NACIONALISMO Y CONFLICTO EN AMÉRICA LATINA – PRIMERA PARTE.

NACIONALISMO Y CONFLICTO EN AMÉRICA LATINA

Alberto Ruiz-Eldredge

Es preciso, en primer término, diferenciar, en cuanto a América Latina se refiere, el concepto de nacionalismo que se está formando en la región muy distinto del generado en Europa en el siglo XIX y aún entrando el siglo XX, que dio lugar a tan funestas luchas y disputas que han retardado el progreso de la humanidad. Por eso, la experiencia europea en esto – en cuanto la experiencia es también historia de errores – ha sido y tiene que ser todavía muy útil para que los pueblos de Latinoamérica se alejen del monstruo que comporta la deformación del nacionalismo.
Y no es que en Latinoamérica el fenómeno deformante haya terminado. Por el contrario, subsisten todavía modalidades que, dentro de una perspectiva optimista, comportan algo así como los estertores de una etapa muy negativa como el canto de un negro cisne agonizante.
Se puede, por ende, hablar de un nacionalismo negativo; y de un nacionalismo afirmativo, progresista, que paradójicamente se internacionaliza: y, tomando un nuevo nombre: Nacionalismo Latinoamericano no descarta tampoco las distintas vertientes humanistas que impulsan al entendimiento universal, a la cooperación, a una interdependencia de pares (iguales no sólo jurídicamente sino en las condiciones de vida digna para el desarrollo).
Algunos nacionalismos europeos se basaron en una especie de predestinación metafísica (Fichte, Hegel, Michelet, Barrès, Maurras) que se vincula a la defensa de una herencia histórica que se considera urgen mantener, proyectar e imponer como un deber trascendente: fenómeno de algunos sectores de Israel, distintos de la filosofía humanista de Martín Buber; los defensores, en épocas anteriores, del culto a Federico II en Alemania y al prestigio del Santo Imperio; el pensamiento y la acción anglosajona basados en la interpretación calvinista del buen éxito, del fuerte, del que progresa; los seguidores de cualquier tendencia del fascismo.
Otro ingrediente del nacionalismo negativo es la predestinación biológica de cuya noción surgen todas las formas de racismo que han operado y aún operan en varios países de Europa, en los Estados Unidos, en el Asia; y que no deja de tener algunos herederos y albaceas en la América Latina. El darwinismo social, pensando en la supervivencia de los más fuertes que se supone aporta la biología (lo que es científicamente discutible), ha alimentado sin duda alguna aquello de la predestinación biológica.
Tienen que agregarse, asimismo, los conceptos geopolíticos, según los cuales “la geografía determina la historia”. El sueco Kjellen, el general Haoushofer que jefatura una escuela sobre la materia y Rätzel en su Geografía política , alimentan decisivamente la deformación nacionalista porque se vinculan dichos conceptos geopolíticos al racismo, a éxitos históricos casi siempre guerreros, a objetivos expansionistas, a tradiciones de ejercicio de la fuerza emanadas de la etapa medioeval que llevan hasta el elogio de lo bélico, idealizándolo, convirtiéndolo en valor, como el libro: La Guerra, Ensayo de Política Evolucionista (Klaus Wagner). El nacionalismo de tales raíces, lo deforma todo: el amor a la patria, pues lo convierte en xenofobia; el ser social, que deviene en culto del yo hasta el superhombre y en egoísmo seudo triunfante; el deber del presente, cambiado por excesivo culto al pasado, a los muertos; el ideal democrático, que se sustituye por imposiciones, absorción de poder, centralismo, maniqueísmo, antiprogresismo, dureza política y social (Charles Maurras odiaba las tres erres: Reforma, Revolución y Romanticismo).
Pocos son, en ese entonces, los que de la hoguera nacionalista de tal estirpe pueden conservarse inmunes. Tal vez el más antiguo, dentro de este orden de cosas: Mazzini que, a pesar de los anhelos de su patria, cultiva un nacionalismo literario y romántico que busca el reinado de la justicia y la paz y rechaza el mercantilismo, que cree en el progreso de la humanidad, en la fraternidad, en la fusión de clases y en la unidad del pueblo. Por felicidad, en la segunda mitad de este siglo es evidente que en todos los pueblos europeos ha habido una poderosa y progresista reacción contra el nacionalismo deformante y xenófobo, en particular en los grandes sectores de opinión y de organizaciones imbuidos ya sea de la filosofía cristiana o de la filosofía marxista o de cualquiera de las vertientes humanistas y socialistas.
(Sobre estos antecedentes, puede verse un mayor análisis en el texto Historia de las Ideas Políticas de Jean Touchard, Ed. Tecnos Madrid – 3a. edición. Segunda reimpresión, 1972).
El cisne negro del nacionalismo deformado y deformante está, pues, ya en el mundo europeo felizmente en agonía; y, antes bien, las formas político-jurídico económicas de las comunidades de acercamiento, cooperación, interdependencia, servicios e infraestructuras de la energía, del transporte, de las finanzas y, hasta el turismo, vinculan cada vez más a los pueblos de esa región, a pesar y por encima de discrepancias ideológicas. Y a este amanecer se han agregado, recientemente, naciones hasta hace poco sumidas en nacionalismo de tipo fascista como España y Portugal.

