EL AMERICANISMO – II PARTE

d) «Nuestra América»

El estudio de la historia social y política latinoamericana muestra que la diferenciación y conflicto con los Estados Unidos se consolida a medida que este último agrede diplomática o militarmente a esos pueblos. Entre las múltiples intervenciones militares de ese país en América Latina, encontramos los siguientes hechos: en 1845 anexó a Texas, en 1846 se apropia de Monterrey y Nueva California, en 1848 se firma el Tratado de Paz entre México y Estados Unidos, mediante el cual este último se anexa Nuevo México, Arizona y Alta California. En 1856, el norteamericano Walker invadió Nicaragua y se proclamó presidente, y luego invadió El Salvador y Honduras. Finalmente, fue expulsado y regresó a su país con los honores de héroe nacional. En 1898 Estados Unidos anexa definitivamente Puerto Rico; en 1903 propicia y auspicia la separación de Panamá que formaba parte de Colombia; en 1910 invade Honduras, en 1914 México. Si hablamos en términos de ocupación tenemos los siguientes: Estados Unidos ocupa militarmente Nicaragua entre 1909 y 1910, entre 1912 y 1925 y entre 1926 y 1933; invade República Dominicana en 1914 y 1912, además la ocupa entre 1916 y 1924. Ocupa Cuba entre 1898 y 1902, en 1912 y entre 1917 y 1922. Ocupa Haití entre 1915 y 1934.67
Estas invasiones tenían su justificación ideológica en el Manifest Destiny, según el cual Estados Unidos tenía el derecho de ocupar todo el continente americano.68 Ese manifiesto permitió que a fines del siglo XIX este país adopte el «darwinismo social», que convertía al pueblo norteamericano en el «pueblo elegido», en «la raza superior» del continente.69 Coherente con esta visión racial, en 1912, el presidente norteamericano William Taft justificaba así esa política imperial:
No está muy lejos el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, como, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es moralmente nuestro.70
Como podrá entenderse, las invasiones, la opresión económica y el desprecio racial del imperialismo yanqui contra estos pueblos se constituyó en uno de los más importantes formadores del nacionalismo continental. Es decir, el fortalecimiento del americanismo es concomitante al nacimiento y consolidación del imperialismo angloamericano.
Muchos son los testimonios que lo confirman.71 Si esto es cierto para el largo plazo, en términos evolutivos el ascenso del americanismo puede localizarse en 1868, con el movimiento independentista de Cuba, y llega a su punto culminante en la Conferencia Panamericana de Washington en 1889.
Con respecto a lo primero, el movimiento independentista cubano contó con la solidaridad ejemplar de Colombia, Guatemala y Perú, entre otros países. El Perú en 1873 y Guatemala en 1875 fueron los primeros en reconocer a la República independiente de Cuba. Posteriormente, el Perú propuso un Congreso de Plenipotenciarios Latinoamericanos para apoyar su independencia y en 1875 envió a los rebeldes cubanos un cargamento de armas y municiones, además de hombres para lograr definitivamente su independencia. En este movimiento surgen varias figuras de jóvenes, entre las cuales destacaba el estudiante universitario José Martí. El ejército colonial español reprimió, encarceló y deportó a los insurrectos, pero su dominio ya era contestado y los movimientos de conspiración se mantuvieron durante muchos años. Es importante destacar que en pleno conflicto, Estados Unidos intentó anexarse Cuba. Con ese propósito, por un lado ofreció, por cuarta vez, comprarle la isla a España; y por otro lado, alentó y financió a diversos grupos cubanos de tendencias anexionistas.72
A causa de la difusión, consensos y consecuencias que tuvo, la Conferencia Panamericana de Washington de 1889 se convirtió en uno de los momentos más importantes del americanismo. En esa oportunidad vemos aparecer y afirmarse en los delegados latinoamericanos una conciencia de pertenencia a esta comunidad continental.
En efecto, en la conferencia el cubano José Martí y los argentinos Sáenz Peña y Quintana se levantaron contra las pretensiones de Estados Unidos de convertirse en maître del continente. Martí demostró esta inequívoca voluntad del dominio imperial a través de la reproducción de muchos comentarios periodísticos publicados en ese país. En ellos se anunciaba el inminente predominio del «coloso del norte» sobre el resto del continente. Esta no era una propuesta aislada y sin fundamento. Al contrario, en diciembre de 1889, se presentó en la Conferencia una moción en la que se propuso «que se constituya un gobierno federal de toda América, con el asiento en los Estados
Unidos». Asimismo, los organizadores del evento habían puesto en la sala de reuniones de la conferencia la Bandera Panamericana, en cuyos contornos dibujan también sus proyectos: «… al fondo del campo azul, limpio de las estrellas usuales, la cruz de mayo: delante, cubriendo con las dos alas tendidas al norte y al sur del continente, el águila: y el continente tiene alrededor un anillo de bodas».73
Por su entusiasta labor de coordinación, sus comentarios y propuestas, José Martí destaca en esta conferencia como uno de los más importantes ideólogos del nacionalismo continental. Él llamaba a luchar por «la segunda independencia»,74 que no era solo contra el «enemigo» español que aún dominaba Cuba, sino también contra el «pujante y ambicioso» vecino del norte.75 Asimismo, en su conocido ensayo Nuestra América decía:
Los árboles deben meterse en línea y cerrar el pasaje a los gigantes de siete lenguas! es la hora de la alerta y de la marcha hacia la unión, y nosotros debemos formar un batallón cerrado, como los filones de plata en el corazón de los Andes.76
A partir de ese momento, Nuestra América, título de este ensayo, se convirtió en uno de los más importantes eslogan identitarios del nacionalismo continental. Efectivamente, para Martí los pueblos hispanoamericanos tenían una historia compartida y características étnico-culturales que los identificaba y diferenciaba del pueblo angloamericano.
Esta identidad lo lleva a utilizar frecuentemente una metáfora filial, donde estos pueblos aparecen como hermanos e hijos de la «Madre América».77
En esa perspectiva, Martí afirma que en esa conferencia se manifestó entre los delegados latinoamericanos una identidad tácita «frente a las pretensiones norteamericanas». No obstante, no negaba que las relaciones entre muchos de estos estados vecinos se caracterizaban por la codicia de la tierra ajena o la desconfianza fronteriza, ni tampoco ocultaba que la relación de éstos con Estados Unidos era muchas veces de sumisión. Para ilustrar el estado de las relaciones entre los países de este continente, toma como ejemplo el drama español «Heren». Ahí, en la pluma de Martí, los hermanos Parellada (que representan iberoamérica) se enfrentan al ambicioso primo (representado por Estados Unidos) por la herencia.
Viene el primo a recoger la herencia, a ver que los Parellada se odien más, a estimularlos, con cuánto acá y cuánto allá, la cizaña, a echarlos, con invenciones y astucias, uno contra otro, a preguntarles, cuando ya los cree bien envenenados, si la razón social ‘marcha bien’; y el segundón generoso le salta al cuello, lo echa a tierra, y con la mano a la garganta le devuelve al primo, empolvado y tundido, la pregunta: ‘¿Qué tal marcha la razón social de los Parellada hermanos?’.78
Para Martí esta filial, aunque conflictiva, relación ente los estados latinoamericanos se explican porque «Nuestra América» tiene características culturales y étnicas que le dan identidad a sus pueblos. Con el objetivo de diferenciar a estos pueblos del «otro», Martí rechazaba el Panamericanismo, propugnada por Estados Unidos, y adoptan la denominación de América Latina. Como se sabe, este nombre fue inventado en Francia hacia 1860 y obedecía a una estrategia geopolítica de Napoleón III, quien buscaba reanudar los lazos rotos por la independencia a través de un panlatinismo que le facilitara la recolonización Latinoamérica.79 En este contexto, la «latinidad» servía a Martí como criterio de diferenciación entre los dos pueblos del continente, pero entiende «América Latina» como una comunidad cuya identidad racial es «mestiza» e «india». Es a partir de la identidad india que hacía la diferencia con «América del Norte» que, según decía, ahogaba «en sangre a sus indios». Por ello negaba a «los del norte» el derecho de reivindicar la identidad americana. Según Paul Estrade, Martí estaba convencido de que «la otra América usurpa el nombre con el cual se adorna; que ella se aleja de sus orígenes; que ella pierde sus rasgos autóctonos, desfigurada por la desaparición de la población, las reservas indias y por la inmigración europea que la sumerge».80
Como se observa, Martí introduce una de las más importantes modificaciones ideológicas en el americanismo: el soporte y la reivindicación identitaria pasaba de lo criollo, expresado por la primera generación americanista, a lo indio y mestizo, que será adoptada y desarrollada por la segunda generación. Otra modificación importante es la referida a la división geográfica del continente. En efecto, él se opone a la clásica división de las «tres Américas» e insiste en que solo habían dos: la «América Latina» y la otra a la que califica de «sajona», «inglesa» o «europea».81 Para él la primera comprendía «todas las tierras insulares y continentales» que se encontraban entre «el Río Bravo y el Estrecho de Magallanes».82 En la perspectiva étnico-cultural, muestra el carácter mayoritariamente indio y mestizo de «Nuestra América»; y geopolíticamente la comprende formada también por las Antillas y el Brasil, zonas de gran población esclava de origen africano que, por depender o tener sólidas relaciones con países coloniales europeos, por táctica, Bolívar había excluido del proceso emancipador.
Así, con Martí el americanismo experimentaba sensibles modificaciones: a los criterios de origen, raza, lengua y religión, esbozados por el inicial nacionalismo continental criollo, sumaba el territorio, pero dándole mayor fuerza integradora. Pero volvamos a la Conferencia Panamericana. Los proyectos más importantes planteados en ella fueron: uniformar los derechos aduaneros, dar un mismo patrón de pesas y medidas, impulsar los intercambios económicos y financieros, dar un nuevo código americano sobre el arbitraje internacional, e implantar la moneda única. En cada uno de estos proyectos, los delegados norteamericanos trataron de imponer sus criterios e intereses, intentando así consolidar la supremacía económica y el control político de Estados Unidos sobre los otros países del continente. Como se sabe, los delegados latinoamericanos no solo lograron impedir esas pretensiones, sino incluso controlaron el evento tanto a nivel directivo como resolutivo.
En el balance final, la conferencia fue un fracaso para los angloamericanos y un triunfo de los latinoamericanos. En esa perspectiva, uno de los hechos más importantes en ella es que estos últimos se mostraban como una comunidad de intereses económicos y políticos, hecho que confirmaba, a propios y extraños, la vigencia del nacionalismo continental. Aunque en un inicio se notaba en algunos delegados una tendencia pronorteamericana, a medida que transcurrían las sesiones fueron apareciendo claramente dos bloques, o como decía Martí, «las dos nacionalidades del continente».83
Es sobre la base de sus identidades e intereses contrapuestos que el «panamericanismo» y el «americanismo» mostraron sus fundamentos ideopolíticos.
Esto aparece claramente en la polémica que se suscita en torno al proyecto Zollverein, en el que, inspirándose en la unificación alemana, se planteaba unificar el continente bajo la dirección de Estados Unidos. Este proyecto, según Martí, estaba apoyado por los adeptos a la doctrina Monroe que buscaban extender el dominio de Norteamérica sobre todo el continente y el mundo.84 Frente a esto el argentino Sáenz Peña, a nombre de todos los sudamericanos, pronunció un enérgico discurso donde termina diciendo «América para la humanidad».85 Esta frase fue allí barrera de pretensiones imperialistas y sería luego adoptada por los americanistas como consigna ideopolítica que expresaba el criterio universalista de aquellos que, según Martí, al defender la América española apuestan por el «equilibrio del mundo».86
Poco tiempo después de la conferencia, Martí formó el Partido Revolucionario de Cuba, el mismo que tuvo dos características: primero, en él militaban cubanos, portorriqueños y dominicanos, lo que lo identifica como el primer partido latinoamericano de vocación continental; y segundo, al albergar en sus filas a miembros de la clase obrera, los sectores medios e intelectuales y la burguesía patriótica, aparece como el primer partido multiclasista, o como decían en la época, un «Partido de Frente Único Patriótico».
Enarbolando el ideal de «una República justa con todos y para todos», Martí y los miembros del Partido Antillés (el otro nombre con que se conocía el Partido Revolucionario de Cuba) parten de Estados Unidos el 30 de enero de 1895 y desembarcan en Cuba el 11 de abril. Después de coordinar acciones con los rebeldes que combatían bajo el mando de Antonio Maceo, el movimiento subversivo se extendió en toda la isla. Martí fue emboscado por las fuerzas realistas y murió el 19 de mayo de ese mismo año.
Habían pasado tres años y los rebeldes cubanos no habían logrado la independencia. Fue así que el 11 de abril de 1898 Estados Unidos intervino militarmente Cuba y Puerto Rico. Logró expulsar a los españoles e inmediatamente instauró un protectorado que pronto se reveló como una ocupación neocolonial: Estados Unidos se apoderó de las mejores tierras, las haciendas azucareras más importantes, las reservas mineras, las industrias de base, los ferrocarriles, los bancos, los servicios públicos y controlaron casi todo el comercio.87

