LOS NIÑOS Y LAS REDES SOCIALES.

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Uno de los temas del día ha sido la nota de prensa publicada por la revista Consumer Reports, la misma hace referencia al uso de Facebook por parte de los menores. De acuerdo a los resultados de una encuesta que realizaron, estiman que unos 7.5 millones de usuarios no cumplirían con la edad mínima de registro, es decir, tendrían menos de 13 años.

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Esto no es ninguna novedad, en otro estudio realizado recientemente se reveló que el 46% de los niños de 12 años de Estados Unidos estarían registrados en alguna red social; lo mismo el 82% de los que tienen entre 14 y 17. Basta con entrar a la sección de anuncios de Facebook (como si fueras a crear uno) para ver los números reales, por ejemplo, sólo en Argentina actualmente hay más de 2.7 millones de jóvenes que tienen 17 años o menos:
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USUARIOS-PERÚ
Facebook cuenta con sistemas automáticos que determinan la edad real de los usuarios, si detectan que mintió le eliminan la cuenta, de hecho alguna vez un portavoz dijo que eliminaban unas 20 mil cuentas de menores al día.
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¿CÓMO SE PUEDE CONTROLAR ESTO?

No se puede pretender que los niños no quieran hacerse una cuenta en Facebook cuando en la televisión el 99% de los programas que son aptos para toda la familia tienen Facebook y se pasan pidiéndoles a los televidentes que entren y se hagan fans. Hasta el Cartoon Network tiene fanpage! con juegos y dibujitos.

Este tipo de cosas, sumadas a que muchos de sus amigos ya tienen cuentas, los obliga de cierta a forma a crearse una también. Es como un círculo vicioso.

La responsabilidad siempre cae sobre los padres, deberían ser ellos los que controlen la actividad de sus hijos en internet. Muchos lo hacen, pero muchos otros no y no porque no quieran, sino porque no saben… a veces son los propios niños los que les enseñan a los grandes cómo hacer las cosas en internet.

Es responsabilidad de todos tomar conciencia, los padres que no sepan usar internet deben estar dispuestos a aprender y los que saben dispuestos a ayudar a los demás. Es la única forma.

ALGUNOS CONSEJOS:

HAZTE SU AMIGO EN FACEBOOK: para ver quiénes son sus contactos y qué cosas están compartiendo.

HABLA SOBRE EL TEMA: limitar el uso de forma estricta no siempre es lo mejor, si no se conectan desde casa lo harán desde otro lugar. Hablar sobre el tema y educarlos es la mejor herramienta, explícales por qué no deben compartir información personal, los lugares que frecuentan, fotos, videos, teléfonos, direcciones, etc. Una simple foto en la escuela, por inocente que parezca, puede estar revelando mucha información…

CHEQUEA LOS NIVELES DE PRIVACIDAD: la sección de privacidad de Facebook es bastante entreverada, nada mejor que verificar junto a ellos las opciones disponibles.

LA COMPUTADORA EN LA SALA: hasta cierta edad lo ideal es que la computadora no esté en su habitación, en todo caso se pueden utilizar programas de control parental. Hay muchos que son gratuitos.

Por último les dejo algunos links interesantes que publiqué hace algún tiempo para padres con hijos conectados.

http://spamloco.net/2011/05/para-un-nino-de-hoy-en-dia-no-estar-en.html

Fraternalmente
Luis Romero

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EL PROFETA

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Kahlil Gibran

 

Un bestseller de todos los tiempos: “El Profeta” de Kahlil Gibran. Desde su publicación hace más de 70 años, la obra ha sido traducida a más de 20 idiomas y ha inspirado a millones de personas, quienes encuentran en sus palabras la expresión de los más nobles impulsos, la más profunda poesía del corazón humano.

El Profeta es una fuente de sabiduría que ha inspirado a generaciones de personas. Con poesía resonante, ofrece inolvidables palabras de esperanza y consolación sobre los temas trascendentales como el nacimiento, el amor, el matrimonio, la muerte y otros hitos de la vida.

BIOGRAFÍA

Gibran Jalil Gibran, fue un poeta, pintor, novelista y ensayista libanés nacido en Bisharri, Líbano, el 6 de enero de 1883 y fallecido el 10 de abril de 1931 en Nueva York: la causa de su muerte se determino que fue cirrosis en el hígado y tuberculosis.