EL LASTRE DEL NACIONALISMO DEFORMANTE

Es preciso admitir que, lamentablemente, todavía hay en América Latina ingredientes del nacionalismo clásico, al viejo estilo del siglo pasado o de las primeras décadas del actual.
Nacidas las naciones latinoamericanas de una larga y dura insurgencia contra el imperio español (más pacíficamente Brasil contra Portugal) y lograda la independencia política, aparecen de inmediato las pugnas fronterizas que devienen en contiendas bélicas, excitantes del nacionalismo xenófobo. La división se acentúa porque la acción de Inglaterra, que penetra económicamente en el nuevo mundo liberado, impulsa el fraccionalismo: “dividir para reinar” es el lema que se impone como política, heredada luego por el imperialismo del dinero que hoy en día reside en Wall Street.
El nuevo estado de cosas en el siglo XIX, que es el siglo de la independencia política, impone al Perú guerras con todos sus vecinos, excepto con el Brasil; empero sufre pérdidas territoriales importantes pues, por encima de las contiendas favorables o no, la agresión constante y la presión internacional de los sucesivos imperios mundiales, disminuye las fronteras en el caso peruano y lógicamente excita el nacionalismo, los unos por adquirir y el otro por no perder. Se ejemplifica con el Perú por haber sido un Estado organizado y autónomo en el pre Incanato, sea con los Mochicas o el Chimú y más durante el Incanato en que adquiere una trascendencia organizativa exaltada por Toynbee; y por ende, tenía que despertar celos y pretensiones de nacionalidades en formación. Inclusive, en la etapa colonial, el Virreinato de Lima adquiere el carácter de centro principal; y, es por esto, que después de todas las rebeliones autónomas del siglo XVIII habidas en el Perú
(John Rowe las relata en El Movimiento Nacional Inca del siglo XVIII), que culminan con el alzamiento famoso de Túpac Amaru II, es necesario que confluyan todas las fuerzas insurrectas: San Martín desde el sur y Bolívar desde el norte, para culminar la independencia en las batallas de Junín y Ayacucho del 6 de junio y del 9 de diciembre de 1824. Y aún todavía en 1866, cuando el Imperio Español pretende retornar enviando una escuadra, el Perú organiza una entente Latino-Americana de resistencia que, después de varios combates importantes, culmina con el triunfo definitivo latinoamericano de El Callao, puerto principal del Perú, el 2 de mayo de 1866.
Empero, habiendo sido el Perú el tronco durante tantos siglos, resulta explicable que las luchas por expansión de fronteras, impulsadas inclusive por los intereses británicos, se esmeraran por desmembrar lo que había sido el imperio peruano y lo que fue el centro colonial y el enorme territorio de las primeras décadas de la independencia política.
Por otras razones otra nación, el Paraguay, que resistía nacionalísticamente a la penetración británica, padeció la guerra de mediados del siglo pasado, llamada la guerra de la Triple Alianza, postrándose así el desarrollo y progreso del pueblo paraguayo.
También puede recordarse el episodio de la Gran Colombia, cuya última separación ocurrió en 1903, con el surgimiento de Panamá, hecho impulsado por Estados
Unidos con el objetivo del Canal.
Los intentos de cohesión, como la Confederación Peruano-Boliviana en la primera mitad del siglo XIX, fueron rápidamente combatidos por toda clase de nacionalismos deformantes de esa época: a la visión de Santa Cruz, heredada de Bolívar, se opusieron tanto chilenos, como el Gobierno Argentino de Rosas, e inclusive peruanos y bolivianos por recíprocas imputaciones de supuesto hegemonismo; en cambio San Martín, algunos líderes peruanos y O’Higgins, avalaron a la Confederación que debió ser el núcleo o raíz del neo-nacionalismo latinoamericano.
Hoy en día, el Grupo Andino surgido del Pacto de Cartagena de 1969, debería merecer el más grande apoyo no sólo de la región, sino de las potencias que miren con ojo realmente avizor el futuro de la humanidad. Este futuro exige la integración (dentro del respeto a la igualdad jurídica y real) de los estados y de los pueblos que viven dentro de condiciones culturales, económicas, sociales, territoriales, de gran similitud. Pocas regiones pueden presentar tantos motivos de unión, como Latinoamérica. ¿Qué es lo que lo impide? De un lado la subsistencia de nacionalismos deformantes; de otro lado, el juego de los intereses del imperialismo del dinero y del poder económico-financiero transnacional.
Empezando por lo primero, es decir, los rezagos de nacionalismos deformantes, debe seguirse cierto método en procura de un mejor orden en el análisis.
Dentro de este criterio habrá que comprobar o, mejor dicho, cotejar la subsistencia de aquellos caracteres que deformaron el nacionalismo europeo del siglo XIX y comienzos del actual. Si se tratara de herencia histórica, son las naciones mexicana, guatemalteca, ecuatoriana, peruana y boliviana las que más podrían aferrarse a un nacionalismo de tal especie, por la existencia de muy antiguas culturas. Por ejemplo ya se ha dicho el alto nivel que a las organizaciones andinas les concede Arnold Toynbee, que alcanzaron verdadero nivel de Estado. Económicamente se desarrollaron con autonomía y llegaron a sistemas sociales en los cuales no existía la desocupación ni el hambre, dentro de un régimen de propiedad colectiva y de familia extensa, conformando grupos humanos solidarios. Su defecto fue lo imperial, lo teocrático, el centralismo absorbente y la división de clases muy definidas y separadas. No podemos negar que en nuestros países hay algunas corrientes indigenistas poderosas; pero también es cierto que más lo fueron en las épocas posteriores a la Primera Guerra Mundial hasta los comienzos de 1930 y años siguientes.
En México se cultivó siempre una afirmación que defendía a la Cultura Azteca y Maya aún por encima, en varios aspectos, del mensaje europeo a través de España. Este nacionalismo mexicano fue útil y lo es para defender sus formas culturales, su modo de vida, frente a su vecina gran potencia del norte; a punto tal que tal vez son más penetrantes en el sur de los Estados Unidos (que por otra parte fue antiguamente mexicano) las modalidades y costumbres de su vecino del sur, que las de aquel en éste.
En el caso mexicano su nacionalismo no es conflictivo. Es meramente afirmativo frente al norte; y en cuanto al sur, con Guatemala no existe tensión mayor, salvo la subsistencia de una reivindicación mexicana en Belice para el caso de que no fuera independizada y se incorporara a la República de Guatemala.
En lo que atañe a la herencia histórica como carácter del nacionalismo, no debe descartarse el caso de Brasil, como sucesora del legado lusitano, en sus polémicas y rivalidades de los tiempos del Imperio Portugués y del Imperio Español. Para Brasil es muy importante su Imperio, con Pedro I y Pedro II, cuya organización cohesionó a los americanos-lusitanos e impidió su dispersión, conformando una gran unidad en el continente latinoamericano. Este hecho histórico del siglo pasado y su intervención en la política internacional, que ha sido y es trascendente hasta en los conflictos mundiales, le da pues un carácter señero a tal legado histórico brasileño.

