mismo lo denominan.

En este esquema, el Nacionalismo -la exaltación de las cualidades propias judías- resulta la herramienta básica para promover tanto el desarraigo de las naciones donde los judíos habitaban, como para fomentar el antisemitismo, que ayudaba a “empujar” a los menos convencidos.

Efectivamente, puede haber Nacionalismo sin que exista Nación, y hemos comprobado esta tesis con un hecho histórico que resulta innegable: la creación del Estado de Israel.

Ello, porque el Nacionalismo -como hemos demostrado- en sí mismo no es una Ideología y mucho menos una Doctrina. El Nacionalismo es un sentimiento, una pasión, un estilo de conducta, un carácter, una colección de categorías o como desee llamárselo, y que -como tal- servirá y será utilizado como impulso de una muy diversa serie de propuestas ideológicas, así como la pasión y los sentimientos de los hinchas de un equipo de fútbol, genera el impulso que lleva a pagar la entrada a los estadios, (y -por cierto- repudiar a los hinchas del equipo contrario) ni más, ni menos.

Es tan así, que los judíos, que no tenían ni “hinchas ni estadio”, lograron hacerse de los mismos gracias a la existencia de otros “fanáticos” de los equipos contrarios y -por supuesto- de la estrategia ideológica para llevarlo a cabo.

Pero, y he aquí el punto más interesante de este análisis: la subsistencia del Nacionalismo atenta contra la subsistencia de la Nación.

Desde Platón a Hegel se ha hablado de la “búsqueda de reconocimiento” -thymos- como el motor de la historia, tesis que desarrolla ampliamente el ya nombrado Fukuyama. El Nacionalismo es, desde su perspectiva:

“Un fenómeno específicamente moderno, porque substituye la relación de señorío y servidumbre por el reconocimiento mutuo e igual (isothymia). Pero no es plenamente racional, porque ofrece el reconocimiento sólo a los miembros de un grupo étnico o nacional dado. Es una forma más democrática e igualitaria de legitimidad que, pongamos por caso, la monarquía hereditaria, en la cual pueblos enteros se veían como parte de un patrimonio heredado. No es, pues, sorprendente que los movimientos nacionalistas hayan estado estrechamente asociados con los democráticos, a partir de la revolución francesa. Pero la dignidad que los nacionalistas quieren que se les reconozca no es la dignidad humana universal, sino la dignidad de su grupo. La exigencia de este tipo de reconocimiento lleva potencialmente a conflicto con otros grupos que buscan el reconocimiento de su propia dignidad. El nacionalismo es, por tanto, muy capaz de sustituir la ambición religiosa y dinástica como terreno para el imperialismo, y esto es exactamente lo que sucedió en el caso de Alemania”.

Si el nacionalismo surge allí toda vez que sus categorías existen, entonces podemos afirmar con certeza que hará aparición al interior de toda Nación que posea más de un Pueblo en su interior. En el caso de Chile, más temprano que tarde podremos ver un auge del sentimiento nacionalista entre los Mapuches, entre los Aymaras y -como los hechos lo atestiguan-, entre los propios Pascuences.

Los tres ejemplos mencionados reúnen todas las categorías necesarias que definen al nacionalismo: raza, cultura, historia y lengua, además de habitar en un determinado territorio “nacional”.

¿Podría sorprender entonces a alguno de los Nacionalistas de nuestro país que, el día de mañana, un Toqui Mapuche llamara a su pueblo a combatir a la “Nación Chilena” para formar la “Nación Mapuche”?… Y si eso los sorprende, ¿por qué no se sorprenden cuando en España la ETA aboga por la creación de un Estado Vasco independiente, o cuando el IRA lucha por la autonomía nacional de Irlanda, o cuando los francoparlantes del Quebec propician la creación de un estado propio en Canadá?

Repetimos: el Nacionalismo, tal cual está concebido, atenta contra los Estados Nacionales, porque éstos históricamente no han representado límites territoriales que abarquen a grupos de evidente coherencia histórica, cultural, racial o lingüística. Y Chile no es sino uno de cientos de ejemplos similares… tantos como países en el planeta si se quiere.

Debe reconocerse, y primero debe reconocerse por los propios Nacionalistas, que la falta de una definición ideológica en las ideas que dicen sustentar, es el principal obstáculo para que a partir de esas nociones se logre fundamentar un sistema social legítimo.

Cuando mucho podrán establecerse sistemas políticos de facto, pero la crisis de legitimidad se hará presente más temprano que tarde, y la disolución de esos estados nacionales será la conclusión lógica.

Evidentemente, un Nacionalista debería encontrar legítimas las aspiraciones de cualquier pueblo por poseer su propia Nación, aunque ello vaya en detrimento de lo que él mismo considera como su nación. De allí que un nacionalista chileno debería estar de parte de un nacionalista mapuche, toda vez que la aspiración de éste es la misma que él dice sustentar, aunque ello signifique el desmembramiento de lo que conocemos como Chile.

Todas estas precisiones son necesarias para comprender el porqué debe modificarse completamente la noción de Nacionalismo, ya que si no se hace resultará muy difícil para el Nacionalsocialismo transformarse en una opción legítima. Pero antes, resulta necesario comprobar la fuerza que las ideas nacionalistas poseen, para oponerse al dominio del sistema mundial, hoy por hoy triunfante.

4 thoughts on “CRÍTICA DEL NACIONALISMO PURO-II

  1. Holas,
    No logro ver qué es lo que entiendes por ideología. Ayudaría que enumeraras los requisitos que cumple una verdadera ‘ideología’, y los aplicaras al nacionalsocialismo.
    La analogía de los futbolistas me parece bastante mala. Aún no conozco a uno que escriba libros dando argumentos de por qué la gente debe convertirse a su equipo, ni siquiera pensando algún argumento para ese fin. Al contrario el nacionalsocialismo argumenta y propone, atendiendo al hecho geográfico, racial y cultural, una organización política -sostiene- mas acorde a la realización de las necesidades e ideales de un pueblo.
    Fukuyama asume que el reconocimiento de la dignidad, en el nacionalsocialismo, es irracional, porque se refiere sólo al grupo propio. No estoy seguro de que lo del reconocimiento sea cierto, pero además, cabría explicar la dicha ‘racionalidad’ de un reconocimiento universal. Por último, a mi entender, el universalismo en cuanto a dignidad (y consiguientes derechos específicos)ha conllevado también al imperialismo (caso eeuu). Un tema bastante debatido por las potencias orientales en foros internacionales.
    Lo de que el nacionalismo genera una reacción adversa es claro, porque implica una postura antagónica a los intereses de otros grupos, y esto bien puede resultar negativo o positivo. (como en todo).
    En el tema mapuche creo que tocas un muy buen punto, ni idea que pensaran nuestros nacionalsocialistas al respecto. ¿Querrían entregarles territorio?, lo dudo.
    Gracias por tocar ‘temas prohibidos’ en forma seria.
    Saludos

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