El segundo de cuatro hermanos, vivió con ellos hasta los 11 años, cuando gran parte de su familia emigra a Estados Unidos en busca de nuevas oportunidades para trabajar y vivir. Antes de ese viaje, aprende de otras personas, entre ellas su abuelo materno, del conocimiento del arte y del saber universal, que fueron base para la literatura y la pintura. Ya con el tiempo aprendió y cultivó con devoción el inglés, lengua que haría famosas sus novelas, aunque no olvidó el árabe, que perfeccionó tras su regreso a Líbano en 1898. Durante esa estancia en su país natal, destaca por su habilidad en el dibujo y nace en él la idea de escribir un libro, El Profeta, que con el tiempo sería su obra cumbre.

 

En 1902, Gibrán regresó a Boston y sin dejar de escribir, inicia su vocación por la pintura, que le llevaría a ser famoso por doquier; y es en París donde hace exponer sus obras y gana el elogio de la crítica. Luego, en la capital francesa, saca su mejor provecho cultural. En 1912 es publicado el libro Las Alas Rotas que había comenzado en 1906. Sus primeros textos los publica en la revista libanesa “Al-Manarah”, una publicación fundada por el propio Gibrán, junto a Joseph Hawaiik. Inicia también en esa época una serie de viajes por Europa que enriquecerán su bagaje cultural.

 

Gibrán trabaja en la confección de El Profeta, que finalmente logra publicarse en 1923, con éxito total e imágenes de su propia autoría. Antes había publicado El Loco y posteriormente El Precursor. En esa época, malos presentimientos le invaden el alma y desea retornar a su patria, pero su salud decae constantemente hasta el final de su vida.

En 1917 fija su residencia en Nueva York (ciudad en la que falleció en 1931, a los 48 años).

AUDIO.-


http://www.ivoox.com/playerivoox_ee_575933_1.html


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http://www.ivoox.com/el-profeta-kahlil-gibran-1-2-audios-mp3_rf_575933_1.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Gibran_Jalil_Gibran

 

Fraternalmente

Luis Romero

 

 

CHILE APOYO A GRAN BRETAÑA EN LA GUERRA DE LAS MALVINAS

Entrevista al ex-General de la FACH Fernando Matthei Aubel

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General de la Fuerza Aerea Fernando Matthei Aubel, miembro de la Honorable Junta Militar desde 1977-1989 despues de la partida del Gen. Leigh. Estuvo involucrado en ayudar a nuestros aliados Britanicos durante la guerra de las Falklands en 1982.

El próximo domingo 2 de abril se cumplirán 20 años del comienzo de la guerra de las Malvinas. En el conflicto, desencadenado tras la invasión de soldados argentinos a las islas Falklands ordenada por el general Leopoldo Galtieri, murieron 700 soldados transandinos y 255 británicos. El episodio, que por lo absurdo sigue siendo un pasaje traumático de la historia reciente argentina, forzó a la Junta Militar que gobernó ese país entre 1976 y 1983 a renunciar y convocar, elecciones.

Dos décadas después quedan muy pocos secretos por develar sobre la guerra. Uno de los principales tiene que ver con la amplia colaboración que las Fuerzas Armadas chilenas encabezadas por el general Augusto Pinochet brindaron a los militares ingleses a lo largo de los dos meses y medio que duró el conflicto. El general Fernando Matthei, ex comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile y miembro de la Junta Militar entre 1977 y 1989, revela en esta extensa entrevista -realizada en julio del ’99 en el Centro de Investigación y documentación de la Universidad Finis Terrae- gran cantidad de detalles inéditos de esa ayuda, la forma en que se gestó y la gran cantidad de equipamiento y armas que el régimen militar chileno recibió a cambio.

Margaret Thatcher, la ex Primer Ministro británica, ya había agradecido públicamente la colaboración chilena en 1999, en un intento por influir sobre la opinión pública de su país y demostrar que el general Pinochet, por esos días detenido en Londres, había sido un aliado clave de Inglaterra durante la guerra. Sin embargo, no entregó ninguno de los datos explícitos que esta vez proporciona Matthei (ver recuadro).