RACISMO

En cuanto a lo que se llama predestinación biológica, de innegable herencia racista, parece absurdo considerarla siquiera en una América Latina que es mestiza y que hasta se le llama poéticamente la “América Morena”. Hasta los estudios geogénicos demuestran la unidad geográfica, hace millones de años con lo que ahora es el África; y el famoso brasileño Euclídes D’Acunha, tiene preciosos apuntes al respecto (A Margen da Historia. Ed. Lello Brasília, 1967, Págs. 11 y siguientes).
Las únicas formas de racismo (que también serían absurdas) que podrían argüirse son las del recuerdo de pueblos y culturas que alcanzaron altos niveles de organización, como los quechuas, mayas, aymarás, aztecas, cuyos núcleos poblacionales han podido mantener, con inteligencia y valor, sus costumbres, tradiciones, lengua, instituciones y otras expresiones culturales, a pesar de todas las formas de agresión que en la Conquista y hasta en la época Republicana padecieron y padecen.
No obstante, en algunos sectores minoritarios de La Plata se ha oído decir: “La única república blanca de América”; y “el único indio bueno es el indio muerto”.
En casi todas las otras repúblicas de América Latina se hipertrofió la separación entre algunas minorías blancas o semiblancas y las grandes masas de poblaciones serranas, negras, de fuerte mestizaje, que quedaron discriminadas, explotadas u olvidadas. Y esto se justificaba con la “superioridad” de la raza, con la “incultura” de las masas campesinas o con cualquier otra forma de cinismo racista. Esto no ha desaparecido del todo pues las corrientes fascistas, sobre todo en el Cono Sur, no dejan de pretender ese llamado estilo de predestinación biológica. En las pugnas fronterizas reaparece esta pretensión, que inclusive adopta formas del más puro europeísmo trasnochado. Se ha leído en un reportaje publicado recientemente en Lima (Revista “Caretas” No. 550, de 16/11/78, págs. 70 a 72, reportaje de Nicholas
Asheshov), a marinos de Chile, llamar a sus vecinos argentinos, dentro del actual problema del mar del Beagle, “los italianos”; afirmándose ellos como “británicos”.
Se querría dar así un significado de supuesta superioridad basada en el acontecer histórico de la Segunda Guerra Mundial; y no sería raro que, a la inversa, se autotitularan del otro lado “los romanos” para calificar a sus vecinos de “fenicios” o
“cartagineses”.
No dejan pues de subsistir estas pretensiones, que aparecen muy fuertes en determinados sectores de la alta burguesía, creándose en ellos recíprocos complejos que oscilan, intermitentemente, entre el de superioridad y el de inferioridad.

LOS GEOPOLÍTICOS

La geopolítica ha hecho similarmente, un poderoso impacto, sobre todo en los sectores militares de América Latina. En Brasil hay varios libros importantes como: Projeçao Continental do Brasil de Mario Travassos, Edición de 1938; Brasil, Geopolítica y Destino del general Meira Mattos, edición de 1975; y la Geopolítica do Brasil del general Golbery do Couto e Silva de 1967. El pensamiento de Comte influyó mucho también en estas cosas. Empero, las nuevas corrientes del pensamiento brasileño y hasta rectificaciones, como en el caso del general Golbery do Couto e Silva, ponen de manifiesto que la geopolítica del viejo estilo, que se dio también en Argentina, puede ser superada. En el Perú, el general Edgardo Mercado
Jarrín y el Profesor Emilio Castañón han desarrollado conceptos que dan una nueva versión a la geopolítica apartando de su tesis todo elemento de racismo o de factores geográficos en función de agresividad belicista, para sustituirla por el estudio de los núcleos geográficos que resulten indispensables para el desarrollo pacífico de los pueblos.
En cambio, en el Cono Sur subsisten dos tendencias sumamente peligrosas: la del general Pinochet con sus conceptos geopolíticos que preocupan a todos sus vecinos; y la de ciertos sectores argentinos que, alimentados además por una visión de guerra fría ya trasnochada y con más el ingrediente geopolítico, no dejan reconstituir también preocupaciones.