e) La generación del 900

Esta ocupación no produjo la solidaridad continental que se observó en la sublevación cubana de 1868. Los gobiernos mostraron más interés en mantener sus lazos económicos con Estados Unidos que en levantar banderas integracionistas. Además, en esa época había un fenómeno social que ocupaba gran parte de los esfuerzos de aquellos.
Nos referimos a las migraciones de europeos, supuestamente de «raza superior», que desembarcaron en este continente entre 1850 y 1914.
Esta necesidad de atraer a la «raza superior» provocó que muchos estados americanos entraran en una cerrada competencia: se dieron generosas leyes y se crearon comisiones de inmigración, se construyen hoteles para los inmigrantes, se colocan cónsules en todos los puertos, se adelantó, redujo e incluso se regalaron pasajes a aquellos europeos que querían aventurarse en estas tierras. Con esas facilidades, entre los años 1875 a 1914, aproximadamente 45 millones de europeos cruzaron el Atlántico; proporcionalmente, casi se cuadruplicaba el movimiento de las tres décadas anteriores. Antes como ahora, la mayor parte se dirigió a Estados Unidos: algo más de la mitad, o bien el 60% si se suma Canadá. Entre los países de América Latina, solo Argentina y Brasil absorbieron alrededor de una cuarta parte del total.88
Efectivamente, entre 1875 y 1914, Brasil recibió cuatro millones de inmigrantes, Argentina 5.3 millones, Uruguay más de 400 mil; entre 1881 y 1915 llegaron a Paraguay 70 mil; y entre 1889 y 1904 llegaron a Chile 55 mil europeos.89 Estas enormes olas inmigratorias produjeron en la historia latinoamericana dos grandes fenómenos sociales: 1) se agudiza el mestizaje entre las razas, lo que a su vez estuvo acompañado de sensibles modificaciones en la dimensión clasista que habían tenido las razas; y 2) se transplantaron a este continente doctrinas y movimientos sociales que habían sido pensados para la realidad europea.
Con respecto a lo primero, las oligarquías, persuadidas de la «superioridad racial» de estos migrantes, les dieron fácil acogida y propiciaron las alianzas matrimoniales, lo que les permitió su rápida incorporación a la oligarquía; poco tiempo después muchos de esos inmigrantes formaron parte de la naciente burguesía latinoamericana. En ciudades como Valparaíso, Montevideo, Lima y Buenos Aires, los británicos manejaron el gran comercio y ocuparon las mejores viviendas; entre los franceses y los restantes grupos inmigrantes predominaron los oficios urbanos: habían comerciantes, hoteleros, profesores y artesanos. Muchos españoles fueron pulperos o esquineros, mientras que los genoveses monopolizaron el tráfico fluvial, particularmente en ambas orillas del río de la Plata. Para ellos las posibilidades de instalación y ascenso social fueron muy grandes, ya sea por el complejo de inferioridad racial de los americanos, por ausencia o escasa preparación técnica de la mano de obra local o porque los grupos dominantes preferían consumir los productos de origen europeo o hechos por estos inmigrantes.90
El segundo fenómeno social provocado por estas migraciones fue la implantación en estas tierras de doctrinas y movimientos sociales que surgieron en la realidad europea.
Esto fue particularmente grave para la historia del americanismo. En efecto, con la primera oleada, que se produjo entre 1830 y 1870, los europeos trajeron (principalmente a México, Brasil, Argentina, Chile y Uruguay), el saint-simonismo, el fourierismo y el mutualismo proudoniano. Con la segunda, producida entre 1880 y 1914, trajeron principalmente el anarquismo y débilmente el marxismo.91 Estas ideologías introdujeron el internacionalismo y en esa perspectiva negaban o intentaban desconocer la realidad americana. Es por ello que el americanismo, como memoria colectiva, sufre, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, un claro debilitamiento y la amenaza del olvido. Esta nueva realidad demográfica transformará el discurso americanista y planteará diferentes tareas a las generaciones venideras.
Después de la invasión de Estados Unidos a Cuba y Puerto Rico, aparece una nueva generación americanista: la generación del 900. Ella estuvo conformada por el nicaragüense Rubén Darío, el uruguayo Enrique Rodó, los argentinos Manuel Ugarte y José Ingenieros, el colombiano Vargas Vila, los mexicanos Amado Nervo y José Vasconcelos, entre otros.92 Esta nueva generación tuvo que afrontar el bullicio, la dispersión y el aislamiento que trajo esa enorme multitud de extranjeros. Fue así que se plantearon luchar contra el amenazante olvido y se convirtieron en virtuales «misioneros del americanismo».93 Para ellos la tarea de rescate y divulgación de los llamados «designios unionistas» de los próceres de la independencia tuvo dos aspectos: la propaganda escrita y las peregrinaciones.
El destino de un continente (1923) de Manuel Ugarte y La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos son libros de viajeros; ellos son las pruebas de la voluntad misionera de esa generación. En el campo de la literatura recogieron los mensajes unionistas de Simón Bolívar, José de San Martín y José Martí; critican al imperialismo yanqui, la doctrina Monroe y las «concepciones localistas» que «tenemos de la nacionalidad».94
En fin, buscaban la «reestructuración de la ideología continental»,95 es decir, la unidad y la reconstrucción social, cultural y política de la llamada nación latinoamericana.
Uno de los libros más importantes que produjo la generación del 900 fue Ariel (1900) de José Enrique Rodó. La importancia de este libro no solo radica en su contenido ideológico y su calidad literaria, sino también en la enorme difusión que tuvo. Fue el libro más reeditado de inicios del siglo XX, de lectura obligada en muchos colegios y universidades latinoamericanas. Asimismo, «Ariel» fue el nombre que adoptaron muchos centros culturales juveniles en diversos países de este continente.96
El gran tema de este libro es la oposición entre Ariel, que representa América Latina, y Calibán que representa América anglosajona. Aquí Rodó llama a la juventud latinoamericana a abandonar el «utilitarismo, la sensualidad y la torpeza» de Calibán y le pide seguir los caminos de Ariel, símbolo de «la razón y el espíritu, perfección y la moralidad humana».97 Este autor decía que los «americanos latinos» tienen «una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro». Sostenía que debe «el genio de la raza imponerse en la refundición de los elementos que constituirán al americano definitivo del futuro».98 Es así que Rodó veía el problema de adaptación del americanismo a la nueva realidad continental.
Ubicado en su contexto histórico, este libro revela los profundos cambios que estaban produciendo las migraciones europeas y la necesidad de adaptación que frente a ello se planteaba el americanismo finisecular. Frente a la agudización del mestizaje, esta generación buscaba amoldar el americanismo a los nuevos tiempos: el «genio de la raza» de la que habla Rodó es en realidad la «refundición» de razas que experimentaba el continente, pero la herencia, la tradición y el «sagrado vínculo» étnico de lo americano está localizado en lo indio.
De esta manera, Ariel muestra el mestizaje como una marmita de donde saldría el nuevo hombre americano. Asimismo, este autor oponía a la «civilización utilitaria» y a la teoría de la raza pura de Norteamérica, el idealismo, la armonía y el mestizaje latinoamericano.
Aunque Rodó no llega a profundizar lo referente al mestizaje, en su obra encontramos aspectos importantes de «la ideología del mestizo» que Vasconcelos formula en 1925 y que marca profundamente la ideología política de la generación del Centenario.