Durante la detención de Pinochet en Londres, Margaret Thatcher dejó en claro que en 1982 el gobierno chileno ayudó a los ingleses en el conflicto con Argentina.

¿Cómo se gestó esa ayuda y qué papel le correspondió jugar a usted?

En primer lugar, debo decir que la guerra de Las Malvinas -y eso es grave- nos tomó a todos por sorpresa. Me enteré de ello leyendo El Mercurio por la mañana. Sabíamos que estaba la posibilidad y cómo se fue desarrollando, pero jamás pensé que los argentinos serían tan locos. Años después conversamos con un amigo que fue comandante en jefe de la Fuerza Aérea Argentina -Omar Grafiña Rubens- y él tampoco lo supo allá. Recién se había retirado y estaba como sucesor el brigadier mayor Arturo Basilio Lami Dozo. Incluso durante una reunión en la que había participado, lo dejaron fuera y trataron las cosas por su cuenta. Debo reconocer que fue un secreto muy bien guardado por parte de los argentinos. Nadie lo supo. Tomaron a los ingleses completamente por sorpresa, y a nosotros también…

¿Cuál fue su reacción y la del gobierno?

Tomar nota y estar alerta. Dos días más tarde se presentó mi oficial de inteligencia, el general (Vicente) Rodríguez (ex jefe del Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea) informándome que había llegado un oficial inglés enviado por el jefe del Estado Mayor de la Real Fuerza Aérea británica. Le dije que lo recibiría. Se trataba del Wing Commander (comandante de escuadrilla) Sidney Edwards, un personaje que no parecía inglés para nada y que hablaba español perfectamente (ver nota).

¿Cómo lo describiría?

Era un hombre joven, de unos 35 a 40 años. Sumamente activo y nervioso, desplegaba un montón de adrenalina. Venía con una carta de Sir David Great, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea inglesa, para ver en qué podíamos ayudarlo. Tenía plenos poderes para coordinar conmigo cualquier cosa que pudiéramos hacer juntos, lo que a mí me pareció muy interesante. Me dijo que tenía plenos poderes para negociar, y que lo que a ellos más les apremiaba era información de inteligencia. Los ingleses no se habían preocupado para nada de Argentina. Sabían todo lo inimaginable sobre Unión Soviética, pero de Argentina no sabían nada. Edwards me preguntó en qué podíamos ayudarlos. Le contesté que no me mandaba solo y que hablaría con el general Pinochet.

¿Habló con Pinochet sobre este “ofrecimiento”?

Conversé con él en términos muy generales, informándole que teníamos una gran oportunidad. A nosotros no nos interesaba que los argentinos les pegaran a los ingleses, porque entonces -ya lo había dicho Galtieri- seríamos los siguientes. Recién estábamos digiriendo el discurso de la Plaza de Mayo, en el cual -rugiendo ante las multitudes- había manifestado que Malvinas sería sólo el comienzo. Parecía Mussolini.

¿Ese discurso los había dejado preocupados?

Nos preocupó que después de las islas apuntaran hacia acá. Después de todo, ellos calificaban que territorios nuestros también les pertenecían. En general, Pinochet estuvo de acuerdo en que yo trabajara con los ingleses, siempre que no se supiera, y ambos estuvimos de acuerdo en que por ningún motivo debía enterarse de ello ni siquiera el Ministerio de Relaciones Exteriores.

¿Al Ejército y a la Marina no le había llegado de la parte inglesa una solicitud similar?

Nada.

¿Por qué cree que los británicos optaron por la Fuerza Aérea?

Buena pregunta. A mí me conocían, porque había sido agregado aéreo en Inglaterra entre diciembre de 1971 y enero de 1974.