EL SEGURITISMO

No debe olvidarse tampoco, el nuevo concepto desarrollo-seguridad, cultivado sobre todo por dirigencias militares en América Latina y que, cuando se le deforma, plantea por un lado exageraciones y, por otro lado, contradicciones. En cuanto a lo primero, la razón de seguridad parece convertirse, en varias ocasiones, en un nuevo estilo de razón de Estado, deformándose la seguridad en seguritismo que lesiona a las poblaciones y viola los derechos humanos; y en cuanto a las contradicciones, no se compadece el concepto positivo de seguridad-desarrollo con el hecho político real de permitir un estado de cosas que internacionalmente tolera la intervención: ya sea de las empresas transnacionales ya sea del Fondo Monetario
Internacional, ya sea, inclusive, de gestiones diplomáticas o presiones del poder imperial. Esto no sólo afecta la seguridad sino que, inclusive, al propio desarrollo; y, sobre todo, a la libre determinación de los pueblos y al goce efectivo por éstos de los derechos humanos políticos, cívicos, económicos, sociales y culturales.
El seguritismo comporta así severidad y represión en lo interno; debilidad y sumisión en lo externo. Pero, a la vez, por aquel lenguaje o si se quiere nociones que recuerda muy bien Andrés Nina (“Nueva Sociedad”, No. 27, págs. 33 a 50), por aquel lenguaje decimos de la “sobrevivencia”, “antagonismos y presiones”,
“frente externo”, “fronteras ideológicas”, etc., resulta la deformación del concepto de seguridad alimentando también ciertas condiciones conflictivas entre países de
América Latina. Un ejemplo muy actual se connota cuando el gobierno del general
Pinochet adopta la filosofía de Diego Portales, político y doctrinario chileno de las primeras décadas del siglo pasado, en la cual se asientan las ideas geopolíticas del actual gobierno chileno y su pretensión de seguridad-desarrollo vinculada a la expansión.