f) El tiempo de las revoluciones

En el siglo XX hubo dos acontecimientos que impulsaron y dieron nuevos contenidos al americanismo. Ellos son la Revolución Mexicana de 1910 y la Reforma Universitaria que comienza en Argentina en 1918. Por la gravedad e irradiación continental que tuvieron, estos acontecimientos serán obligados puntos de referencia ideológica y política de las futuras generaciones americanistas.
La Revolución Mexicana comienza en 1900 como un movimiento de oposición a la reelección de Porfirio Díaz. Estuvo dirigido por los estudiantes universitarios, los sectores medios y algunos intelectuales organizados en el Partido Liberal Mexicano (PLM), cuyo principal líder era el anarquista Ricardo Flores Magón.99 En 1906 este movimiento da a conocer el Programa del PLM, con el cual el movimiento se convirtió oficialmente en «Frente de clases» donde participaban obreros, campesinos (muchos de ellos anarcosindicalistas), sectores medios, y la burguesía nacionalista.100
En su proyecto social, Flores Magón incorporaba la idea del germen de la sociedad futura, idea muy presente en el anarquismo europeo. Pero lo novedoso es que, según Magón, ese germen o célula social tenía presencia y vigencia en el mundo agrario mexicano: el calpulli de origen precolombino. Para él esta era la célula de la sociedad libre del futuro.
En México –decía– viven algunos millones de indios que, hace veinte o veinticinco años, vivían en comunidades, poseían en común tierras, los bosques, las aguas.
El apoyo mutuo era la regla de esas comunidades en las cuales la Autoridad se hacía sentir solamente cuando el agente Recolector de impuestos hacía su aparición periódica o cuando los guardias rurales venían a buscar los hombres para enrolarlos en la fuerza armada. En esas comunidades no había jueces, ni carcelero, ni ninguna otra plaga de esta especie […] el trabajo de cerco y de recolección se hacía en común, la comunidad se reunía hoy día para recoger la cosecha de Pedro, mañana de Juan y así sucesivamente […] en cuanto a la población mestiza ella tenía igualmente tierras comunales, bosques y aguas libres […] El apoyo mutuo era también la regla, las casas se construían en común, la moneda era casi innecesaria porque había intercambio de productos […] Como se ve, pues, el pueblo mexicano es capaz de llegar al comunismo, porque lo ha practicado, al menos en parte, después de siglos.101
Es así que vincula la revolución social al problema de la tierra, y todo ello al problema nacional.102 Según estos revolucionarios la solución del problema del indio pasaba por la expropiación de las tierras de los grandes latifundistas y compañías norteamericanas instaladas en ese país. En efecto, a inicios del siglo XX, México tenía un tercio de sus capitales de origen norteamericano. Los ciudadanos de este último país habían monopolizado la producción del cobre, el petróleo, el caucho, el azúcar, la banca y los transportes. Con respecto a la concentración de las tierras, el norteamericano William Randolph Hearst era uno de los ejemplos más típicos. Poseía más de tres millones de hectáreas en el estado de Chihuahua.103 Esto explica por qué el nacionalismo mexicano devino naturalmente en antiimperialista, o más precisamente, antiyanqui. Por ello, al estallar la revolución, Porfirio Díaz deja el poder a Madero, quien inmediatamente solicita el apoyo de Estados Unidos para enfrentar a los rebeldes del PLM, así como a los dirigidos por Emiliano Zapata y Pancho Villa. Estados Unidos aprovechó la oportunidad para enviar un batallón de mercenarios a Baja California con el propósito de derrotar al PLM y, una vez liberada esta zona, anexársela.
El gobierno norteamericano captura y encarcela a Flores Magón y a otros dirigentes, descabezando así al movimiento.
A partir de ese momento los libertarios «magonistas» se suman al movimiento de Emiliano Zapata, aunque él no era libertario. Pero la «incorporación de los magonistas a su movimiento, el apoyo que le brindó Regeneración, la nominación de Alfredo Quesnel como consejero y los acuerdos conjuntos de ambos grupos sobre la Reforma Agraria que quedaron plasmados en el Plan Ayala de 1911 atestiguan la simpatía que tenía Zapata por las ideas libertarias.104
Como se sabe, la historia de la Revolución Mexicana se prolonga durante muchos años. Es importante remarcar aquí que ella ha consolidado y profundizado el nacionalismo continental. Según Mariátegui, esta había «creado una comunidad más viva y más extensa» que «recuerda la que concertó a la generación de la independencia.
Ahora como entonces, la emoción revolucionaria da unidad a la América indoespañola».105 Efectivamente, México se convirtió durante años en el centro de inspiración revolucionaria y de referencia identitaria del continente. Ese acontecimiento fue vivido como el redescubrimiento de la identidad india de América. No por azar es en este país donde surge y se difunde la tesis de la raza cósmica, el vocablo Indoamérica y la bandera que dibujaba la silueta y los límites de la llamada nación latinoamericana: del río Bravo al estrecho de Magallanes.106
A nuestro modo de ver, esta Revolución tiene varios significados: fue cultural y reivindicativamente indigenista, pero políticamente fue una empresa multirracial y multiclasista; es decir, fue una revolución mestiza. Esto es tan cierto que uno de los principales objetivos del Estado posrevolucionario fue terminar de formar «la nación mestiza».107 De otro lado, la adhesión de muchos obreros, campesinos e intelectuales a los mensajes indigenistas, agraristas y antiimperialistas de esa Revolución creó en muchos países corrientes indigenistas y terminó dando nuevos contenidos ideológicos y políticos al americanismo.108 Finalmente, en ella se fusiona el americanismo, el indigenismo y el socialismo, dando nacimiento a la idea de la revolución nacional-continental.
La Reforma Universitaria fue otro acontecimiento que revitalizó el americanismo a comienzos del siglo XX. Pero mientras la Revolución Mexicana impulsa la crisis social y política, la Reforma Universitaria de Argentina marca el inicio de una formidable ruptura generacional en este continente. Este evento es importante no solo por ser el origen, sino además porque en su dinámica encontramos resumidos los grandes temas, los límites y las posibilidades del movimiento generacional del 20.
Los elementos detonadores de este acontecimiento se encuentran en la «situación generacional»109 que vivió la juventud a fines de la primera década. Julio González, uno de los principales líderes de la Reforma Argentina, recordaba años después:
La guerra europea dejó al mundo en ruinas, económica, social, institucional y moralmente. Todos los valores habían caducado, todos los principios habían hecho crisis. Los jóvenes que nos lanzamos a la vida, no encontramos sino ruinas y escombros por todos los confines. Eso ya no nos creaba una posición nihilista, negativa. No encontramos nada que nos mereciera respeto, ni siquiera atención de detenernos a estudiarlo y comprenderlo. Para el hombre nuevo de América, todos los sistemas habían caducado […] Frente a este panorama sombrío, la revolución rusa surgía como un lucero anunciando la aurora de un nuevo mundo.
Era una alucinación para los jóvenes de veinte años. Veíamos en ella la posibilidad de que sobre los principios de justicia se lograra la construcción de una nueva sociedad. Y hacia ella íbamos, no como adhesión política, sino como quien se deja encandilar por una luminaria que brillaba en el horizonte.110
Esta crisis de valores fue agudizada por el gobierno de Yrigoyen que produjo un clima reformista y antioligárquico. Además, la crisis se desarrolló en una sociedad atravesada por el conflicto entre la tradición colonial y el moderno desarrollo capitalista de algunas zonas. No fue pues por casualidad que el movimiento comenzara en la ciudad de Córdoba, ciudad carente de industrias, atrapada aún por el espíritu colonial, dominada por una oligarquía terrateniente y un influyente sector clerical.
A principios de marzo de 1918 los estudiantes demandaron el cambio del obsoleto régimen universitario. Como no obtuvieron respuesta, el 10 de ese mes realizaron la primera manifestación callejera, donde crean el Comité Pro-Reforma y se declaran en huelga general. Poco días después lanzaban el manifiesto que llevaba por título La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América. El primer párrafo dice:
Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica.
Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.111
Lo revelador de este manifiesto es que los estudiantes parten de una crítica al régimen universitario y, por analogía, hacen una crítica de fondo a la cultura y al régimen político, para terminar esbozando su propia alternativa societaria: «Mantener –decían– la actual relación entre gobernantes y gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos»; y agregan: «queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de autoridad que en estas casas de estudios es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia». Erigiéndose como «un movimiento en suprema lucha por la libertad» hablan así de la futura República Universitaria: La Federación Universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostienen que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno que los ciudadanos de democracia universitaria no piden sino exigen que se les reconozca el derecho y «a capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa».112
Aquí encontramos claramente delineado el conflicto generacional, bajo el aspecto de una revuelta contra la autoridad académica, y por extensión, contra todo el régimen político. Esto es lo que Mendel llama «la revuelta contra el padre».113 En efecto, el enfrentamiento entre los estudiantes y las autoridades de la Universidad puede ser visto como una lucha contra el «poder social todopoderoso».114 Este poder social, dice el autor, es el padre y la madre reunidos en una misma dimensión: el orden social. Pero Mendel distingue de un lado el padre, que evoca las imágenes del Dios, el rey y el
dictador115, es decir, el sistema político y el Estado; y la madre, encarnando las instituciones socioculturales, como la escuela y la universidad.116
El conflicto con la madre (que no solo es contra la institución universitaria, sino además contra la cultura tradicional) estuvo encarnado en la lucha entre los estudiantes y las autoridades universitarias reunidas en la Corda Fraterna. Esta era un círculo de doce señores católicos, profesores universitarios en su mayoría, que aparte de monopolizar el poder en la Universidad, ostentaban cargos de funcionarios públicos, eran legisladores y tenían gran influencia en las esferas políticas.117 Era, pues, el símbolo del poder cultural y político contra el que se enfrentaban los estudiantes, reproduciendo así, en el campo social, el complejo de Edipo.
Este movimiento también nos revela la transmisión del mensaje americanista de una generación a la otra, así como la constitución de una generación social. En efecto, los estudiantes logran el apoyo de otras federaciones estudiantiles argentinas, de algunas federaciones obreras y de varios personajes de la anterior generación americanista como Alfredo Palacios, José Ingenieros, Manuel Ugarte, entre otros. A medida que avanzaban los días, el discurso universitario se fue transformando en un discurso social y político, de claro contenido nacionalista continental. Es así que el 23 de julio se realizó una manifestación donde habló Alfredo Palacios, quien, en una orden del día que él redactó, decía: «el nuevo ciclo de civilización que se inicia, cuya sede radicará en América […] exige un cambio total de valores humanos y una distinta orientación de las fuerzas espirituales, en concordia con una amplia democracia sin dogmas ni perjuicios».118 Deodoro Roca (redactor del Manifiesto Liminar), por su parte, demandaba a los estudiantes dar un «contenido americano e insuflar una nueva fuerza interior y propia al alma continental»119 a las luchas que sostenían.
Fue así como la reforma dejaba la dimensión universitaria para abarcar el plano de la reforma social y política; además, pasaba del ámbito provincial al patrio, y a través de la solidaridad de los americanistas de la anterior generación, de ser un movimiento nacional-particular se convertía en un movimiento de alcance nacional continental.
Con ella aparece un especie de mesianismo generacional, que caracteriza los primeros pasos de la generación reformista latinoamericana.
Después de una serie de enfrentamientos con la policía, donde participaban estudiantes y obreros, el 20 de julio de 1918 se realiza el I congreso Nacional de Estudiantes.
El 9 de setiembre toman el local universitario y asumen la función de gobierno «bajo la superintendencia de la Federación y nombrando ésta profesores interinos que dicten cursos de acuerdo a los programas oficiales».120 Este era un «simbólico» golpe de Estado contra el poder social. Si seguimos la lógica analítica de Mendel, podemos decir que ante la frustración (causada por el rechazo a las exigencias de cambio por parte de las autoridades universitarias) los estudiantes se constituyen en fuerza política, toman el poder, desalojan al «padre malo» e instalan en su lugar un «padre falso».121 Este «golpe de Estado» duró pocas horas. El Ejército entró en la Universidad, arrestó a 83 dirigentes y los condenó por sedición.122