Aprovecharon los vínculos personales con usted…

Yo había estado visitando sus industrias de material de guerra y tenía contactos con los altos mandos británicos. Mientras estaba allá, firmé contratos por seis aviones Hawker Hunter, y compramos también seis aviones de caza Vampire. Me conocían, teníamos una relación fluida. Estando en Londres, cuando me tocó ir a la Unión Soviética, les pasé a los ingleses una copia del informe que redacté para la Fach sobre lo que había observado en materia de armamentos. Ellos sabían que era su amigo, pese a que Chile -recuerde que estábamos en la Unidad Popular- lo consideraban parte del bloque del Este. También influyó el hecho de que yo hablara inglés, que hubiese volado en alguna oportunidad en una unidad de ellos y que conociera de la Real Fuerza Aérea hasta lo que ellos mismos no conocían. En resumen, tenían bastantes referencias mías y por eso me llego a mí la petición.

¿Qué hizo después de reunirse con Pinochet?

Con el general Pinochet quedamos en mantener esto en absoluto secreto, y luego volví a reunirme con Sidney Edwards, informándole que tenía carta blanca en el asunto y que operaríamos de acuerdo con mis criterios. Edwards me dijo que tanto el agregado de Defensa inglés -un marino- como la Embajada Británica no sabían de su existencia y que no debían enterarse. Edwards viajó entonces a Inglaterra para analizar qué podíamos hacer nosotros y a su regreso trajo autorización para que les diéramos información de inteligencia.

¿Qué recibiría Chile a cambio?

Ellos nos venderían en una “libra” -entre comillas- aviones Hawker Hunters, los cuales se traerían de inmediato a Chile por avión. Y también un radar de larga distancia, misiles antiaéreos, aviones Camberra de reconocimiento fotogramétrico a gran altura y también bombarderos. El material era muy importante, sobre todo los aviones de reconocimiento, porque en la Fuerza Aérea chilena no teníamos ninguno. Vuelan muy alto, como los U-2 norteamericanos y tienen unas inmensas cámaras fotográficas. Además, mandarían un avión de inteligencia, comunicaciones y espionaje electrónico. Se trataba de un avión Moondrop a chorro, parecido al 707 de pasajeros, pero transformado.

¿Cómo reunía información de inteligencia sin contar con equipos sofisticados?

Nosotros habíamos transformado aviones más livianos en nuestra propia industria y con equipos propios, pero no volaban con la altitud necesaria, porque eran aviones turbo hélices chicos, del tipo 99 Alfa. Habíamos transformado dos, con unos equipos llamados Itata, desarrollados en conjunto por la Marina y la Fuerza Aérea. Dichos equipos, montados a bordo de estos aviones bimotores livianos, podían detectar todas las señales de radar, analizarlas y clasificarlas. Pero las señales de radar -al igual que la luz- se proyectan en línea recta, sin quebrarse. Y no se captan a menos que se vuele a unos 40 mil pies de altura. Como primera medida, entonces, los ingleses mandaron ese avión, con el cual realizamos un reconocimiento completo a nuestro lado de la frontera. Hacíamos vuelos a gran altura sobre territorio chileno, pero captando señales del otro lado que nuestros equipos no eran capaces de captar por la cordillera y la baja altura.

¿Cómo puede llegar un avión de esas características y tamaño hasta el aeropuerto de Pudahuel o cualquier base aérea, sin que nadie se dé cuenta?

Ese avión venía como cualquier aparato civil, con un plan de vuelo normal.

¿Y los argentinos no lo detectaron en su espacio aéreo?

Es que no pasó por Argentina. Todos estos aviones llegaron a través de la Isla de Pascua y Tahiti.

¿Y los espías argentinos?

No había espías argentinos, tal como nosotros no teníamos espías en Argentina. Con este avión se hacían vuelos a gran altura sobre territorio chileno, captando señales del otro lado. Los nuestros, en cambio, debido a la Cordillera y al tipo de aviones que eran, no podían volar tan alto como para captar las señales.

¿Quiénes pilotearon el avión?

Los ingleses, aunque iba un par de observadores nuestros a bordo. Nos pasaron la información necesaria sobre los equipos argentinos, pero nada que nosotros no supiéramos ya. Ese vuelo no nos sirvió, pero se realizó y para la historia es bueno saberlo. No arrojó informaciones que ya no tuviéramos, lo cual en cierta forma era bueno. Los ingleses quedaron impresionados por lo que vieron, por nuestros sistemas de escucha en el sur y por el radar de gran alcance que teníamos detrás de Punta Arenas.

¿Con ese radar espiaban al otro lado?