EL CONFLICTO

EI conflicto debe afirmarse así: conflicto, en singular. Esto quiere decir o, por lo menos, trata de decir que cualquier conflicto en América del Sur habrá de ser uno solo, pues dañará a todos y a cada uno de tal región. No significa que, necesariamente, estén implicados en el conflicto, si éste es bélico, más de dos naciones. Lo que quiere decir es que sus consecuencias, durante el conflicto supuesto y luego de él, serán negativas para todos y para cada uno.
¿Por qué? Supongamos que el Estado “A” del Pacífico entra en conflicto con el Estado “B” del Atlántico lo que dará lugar a un resultado que lleve al triunfante a la aspiración bioceánica. En este caso la presencia de un nuevo Estado en dos mares habrá de preocupar a los demás. Ejemplos similares pueden darse respecto de los ríos, de las mesetas y de las montañas.
Por otro lado, en sentido más profundo, un conflicto por pequeño y breve que fuere afecta la integración latinoamericana que debe ser y ya es para muchos el gran objetivo de la región.
En este sentido, tanto las guerras contra el proyecto de Confederación Peruano- Boliviana de la primera mitad del siglo pasado, como la Guerra del Pacífico de 1879, afectaron por supuesto a los países implicados en ella; pero además, sin duda alguna, han conspirado gravemente contra la unidad del Pacífico que es requisito indispensable para un adecuado equilibrio en la región, propicio a la necesaria e indispensable integración de la América Latina. Por eso a cualquier conflicto en Sudamérica, hay que considerarlo dentro del tal contexto.
La situación enclaustrada de Bolivia es, además del caso del Mar del Beagle, motivo de fricciones que han motivado, por segunda vez, la ruptura de relaciones entre Bolivia y Chile. En este caso y en lo que respecta a Arica como solución, las informaciones deleznables de cierto periodismo han oscurecido el problema. Hay un Tratado de 3 de junio de 1929, entre el Perú y Chile, en el cual se establece, en resumen: Arica queda en poder de Chile sin que pueda disponer de esa provincia, salvo un acuerdo previo con el Perú; y sobre Arica pesan (en virtud del mismo Tratado) múltiples servidumbres perpetuas en favor del Perú que puede utilizar canales, aguas, caminos, vías férreas, almacenes, puerto libre, etc., puesto que hay una real y poderosa interrelación entre la provincia de Arica con la de Tacna, que no se puede quebrar porque el propio Tratado, en su letra y en su espíritu, lo está reconociendo. Sin embargo las fuerzas nacionalistas, si son deformantes, pueden cargar un combustible inconveniente a este problema. ¿Cómo puede determinarse el llamado nacionalismo deformante para este y otros casos?. Es suficiente interrogar a la educación de un país. ¿Qué piensan los maestros, los profesores, los educadores?. ¿Qué piensan los estudiantes de todos los niveles, las juventudes?. Estudiantes, juventudes, profesores, maestros y educadores han sido, por lo general, en nuestros países imbuidos de una formación de acercamiento, de unidad de integración. Esto parece alterarse o detenerse cuando algún gobierno retorna a las fuentes nacionalistas del siglo pasado, de cualquiera de las llamadas predestinaciones o de pretensiones expansivas; y se genera así una grave causa de conflicto.
Entre Argentina, Brasil y Paraguay hay una cuestión muy diferente y de menor tensión, como son los proyectos de centrales hidroeléctricas mediante el uso de las aguas de ríos internacionales. Pero esto no parece ser más que un problema científico y técnico; salvo que un error político en el trato internacional pudiera multiplicar el grado de esta cuestión por otros intereses en juego.
El caso de El Salvador y Honduras que dio lugar a la llamada “guerra del fútbol”, parece estar en vía de solución con la fructífera labor del jurista peruano Bustamante Rivero, llamado por los gobiernos de esos dos países hermanos.
¿Y la Amazonia? El problema esencial allí es la defensa de la soberanía para los que realmente están en esa zona, frente a las pretensiones de internacionalización o de penetración internacionalizante sorda. Por eso, la razón del conflicto puede ser en este caso el que un vecino pretendiera reclamarle a otro por la penetración extranjera alrededor del río mar. No es esto una alucinación si se recuerda que en el siglo pasado Brasil reclamó a Bolivia por la formación del “Bolivian Syndicate”, en Nueva York, para explotar El Acre. De allí surgió un problema que terminó con la cesión de El Acre a Brasil por el Tratado de Petrópolis de 17 de junio de 1903. El conocido experto brasileño Arthur Cezar Ferreira Reis sentencia que este Tratado puso “fin al litigio manteniendo El Acre, en definitiva, en las manos del Brasil”; y que significó igualmente que “el peligro de la presencia del capital extranjero, por medios tan imprudentes y la aspiración tan irresponsable de los que lo habían manipulado, en aquella aventura tan singular, con todo el cortejo de consecuencias dañosas, fatales, estaba superado” (A Amazónia e a Cobica Internacional, 3ra. edición, Gráfica Record Editora, 1968, pág. 156). El mismo Ferreira Reis relata (págs. 227 a 234) cómo el geógrafo Edward C. Higbee escribió un artículo para “Geographical Review”, Volumen XLI, No. 3, de julio de 1951, titulado