Días después, el gobierno publicó los nuevos estatutos de la universidad. En él se incorporaban los principios básicos de la Reforma: la docencia libre y la participación de los estudiantes en el gobierno de la Universidad. El cogobierno quedaba establecido en el artículo Nº 38, donde se decía: «Los Consejos Directivos nombrarán sus miembros a propuesta de una asamblea compuesta de todos los profesores titulares, igual número de profesores e igual número de estudiantes».123 Nacía así la primera nueva Universidad de América.
Este es el inicio de otro movimiento generacional de dimensiones continentales que paulatinamente incorporará, como parte esencial de su prédica y accionar, los ideales y planteamientos del discurso americanista. A partir de ese momento el ejemplo de la reforma argentina será imitado en varios países, dándose inicio a un movimiento que comprometerá a casi todas las juventudes de Iberoamérica. La reforma auspiciará, en un mismo tiempo histórico, el encuentro de dos generaciones: la del 900 y la del 20. Su tiempo será el de la síntesis y creatividad: con ella se agudizará la memoria americanista, se asimilará y fusionará los mensajes socialista e indigenista, y a todo ello se sumarán sus proyectos de socialización de la cultura, de revolución social, moral y política. Como decían los mismos actores, con la reforma se inició la revolución de los espíritus.124
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* Este artículo corresponde al primer capítulo de mi tesis de doctorado El socialismo indoamericano:
La ideología política de la generación del 20. Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales. París, junio de 1998. Es una versión corregida y aumentada de la publicada en la revista Cuadernos americanos N° 82, Universidad Autónoma de México, julio-agosto de 2000.
1 Después de haber concluido este trabajo he vuelto a leer el artículo de Hugo Neira «Relire aujourd’hui Haya de la Torre», en Amérique Latine Nº 12 octobre-décembre 1982. La primera vez que lo leí, hace ya más de diez años, me pareció interesante pero complejo; yo no lo sabía, pero ese era el primer artículo que leía sobre el americanismo y los americanistas. Tal vez ahí comenzó esa larga marcha que ahora termina en este trabajo sobre el nacionalismo continental americano.
2 Alfredo PALACIOS: «La juventud universitaria y la tentativa de fascismo en la Argentina». Conferencia en la Universidad de Buenos Aires, 31 de julio de 1923. Reproducido en Universidad y democracia. Ed.
Claridad, Buenos Aires 1928, p. 162.
3 Idem. p. 163.
4 Idem. pp. 164-165.
5 Idem. p. 168 y siguientes.
6 Esta parte corresponde a la conferencia citada, pero fue mejor desarrollada en «Llamado a los jóvenes universitarios de Estados Unidos contra la plutocracia yanqui», de marzo de 1927; reproducido también en Universidad y democracia, op. cit. p. 141 y siguientes.
7 Sobre esto ver particularmente «Panamericanismo e ibero-americanismo en la Universidad»; carta de Palacios dirigida a Méndez Pereyra, organizador del Congreso Panamericano de 1926, fechada en noviembre de 1925. También reproducido en Universidad y democracia, op. cit. p. 121.
8 Idem. pp. 150-151.
9 Idem. p. 168.
10 Sobre esto ver Benedict ANDERSON: Comunidades imaginadas (reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo). Fondo de Cultura Económica. Traducido por Eduardo Suárez, México, 1993, p. 23 y siguientes. También Eric HOBSBAWM: Nations et nationalismes depuis 1789. Ed. Gallimard, París1992,
pp. 36-37 y 63.
11 John LYNCH: Las revoluciones en hispanoamérica: 1808-1826. Ed. Ariel, Madrid, 1976, pp. 35-37.
También François-Xavier GUERRA: «La metamorfosis de la representación en el siglo XIX», en Georges COUFFIGNAL: Democracias posibles (el desafío latinoamericano). Ed. Siglo XXI, p. 50.