El Hombre y la Amazonia en que planteaba la formación de un Estado independiente de la Amazonia; y agrega que el bolsista de la Fundación Nuffield publicó, en 1952, un libro llamado Pueblos hambrientos y tierras despobladas en el cual sostenía que era un crimen mantener tierras de poca población “no utilizadas por motivos políticos, raciales o imperialistas” ante una situación socio-económico-demográfica general y señalaba como tales regiones a la Amazonia, Australia, Argentina y Canadá. El historiador Walter Prescott Webb no escapa a la tentación de pretender, dentro de un análisis de un concepto norteamericano de nuevas fronteras, grandes inversiones en la Amazonia.
Otro amazonólogo brasileño, Genival Rabelo (A Amazónia Brasilera em Foco, julio y diciembre de 1971, No. 6, págs. 132 a 134) relata treintidos hechos que revelan la codicia de la Amazonia por el extranjero, dentro de cuyos casos se citan los contrabandos de Henry Winkham, en 1899, “al servicio de la Corona inglesa”. Se precisa que en 1919 durante la reunión de la Liga de Naciones en París el presidente de la delegación de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, en presencia de Epitácio Pessoa, delegado del Brasil, propuso al ministro británico Lloyd George “la internacionalización de la Amazonia”; mientras que en 1923 se crea la Compañía Ford Industrial do Brasil para explotar la riqueza de la Amazonia; en 1928 se hace “intensa propaganda en los Estados Unidos con el objetivo de atenuar el problema racial, transfiriéndose grupos de negros norteamericanos para la Amazonia”; en 1935 Paul Reynaud, ministro de Francia y el representante de Polonia, “ante la exigencia de Hitler para recuperar colonias alemanas, propusieron resolver el problema del espacio vital mediante cesión de tierras de la Amazonia”; durante la Guerra de 1939 a 1945, Nelson Rockefeller “mandó ingenieros norteamericanos a hacer estudios y levantamientos en la Amazonia, sobre todo con miras al aprovechamiento de las riquezas naturales”; en 1967 el “Hudson Institute” “entidad ligada al Pentágono dio publicidad al plan de construcción de grandes lagos en la Amazonia y un año después Herman Kahn, presidente del Hudson Institute, publicó conjuntamente con Antony J. Wirnes, también de aquella organización, el libro El año 2000 en el cual son propuestas administraciones multinacionales en la América del Sur”.
Estos antecedentes crearon una gran inquietud en los amazonólogos sobre todo brasileños, a punto tal que el Convenio de la Hylea Amazónica de 1948 fue materia de críticas que obligaron a su modificación y, posteriormente, a que el Convenio no avanzara. Por eso y teniendo en cuenta lo ocurrido en diferentes ocasiones y las amenazas de penetración que se han relatado, es que hay que examinar el Tratado de Cooperación Amazónica de 3 de julio de 1978 entre Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela, en lo que se refiere al análisis de este estudio, nacionalismo y conflicto.
El nacionalismo brasileño ya ha sido relatado esquemáticamente y hasta impidió el Convenio de la Hylea Amazónica de 1948. Colombia, Brasil y Perú tienen un entendimiento definitivo. Venezuela y Brasil, si es que alimentaran ideas hegemónicas en algún momento, podrían dar lugar a cierta problemática en la zona y no sólo en ella; mientras que el Ecuador no hace uso del derecho que el Tratado con el Perú le otorga, en el Art. VI del Protocolo de Río de Janeiro, para la navegación amazónica. Perú y Ecuador han desarrollado proyectos de integración sumamente importantes como la Irrigación Puyango-Tumbes. Hoy en día sectores de nacionalismo deformante agitan en el país hermano ciertas tensiones que, en el mes de enero de 1977, dieron lugar a incidentes felizmente superados. En este sentido el Pacto Amazónico de 3 de julio de 1978 puede ser positivo.
Empero, el Pacto en referencia no lo es en lo que atañe a la defensa contra la penetración del poder transnacional. Es un asunto que toca y corresponde a cada Estado, soberanamente. Esto es una verdad inobjetable. Sin embargo, también es otra verdad inobjetable el poder de las empresas transnacionales que se le ha llamado: gigantismo, porque lo es en lo económico, en lo financiero, en lo territorial; y hasta interfiere y penetra constantemente en las políticas de nuestros países. Y si la historia, como fue el caso de Bolivia con Brasil presenta una causa de conflicto por una transnacional y si hay los propósitos penetrantes e internacionalizantes, sin duda alguna que ninguno de los países amazónicos, aisladamente, puede combatir con éxito esas penetraciones; y es necesario por tanto concertarse y unirse para impedir que acciones imperialistas creen contradicciones, inclusive excitando los nacionalismos entre los países de la zona para lograr sus propósitos.

Por consecuencia, si la zona austral del Mar del Beagle es gravemente conflictiva en la actualidad, si en menor grado lo es la mediterraneidad de Bolivia o la cuestión de las centrales hidroeléctricas en Argentina, Brasil y Paraguay; en la región amazónica se proyectaría una posible causa de conflictos, alimentados por los nacionalismos de sectores deformantes, si es que no se toman desde ahora acciones defensivas, previsoras, concordantes, de cooperación y hasta de real integración, con absoluta igualdad y respeto de todas las partes implicadas.
No puede dejarse de citar el caso de la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, que dio lugar a serias controversias entre estas dos naciones en 1879, 1887, 1894 y 1907; a nuevos graves incidentes desde 1928 hasta 1932 y a un estado de guerra de 1933 hasta el Protocolo de Paz de 12 de julio de 1935, reforzado por el Tratado de Paz, de Amistad y de Fronteras de 21 de julio de 1938. Esta contienda, como otras, parece haber tenido motivaciones recíprocas de acendrado nacionalismo; aunque también, como se verá después tuvo causas relacionadas con las actividades peligrosas de los consorcios internacionales del petróleo. Felizmente, en estos últimos 40 años parecen haberse restañado las heridas que este conflicto dejara.

One thought on “NACIONALISMO Y CONFLICTO EN AMÉRICA LATINA – PRIMERA PARTE.

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