12 Esta diferenciación nos permite comprender muchas de las características que presenta el movimiento de la independencia, pero, asimismo, diferenciarlo de los producidos en la posterior formación de los estados nacionales. La no diferenciación ha producido graves confusiones e incluso ha llevado a muchos investigadores a analizar, con los mismos marcos teóricos, los fenómenos nacionalistas de América con los de Europa. Un claro ejemplo de esto lo ofrece el libro de Benedict ANDERSON Comunidades imaginadas.
Esto lo lleva a confundir nación con patria, Estado y nación. Producto de ello, su análisis contiene una serie de errores de perspectiva: 1) no llega a percibir el nacionalismo continental; 2) ve en el nacimiento de los Estados latinoamericanos la expresión de movimientos nacionalistas. En términos generales, la idea de nación es bastante débil en este continente y él mismo parece confirmarlo en una serie de opiniones de la época donde habla de «generalizado republicanismo», cuyas características fundamentales están vinculadas al territorio, la administración, el sacrificio por la bandera, el amor político, etc.
13 Jorge BASADRE: Historia de la República del Perú. Ed. Universitaria, Lima, 1963, tomo I, p. 257 y siguientes. También Felipe PARDO Y ALIAGA: «El Paseo de Amancaes», reproducido en Costumbristas y satíricos. Ed. Biblioteca Popular. Primera serie Nº 9, París, 1938, tomo I, p. 181, nota 1. Ver también Jean Paul DELEER y Yves SAINT-GEOURS: Estados y naciones en los Andes. Ed. /FEA/IEP, Lima 1986, Volumen II, Instituto Francés de Estudios Andinos-Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1986. A nivel continental el libro de Luis Alberto SÁNCHEZ: Nueva historia de la literatura americana. Ed. Impropesa, Lima 1987, demuestra lo objetivo de nuestra apreciación. En efecto, algunos nombres de sociedades citadas por este autor son las «Sociedades patrióticas», que surgen desde 1811 en Chile, Perú, Venezuela, México, Ecuador, etc. En cuanto a las obras más conocidas en este continente cita las de Esteban DE LUCA: Marcha patriótica, canto, Chile, 1810; Camilo HENRÍQUEZ: Camila, patriota de Sudamérica, teatro, Chile, 1817; Bartolomé HIDALGO: Diálogos patrióticos, canto, Uruguay, 1817; Guillermo MATTA:
Canto a la Patria, Chile, 1864; Abigail LOZANO: Cantos a la Patria, Venezuela, 1864; Miguel Antonio CARO: La vuelta a la Patria, poemario, no cita país, 189?; Justo Sierra: Catecismo de la Historia Patria, historia, México, 189?; Juan Zorrilla de San Martín: La leyenda Patria, oda, Uruguay, 1879, etc. Entre los periódicos cita El amigo de la Patria, Guatemala, 181?; El Patriota, Venezuela, 1840, entre otros.

14 Sobre esto ver Jacques GODECHOT: «Nation, Patrie, nationalisme et patriotisme en France au XVIII siècle»; y Pierre VILAR: «Patrie et Nation dans le vocabulaire de la guerre d’indépendance espagnole».
Ambos en Historique de la Révolution Française. Octobre-Décembre 1971, Nº 206. También Jean Yves GUIOMAR: La Nation entre l’histoire et la raison. Ed. La Découverte, París 1990, pp. 14-21. Para ver el origen romano de la idea de patria consultar Claude NICOLET: Le métier du citoyen dans la Rome Républicaine. Ed. Gallimard, París 1976, p. 64 y siguientes.

15 Gustave GLOTZ tiene interesantes anotaciones sobre el origen de la idea de patria en la Grecia antigua.
Refiriéndose al «patriotismo» afirma: «Esta pasión de independencia hace de la ciudad, por pequeña que sea, un Estado soberano. Tomose dos ciudades vecinas: todo las separa. Los hitos sagrados que indican los límites de los territorios sagrados trazan las líneas de demarcación casi infranqueables entre las religiones y las leyes, los calendarios, las monedas y las medidas, los intereses y las afecciones. ¿Qué es la Patria en los grandes siglos de la Grecia antigua? La palabra indica. Ella designa todo lo que unifica a los hombres que tienen un ancestro común, un mismo padre». Gustave GLOTZ: La Cité Grecque. Ed. Albin Michel, París, 1968, p. 38.

16 Esta visión del padre y de la madre, como imágenes primordiales del inconsciente colectivo, nos remontan a la idea del mito del Estado y de la utopía social. Sobre esto consultar Ernest CASSIRER: Le Mythe de l’Etat. Ed. Gallimard. París 1993; y Jean Servier: Histoire de l’Utopie. Ed. Gallimard. París, 1991.

17 Nosotros desarrollaremos esto más ampliamente en la segunda parte de este trabajo, cuando hablemos del «mito americanista». En este momento, la base de nuestro análisis estará en los textos publicados por los estudiantes y obreros de diversos países del continente latinoamericano.

18 Sobre las comunicaciones, como aspecto clave del proceso de formación de las naciones, consultar Christophe JAFFRELOT: «Les modèles explicatifs de l’origine des nations et du nationalisme (revue critique)», en Théories du nationalisme. Ed. Kimé, París 1991. p. 142 y siguientes. También ver
Benedict ANDERSON, op. cit., p. 98 y siguientes.

19 Si la difícil geografía del continente era ya un grave obstáculo para la comunicación, el poder colonial impuso el aislamiento como una medida para el control y la dominación de esas poblaciones sometidas.
Las políticas comerciales de Madrid fueron severamente monopólicas y trataron las regiones administrativas en zonas económicas aisladas, impedidas de comerciar entre ellas. Además, los bienes y personas podían transitar solo por los puertos. Los pueblos que vivían a un lado u otro del continente no se conocían más que por nombre. Por ejemplo, el viaje por mar de Buenos Aires a Acapulco duraba cuatro meses; el viaje por tierra de Buenos Aires a Santiago de Chile duraba dos; y de Buenos Aires a Cartagena seis meses. Citado por Benedict ANDERSON: «Vieux empires, nouvelles nations», en Théories du nationalisme, op. cit., p. 223. Ver también John Lynch: Las revoluciones en hispanoamérica, Ed. Ariel, España 1976, p. 35 y siguientes.

20 LYNCH: The Spanish-American Revolutions, p. 208. Reproducido por Benedic Anderson en op. cit. p. 222.
21 Georges BURDEAU: L’Etat. Ed. Le Seuil., París 1970, p. 37. Sobre esto ver también John LYNCH, op. cit, p. 36 y siguientes.

22 El caso de los países andinos son los más evidentes. Sobre esto ver Danièle DÉMELAS: Nationalismes sans nations? (la Bolivie aux XIXéme-XXéme siècles). Ed. C.N.R.S., París 1980. La historia del Ecuador es bastante ilustrativa. Rafael Quinteros afirma que a inicios del siglo XIX los grupos dominantes del Ecuador no tenían una «conciencia nacional». Luego afirma que los gobiernos no supieron resguardar «la nación territorio (sic) lengua, cultura, etc.» contra Colombia y el Perú. En «El Estado terrateniente del Ecuador”, reproducido en Estados y naciones en los Andes. op. cit., p. 406. Para este autor el concepto de nación está llena de contrasentidos. La nación no es territorio sino una comunidad; cuando habla de «nación territorio» en realidad hace referencia a los límites del Estado territorial (él afirma que el Estado no existió) y no de la nación, en el sentido estricto del término. Defender la «nación ecuatoriana», que el autor entiende como «lengua, cultura, raza, etc.», contra el Perú o Colombia que son pueblos con la misma lengua, cultura, raza, es simplemente defenderse de los iguales. Entonces, la «ausencia de conciencia nacional» no se debió, como afirma Quinteros, a la supremacía de los intereses terratenientes regionales sobre los «nacionales», sino, precisamente, a la falta de características nacionales diferenciables de la población peruana o ecuatoriana.

23 Además de las obras completas de Bolívar y Martí, existen dos trabajos en los que puede encontrarse desarrollada esta dimensión «filial» de América y los americanos. Para Bolívar, Miguel ACOSTA SAIGNES: Acción y utopía del hombre en las dificultades. Ed. Premio Casa de las Américas, La Habana, 1977. Y para José Martí, Paul ESTRADE: José Martí. Thèse de Doctorat, Université de Toulouse-Le Mirail, 1984.
Asimismo, consultar Manuel UGARTE: El destino de un continente. Ed. Mundo Latino, Madrid, 1923; y La nación latinoamericana. Ed. Biblioteca Ayacucho, Venezuela s/f.

24 Esta visión «filial» de la nación es una de las constantes en las teorías del nacionalismo. Uno de los primeros que ha utilizado esta idea ha sido Ernest RENAN en su famoso artículo «Qu’est- ce qu’une nation?», en Oeuvres Complètes, tomo I. Ed. Calmann-Lévy, France 1947. Estas características del fenómeno nacional han sido estudiadas por Edgard Morin en su artículo «L’Etat-Nation»; reproducido en Théories du Nationalisme. Ed. Kimé, París 1991.

25 Parte de la literatura independentista entre 1810 y 1816 se hizo en quechua y aymara; en 1818 O’Higgins hizo su proclama en quechua; San Martín redactó su primera y segunda proclama, así como su decreto de abolición al tributo, en quechua; la instalación del Congreso Constituyente del Perú en 1822 se hizo en quechua. Además, desde los primeros días de la independencia del Perú se dio al indio la condición de ciudadano: se abolió el tributo, mitas, yanaconazgos, pongos, encomiendas, cacicazgos y toda clase de servidumbre personal; además, en armonía con el liberalismo de la época, Bolívar disuelve las comunidades indígenas y reconoce la propiedad de los indios sobre sus parcelas. Sobre esto ver Jorge BASADRE: Historia de la República del Perú, op. cit. tomo I, pp. 262-263. También Alfredo PALACIOS: Universidad y democracia, op. cit., pp. 240-242. Ver también Bernard LAVALLÉ: «Bolívar et les indiens», en Bolívar et les peuples de Nuestra América. Presse Universitaire de Bordeaux, 1990, pp. 104-105.

26 E. GELLER: Nations and Nationalism; citado por Eric Hobsbawm, op. cit. p. 20. Ver también Raúl
ZAMALLOA ARMEJO: «El proceso de la nacionalidad»; en Perú: Identidad nacional. Ed. CEDEP. Lima,
1979, p. 34.

27 Estas características fueron inicialmente empleadas para el caso europeo por Ernest Renan en su famoso artículo «Qu’est -ce qu’une nation». En Oeuvres Complètes, tomo I, op. cit., pp. 903-904.
28 Para Otto BAUER, uno de los aspectos centrales de la formación de las naciones es la «historia compartida». Sobre esto ver El problema de las nacionalidades y la socialdemocracia. Ed. Siglo XXI. Madrid
1976.
29 Estamos de acuerdo con Christophe JAFFRELOT cuando define el nacionalismo como un «sentimiento de pertenencia a la nación»; pero no estamos de acuerdo con él cuando da un rol primordial a la «modernización» y atribuye uno secundario a la «ideología». En nuestro caso, el americanismo se presenta como una conciencia nacional que tiene aspectos de una ideología en proceso de formación. Ver «Les modèles explicatifs de l’origine des nationalités et du nationalisme (revue critique)». En Théories du nationalisme, op. cit., p. 140.
30 Alfredo PALACIOS: Universidad y democracia, op. cit., p. 162.
31 Juan Pablo VIZCARDO Y GUZMÁN: Carta a los españoles americanos. 1ª edición en Londres por P. Bayle,
Picadilly, en 1801. Ed. Popular Comisión Organizadora del «Año del Sesquicentenario de las Batallas de
Junín y Ayacucho y de la Convocatoria al Congreso de Panamá». Lima, 1974.
32 Idem. p. 2.
33 Idem. pp. 5 y 6.
34 Idem. p. 31.
35 Idem. pp. 40-42.
36 Idem. p. 111.
37 Eric HOBSBAWM afirma que la búsqueda del «Estado histórico» es bastante común en los movimientos nacionalistas. Sobre esto ver Nations et Nationalismes depuis 1789, op. cit., pp. 99-100. Sobre el concepto de «imago» consultar J. Laplanche y J .B Pontalis: Diccionario de Psicoanalisis. Ed. Labor Barcelona, 1977, p. 199; también C. G. JUNG: Lo inconsciente. Ed. Losada, Buenos Aires, 1976, p. 88.
38 Francisco de MIRANDA: «Esquisse de Gouvernement Provisoire». Londres, 2 de mayo de 1801. Reproducido en Textos sobre la Independencia. Ed. Guadarrama. Madrid, 1959, pp. 72-73.
39 Testimonio de O’Leary, citado por B. LAVALLÉ. En Bolívar et les peuples de Nuestra América, op. cit., p. 106.
40 Jorge BASADRE: Historia de la República del Perú, op. cit., tomo I, p.131. Muchos autores afirman que Bolívar copió esta presidencia vitalicia de la experiencia inglesa y de la napoleónica. Incluso Bolívar manifestó haberse inspirado en caso Haití, donde Petión, personaje que él admiraba mucho, fue elegido presidente vitalicio. No obstante, estas suposiciones y la misma declaración de Bolívar no explican su radical cambio político. Sobre esto ver Miguel ACOSTA SAIGNES: Acción y Utopía del hombre en las dificultades, op. cit., p. 366. Sobre las características de esta Constitución ver Jorge Basadre: Historia de la República del Perú, op. cit., pp. 154-158. También Pierre Luc ABRAMNSON: «Pragmatisme et utopie dans la pensée politique de Simón Bolívar»; en Actes du colloque de Milan: L’Etat, la révolution française et l’Italie. Ed. Presse Universitaire d’Aix Marseille. 1990, p. 83.

41 Discurso de Bolívar ante el Congreso Constituyente de Bolivia, el 25 de mayo de 1826. Simón BOLÍVAR:
Obras Completas, op. cit., tomo II, p.1233.
42 Carlos Villanueva: La monarquía en América: Bolívar y el general San Martín. Librería Paul Ollendorff. París, 1911, p. 283.
43 Jorge Basadre: Historia de la República del Perú, op. cit., pp. 144-145 y 190-191.
44 Alberto FLORES GALINDO: Buscando un Inca. Ed. Horizonte, Lima, 1988, p. 252.
45 Hermes TOVAR en «Problemas de la transición del Estado colonial al Estado nacional (1810-1850)»; en Estados y naciones en los Andes, op. cit., pp. 386-387.
46 Este poeta dice: «Venció Bolívar, el Perú fue libre/ y en triunfal pompa Libertad sagrada/ en el templo del
Sol fue colocada». De esto retenemos dos imágenes: el Sol y el libertador. Como se sabe no fue Bolívar sino Necochea quien dirigió la batalla; no obstante, el poeta dice que Bolívar «Llama de improviso al bravo Necochea/ y mostrándole el campo/ partir, acometer, vencer le manda». Entonces el mando es de Bolívar. Con respecto al Sol este poema nos entrega las imágenes del ejército de los hijos del sol: «los ordenados escuadrones/ que el iris reflejan los colores/ o la imagen del Sol en sus pendones». Este poema muestra claramente a Bolívar como el hijo del Sol, es decir, el Inca: «Más de improviso/ la espada de Bolívar aparece/ y a todos los guerreros/ como el sol a los astros, oscurece» y concluye: «Tal héroe brillaba/ por las primeras filas discurriendo/ se oye su voz, su acero resplandeciente… en torno despedía/ rayos de luz tan viva y refulgiente/ que, deslumbrando el español, desmaya/ tiembla, pierde la voz, el movimiento/ sólo para la fuga tiene aliento». José Joaquín OLMEDO: Poesía completa. Fondo de Cultura Económica, México, 1947, pp. 122-152.
47 John LYNCH: Caudillos en Hispanoamérica 1800-1850. Ed. Mapfre. Madrid, 1993, p. 175. También Las revoluciones en Hispanoamérica: 1808-1826. Ed. Ariel, Barcelona, 1976.
48 Ver también Jorge Basadre: Historia de la República del Perú, op. cit., tomo I, pp.5 y 119, y Francisco Pividal: Bolívar: pensamiento precursor del antiimperialismo. Ed. Premio Casa de las Américas, La
Habana, 1977, pp. 34 y 40-41.
49 Benedict Anderson: Comunidades imaginadas, op. cit., pp. 85-88.
50 Jorge Basadre: Historia de la República del Perú, op. cit., p. 269.
51 Luis Alberto SÁNCHEZ: ¿Existe América Latina? Ed. Luis Alva Castro. Lima, 1991, p. 32. También Jorge
BASADRE: Elecciones y centralismo en el Perú. Ed. Centro de Investigaciones de la Universidad del Pacífico. Lima, 1980, p.17.
52 El delegado peruano señor Vidaurre, en una de las cláusulas de sus «Bases para una confederación general de América», propuso «la del establecimiento de una ciudadanía común entre todos los confederados». Citado por Miguel ACOSTA SAIGNES: Acción y utopía del hombre en las dificultades, op.cit., p. 427.
53 ¿Cuántos soldados integraron el «Ejército Libertador» de Bolívar o el ejército de San Martín? No hemos encontrado cifras exactas. No obstante, sabemos que el ejército de Colombia estaba compuesto de 32.000 hombres, que Bolívar desplazó más de 2.800 soldados al Ecuador y envió 8.000 al Perú. San Martín llegó a Chile con 4.500 soldados y partió de este país hacia el Perú con 6.000. Además, en 1822 una parte del ejército peruano, conocida como los «Intermediarios», tenía 3.000 hombres de cuatro países diferentes. La ausencia de información exacta, por lo demás comprensible, nos imposibilitan mesurar la envergadura humana de la empresa libertadora. Lamentablemente tenemos que conformarnos con hablar de «varios miles» de libertadores. Sobre esto consultar: Miguel ACOSTA SAIGNES: Acción y utopía del hombre en las dificultades, op. cit.; Demetrio RAMOS PÉREZ: San Martín, el libertador del Sur. Biblioteca Iberoamericana.
Ed. Anaya. Madrid, 1988; y Jorge Basadre: Historia de la República del Perú, op. cit., tomo I.
54 Simón Bolívar en Obras completas, op. cit., tomo I, p. 314.
55 Francisco PIVIDAL: Bolívar: pensamiento precursor del antiimperialismo, op. cit., pp. 116-118.
56 Grand Dictionnaire Encyclopédique Larousse. France, 1989, p. 7061.
57 Es por ello que Bolívar decía: «Jamás seré de la opinión de que los convidemos para nuestros arreglos americanos» porque son «extranjeros», en «Carta de Bolívar a Santander», Arequipa, 30 de mayo de 1825. En Simón Bolívar: Obras completas, op. cit., p.1108.
58 La doctrina Monroe buscaba impedir la presencia de potencias extranjeras en los territorios americanos.
Pero, en la práctica, se convirtió en una argucia diplomática para convertir al presidente de Estados Unidos en el «jefe natural» de la Federación Americana que preparaba Bolívar. El señor Joel Roberts Pinsett, embajador de Estados Unidos en México decía: «sería absurdo que el presidente de Estados Unidos llegara a firmar un tratado por el cual ese país quedaría excluido de una federación de la cual él debería ser el jefe».
Comunicación de Poinsett al embajador de Inglaterra en México el 27 de setiembre de 1825. Reproducida por Francisco PIVIDAL: Bolívar: Pensamiento precursor del antiimperialismo, op. cit., p. 177.
59 Kaldone G. NWEOHED: Bolívar y el Tercer Mundo (la devolución de un anticipo revalorizado). Ed. Comité del Bicentenario de Simón Bolívar. Venezuela s/f. pp. 135-136
60 Simón Bolívar: «Reflexiones sobre el Estado actual de la Europa con relación a la América»; en Gaceta de Caracas, Nº 74, 9 de junio de 1814. Reproducido en Obras completas, op. cit., volumen II, p. 1284.
61 «Carta de Bolívar al general inglés sir Robert Wilson», 15 de noviembre de 1824. En Obras completas, op. cit., volumen I, p.1006.
62 Simón Bolívar: «En pensamiento sobre el Congreso de Panamá (1826)»; en Obras completas, op. cit., volumen II, pp. 1214-1215.
63 Francisco Bilbao: América en peligro [1862]. Reproducido en El Evangelio americano. Ed. Biblioteca Ayacucho. Venezuela, 1980.
64 Idem. pp. 266-270 y 276-277.
65 Idem. pp. 274-275 y 284-285.
66 Idem. pp. 288-289.
67 Sobre esta cronología consultar Alfredo PALACIOS: Universidad y democracia, op. cit., pp. 169-171; Carlos RAMA en su libro Utopismo socialista (1830-1893). Ed. Biblioteca Ayacucho, Venezuela 1977; Eduardo GALEANO: Las venas abiertas de América Latina. Ed. Siglo XXI, México 1975; y Harol MOLINEU: US Policy toward Latin America. Ed. Boulder, Westview Press, 1986, citado por Olivier DABENE en América Central: transformación de los regímenes; reproducido en Democracias posibles (el desafío latinoamericano), op. cit., p. 187.
68 Citado por Jean TOUCHARD en Histoire des idées politiques. Ed. P.U.F., París, 1975, t. II, p. 706.
69 Esta mentalidad es ilustrada en estos términos por el senador norteamericano Beveridge: «Nosotros no renunciamos a la misión de nuestra raza, mandataria, en nombre de Dios, de la civilización del mundo…
Nosotros avanzamos en nuestra obra… con un sentimiento de gratitud por una tarea digna de nuestras fuerzas y plenos de reconocimiento por el Dios Todopoderoso que nos ha marcado como su pueblo elegido para conducir el mundo hacia la regeneración». Citado por Jean TOUCHARD, op. cit., pp. 707.
70 Citado por Claude JULIEN en L’Empire Américain. Reproducido por Eduardo GALEANO: Las venas abiertas de América Latina, op. cit., pp. 164-165.
71 Estas palabras de Manuel UGARTE dan la prueba de lo dicho: «Yo imaginaba que la ambición de esta gran nación se limitaba a levantar dentro de sus fronteras la más alta torre de poderío, deseo legítimo y encomiable de todos los pueblos, y nunca había pasado por mi mente la idea de que ese esplendor nacional pudiera resultar peligroso para mi patria o para las naciones que, por la sangre y el origen, son hermanas de mi patria, dentro de la política del continente. Al confesar esto, confieso que no me había detenido nunca a meditar sobre la marcha de los imperialismos en la historia. Pero leyendo un libro sobre la política del país, encontré un día citada la frase del senador Preston: La bandera estrellada flotará sobre toda la América Latina, hasta la Tierra de Fuego, único límite que reconoce la ambición de nuestra raza. La sorpresa fue tan grande que vacilé. Aquello no era posible… Cuando tras el primer movimiento de incredulidad, recurrí a las fuentes, pude comprobar a la vez dos hechos amargos: que la afirmación era exacta y que los políticos de la América Latina la habían dejado pasar en silencio, deslumbrados por sus míseras reyertas internas, por sus pueriles pleitos de fronteras…». El destino de un continente, op. cit., pp. 7-8.
72 Jorge BASADRE: Historia de la República del Perú, op. cit., tomo VII, pp. 96-97. En total, Estados Unidos ofreció cinco veces a España comprarle Cuba. La primera, en 1848 y bajo la administración de Polk, ofreció 100 millones de dólares. La última fue en 1898, dos meses antes de declararle la guerra a España; en esa oportunidad, la administración de MacKinley, ofreció 300 millones de dólares. Sobre esto último ver Paul ESTRADE: José Martí, op. cit., tomo II, p. 364 y tomo III, nota 55.
73 José MARTÍ: «La conferencia americana», 11 de diciembre de 1889; en Obras completas. Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1975, p. 65.
74 José MARTÍ: «Patria», 18 de junio de 1892. Citado por Paul Estrade en su tesis de doctorado: José Martí, op. cit., p. 559.
75 José MARTÍ: «Congreso Internacional de Washington», 2 de noviembre de 1889; en Obras completas, op. cit., tomo I, pp. 46-47.
76 José MARTÍ: «Nuestra América»; en Obras completas, tomo VI, op. cit., p. 15.
77 José MARTÍ: «Discurso», en la velada artístico-literaria de la sociedad literaria hispano-americana, el 19 de diciembre de 1889. En Obras completas, tomo IV, p. 140. Sobre el análisis de ésta y otras metáforas orgánicas de Martí, consultar Paul ESTRADE op. cit., pp. 340, 561-571.
78 José MARTÍ: «La Conferencia de Washington», en op. cit., p. 79.
79 «El gran diseño político de Napoleón III, aconsejado por el economista Michel Chevalier, antiguo discípulo de Saint Simon, fue proponer la afirmación de un movimiento panlatinista susceptible de hacer aparecer la Francia como la heredera de las naciones latino europeas… Esta unión imaginada por Michel Chevalier, hundía en las fuentes mismas de la antigüedad greco-romana, sus orígenes culturales y reintroducía el catolicismo como cimiento de la unidad espiritual reencontrada; ella se oponía, al mismo tiempo, a las tentativas hegemónicas del capitalismo mundial anglosajón y norteamericano, así como a la emergencia agresiva del pangermanismo bismarckiano. Muchos criollos latinoamericanos fueron seducidos por esta perspectiva geopolítica, ellos adoptaron rápidamente esa noción de latinidad y le dieron las dimensiones del Nuevo Mundo… Una de las primeras obras que meten lado a lado América y latina fue la obra de Charles Calvo… Traité de diplomatie sur l’Amérique Latine fue publicado en París en 1862… el mismo año de la intervención militar de Napoleón III a México». Guy Martinière: «L’invention de la latinité de l’Amérique». En Unité et diversité de l’Amérique latine. Ed. Université de Bordeaux III C.N.R.S. Setiembre 1982. pp. 24-25.
80 José MARTÍ: «Nuestra América»; en Obras completas, op. cit., tomo VI, pp.16 y 19. Paul Estrade: José Martí, op. cit., p. 563.
81 Sobre esto ver Paul ESTRADE: José Martí, op. cit., p. 562.
82 Idem. pp. 564, 567 y 615-616.
83 José MARTÍ: «Congreso Internacional de Washington»; en Obras completas, op. cit., tomo I, p.50.
84 Idem. p. 61 y «La conferencia de Washington», en Obras completas, op. cit., tomo II, p. 83.
85 Idem. p. 81.
86 José MARTÍ: «Congreso Internacional de Washington», en Obras completas, op. cit., tomo I, pp. 62-63.
87 Paul ESTRADE: «José Martí», op.cit., tomo II, pp. 562-564 y 568. Ver también Denis LARA: «Cuba», en Encyclopaedia Universalis, tomo V, p. 840.
88 Sobre estas migraciones consultar Marcello CARMAGNANI: «Las inmigraciones europeas en su área de origen», pp. 148-155. También Luis Alberto ROMERO y Lilia Ana BERTONI: «Movimientos migratorios en el Cono Sur: 1810-1930», pp.184-187. Ambos en Europa, Asia y África en América Latina y el Caribe. Ed. Siglo XXI / Unesco. México, 1989.
89 Luis Alberto ROMERO y Lilia BERTONI, op. cit., p. 188.
90 Sobre esto ver los artículos de Luis Alberto ROMERO y Lilia Ana BERTONI: «Movimientos migratorios en el Cono Sur: 1810-1930»; y Adela PELLEGRINO: «Inmigración y movimientos internos de población en América Latina y el Caribe en los siglos XIX y XX». Ambos en Europa, Asia y África en América y el Caribe, op. cit.
91 Sobre esto ver Carlos RAMA: Utopismo socialista (1830-1893), op. cit.; José ROSAS RIBEYRO: Anarchisme et anarchosyndicalisme dans les mouvements sociaux: Mexico 1861-1929. Mémoire d’histoire. París III (IHEAL), 1983. El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina. Ed. Siglo XXI; y Jacy ALVES DE SEIXAS: Mémoire et Oubli: syndicalisme révolutionnaire au Brésil. Ed. Maison des sciences de l’homme, París, 1992.
92 Un buen resumen y análisis testimonial de la generación del 900 fue escrito por Manuel UGARTE en «Los escritores iberoamericanos del 900», en su libro La nación latinoamericana. Ed. Biblioteca Ayacucho.
Venezuela s/f, pp. 295-300.
93 HAYA DE LA TORRE: «Problemas e imperativos de la unidad continental», en Testimonios y mensajes. Obras completas, Ed. Juan Mejía Baca. Lima, 1997, tomo I, p. 387.
94 Manuel Ugarte: «La patria única»; en La nación latinoamericana, op. cit., p. 18.
95 Idem. p. 295.
96 A inicios de siglo existieron los centros culturales Ariel en el Perú, Colombia, Uruguay, Chile, Argentina,
Bolivia, Cuba, Ecuador, etc. Sobre las lecturas de este libro ver el testimonio de Luis Alberto SÁNCHEZ en «El estudiante, el ciudadano, el intelectual y la reforma universitaria americana». Reproducido en La reforma universitaria, op. cit., tomo III, p. 212.
97 José Enrique RODÓ: Ariel. Ed. Novaro; México, 1957, p. 24.
98 Idem. p. 124.
99 En una carta, fechada el 13 de junio de 1908, Ricardo Flores Magón decía a su hermano Enrique y a su amigo Praxides Guerrero: «Todo se reduce a una cuestión de táctica. Si desde un principio nos hubiéramos llamado anarquistas, nadie, a no ser unos cuantos, nos hubieran escuchado. Sin llamarnos anarquistas hemos prendido en los cerebros ideas de odio contra la clase poseedora y contra la casta gubernamental.
Ningún partido liberal en el mundo tiene las tendencias anticapitalistas del que está próximo a revolucionar México, y eso se ha conseguido sin decir que somos anarquistas, y no lo habríamos logrado ni aunque nos hubiéramos titulado ya no anarquistas como somos, sino simplemente socialistas». Epistolario y textos de Ricardo Flores Magón, p. 203. Reproducida por Armando Bartra en Regeneración 1900-1918. Ed. Era; México, 1977, p. 19.
100 Sobre esto ver José ROSAS RIBEYRO: Anarchisme et anarchosyndicalisme dans les mouvements sociaux: México 1861-1929, op. cit., p. 84 y siguientes.
101 Citado por José ROSAS RIBEYRO. Idem. pp. 109-110.
102 Sobre esto ver Gonzalo AGUIRRE BELTRÁN: «El indigenismo y su contribución al desarrollo de la idea de nacionalidad»; en Raíces y características del nacionalismo en América Latina. Ed. Instituto Indigenista Interamericano. De la revista América Indígena Nº 2, vol. XXIX, abril de 1969, p. 401.
103 En 1910, poco más de ochocientos latifundistas extranjeros poseían casi la totalidad del territorio mexicano. De los 15 millones de habitantes, 12 millones trabajaban en las haciendas en condiciones de asalariados, cuyos jornales eran pagados en especies en los almacenes de las haciendas. Estas relaciones salariales que en realidad escondían su verdadero carácter servil y semiesclavo, eran practicadas en las plantaciones de azúcar, café, madera, tabaco, frutas, etc. El escritor norteamericano John Kenneth Turner afirmaba en 1911 que «los Estados Unidos ha convertido virtualmente a Porfirio Díaz en su vasallo político y, en consecuencia, ha transformado a México en una colonia esclava». Sobre esto ver Eduardo GALEANO: Las venas abiertas de América Latina, op. cit., pp. 185-186.
104 Sobre la relación entre magonistas y zapatistas consultar la introducción de Armando BARTRA a Regeneración (1900-1918), op. cit., p. 31.
105 José Carlos MARIÁTEGUI: «La unidad de la América indo-española»; publicado en Variedades, Lima 6 de diciembre de 1924. Reproducido en Temas de nuestra América. Obras Completas, tomo 12. Ed.
Amauta, Lima 1980, p. 17.
106 Detalles interesantes sobre el origen de estos vocablos y la bandera pueden encontrarse en Luis Alberto
SÁNCHEZ: Haya de la Torre y el Apra. Ed. Universo, Lima 1980; y en el artículo de John H. HADDOX: «La influencia de José Vasconcelos sobre Víctor Raúl Haya de la Torre», en El Apra: de la ideología a la praxis. Ed. Nuevo Mundo, Lima 1989.
107 David A. BRADING: «Manuel Gamio y el indigenismo oficial en México»; en Revista de Sociología, año II, Nº 2, abril/junio de 1989, p. 289.
108 Sobre esto ver «En favor de los comunistas de Méjico»; en La Protesta, año I, Nº 7, agosto de 1911, p.
2; y Manuel Caracciolo LÉVANO: «Salud! Rebeldes Mejicanos!»; en La Protesta, año III, Nº 21, del 1 de mayo de 1923, p. 3.
109 Nosotros hemos tomado el concepto de situación generacional de Mannheim. Este autor afirma que «el asiento real de las nuevas impulsaciones es la situación ‘generacional’». Luego dice: «la situación generacional contiene solamente las potencialidades, que se manifiestan, son rechazadas, o que, integradas a otras fuerzas sociales activas, pueden, modificadas ejercer influencia». Para participar en ese «destino común» hay que ser nacido en el mismo «espacio histórico-social –en la misma comunidad de vida histórica– en el mismo tiempo para relevar de esta situación, para poder compartir pasivamente los obstáculos y las oportunidades, pero también para poder utilizarlas activamente». Karl MANNHEIM: Le problème des générations. Ed. Nathan, París 1990, pp. 65-58.
110 Julio V. GONZÁLEZ: Vigencia y actualidad de la Reforma Universitaria. Universidad del Litoral. Rosario,
1941, p. 10.
111 «La Juventud Argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América» (Manifiesto Liminar, 21 de junio de 1918). Reproducido en Gabriel DEL MAZO (compilador): La Reforma Universitaria, op.cit., tomo I, p. 1.
112 Idem. pp. 1-5.
113 Gérard MENDEL: La Révolte contre le Père. Ed. Payot, París 1968.
114 Idem. pp. 380 y 387.
115 Idem. p. 384.
116 Idem. p. 397.
117 Juan Carlos PORTANTIERO: Estudiantes y política: el proceso de la Reforma Universitaria. Ed. Siglo XXI, México 1978, p. 56. 118 Idem. p. 42.
119 Idem.
120 Idem. p. 53.
121 MENDEL: La Révolte contre le père, op.cit., p. 380.
122 Juan Carlos PORTANTIERO: Estudiantes y política: el proceso de la Reforma Universitaria, op. cit., p. 54.
123 Idem.
124 En mi tesis, a partir de aquí estudio a la generación del Centenario. Recientemente he publicado un artículo que intenta resumirla. No obstante, a diferencia de mi tesis, en este artículo analizo ese movimiento generacional desde la perspectiva de la sociología de la juventud. El título es «La revolución de los espíritus. La juventud reformista de los años veinte en América Latina», publicado en Debates en Sociología N° 23-24, PUCP, Lima, diciembre de 1999.

AÑO VIII N° 12, pp. 167-200 [UNMSM / IIHS, Lima, 2004]

http://sisbib.unmsm.edu.pe/BibVirtualData/publicaciones/inv_sociales/N12_2004/a07.pdf

3 thoughts on “EL AMERICANISMO – II PARTE

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