En un cerrito habíamos instalado un radar de 200 millas de alcance comprado en Francia. En tierra teníamos puestos de escucha en varias partes, que captaban todas las señales y comunicaciones radiales argentinas. También habíamos desarrollado en Punta Arenas, cuando llegué a la comandancia en jefe, un puesto de mando blindado bajo tierra, bien protegido, al cual llegaban todas las informaciones graficadas y clarísimas, como un teatro. En ese puesto se reunían todas las informaciones captadas por el radar grande y los más chicos, y por los escuchas. Allá se instaló Sydney Edwards.

¿Cómo transmitía Edwards esos datos a sus superiores?

Tenía un equipo de comunicación satelital directa con la Marina Real británica en el comando central de Northwood, cerca de Londres. Lo que pasaba aquí, de inmediato lo sabían los ingleses.

Inglaterra no podría haber encontrado un mejor aliado

Imposible. Nosotros avisábamos, por ejemplo, que desde una base determinada habían salido cuatro aviones en dirección a tal parte, que por su velocidad parecen Mirage. Una hora antes de que llegaran, los ingleses ya estaban informados de su arribo.

¿A usted le iban informando sobre lo que se entregaba a los ingleses?

Yo tenía otras cosas que hacer, pero al final de cada día me informaban lo que había ocurrido.

¿Alcanzaba a contarle a Pinochet el desarrollo de los acontecimientos?

Nunca le contaba nada. Empecé a no contarle por una sola razón: si “saltaba la liebre”, quería que Pinochet estuviera en condiciones de jurar que él no sabía nada. De esa forma, podría decir que el culpable era el imbécil de Matthei y que lo echaría de inmediato. Nosotros siempre vamos a ser vecinos de Argentina, por eso no podíamos echar a perder para siempre esas relaciones.

Imagino que, de todas formas, los argentinos sospechaban.

Antes incluso de que llegara Edwards, ya había conversado con el agregado aéreo argentino. Le dije que pidiera autorización a sus jefes, porque quería mandarlo para allá con un mensaje. Delante de otras personas, le pedí que transmitiera a Lami Dozo, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea Argentina, lo siguiente. Primero, que nunca en mi vida pensé que podían ser tan idiotas. Teniendo todas las posibilidades en mi cabeza, ésta fue la única que no ingresé en mi computador mental. Segundo, que ante esta situación le garantizaba que la Fach nunca atacaría por la espalda a Argentina. Tenía mi palabra de honor de que Chile no atacaría, bajo circunstancia alguna. Tercero, que cuando hay un incendio en la casa del vecino, el hombre prudente agarra la manguera y vierte agua en su propio techo. Por eso, en este momento haría todo lo posible por reforzar la Fuerza Aérea de Chile y su defensa, porque no hacerlo sería un acto irresponsable de mi parte.

Pero eso equivalía a alertarlos…

Significaba que compraría aviones, radares y misiles donde me fuera más fácil y rápido obtenerlos, es decir, en Inglaterra. Lo demás no se lo dije, obviamente, y nunca lo habría dicho si no fuera porque pasó toda esta lamentable situación que vivió el general Pinochet en Londres. Me habría quedado en silencio para siempre. Ahora le damos el crédito al general Pinochet, pero yo… no es que se lo haya escondido a propósito, sino de buena fe, porque tenía que estar en condiciones de culpar a otro si pasaba una trampa como esa. Pinochet, o el gobierno chileno, no se podían “fregar” por este motivo. Uno está dispuesto a hacer esas cosas.

Las negociaciones entre usted y Gran Bretaña tomaron en algún momento un cariz político?

Nunca hicimos un planteamiento político. Ambas partes estábamos de acuerdo en que no queríamos “political commitments” (compromisos políticos) de ningún tipo. No había una mayor alianza, se trataba estrictamente de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Tan sencillo como eso: oportunismo.

Puro pragmatismo.

Llámelo como quiera, pero ésa fue la situación. No hubo mayores compromisos por ambos lados. Ni siquiera recibí una condecoración británica u otro tipo de reconocimiento.

¿Cuánto duró esta situación?

Se extendió durante toda la guerra. Nosotros nos quedamos con el avión, con los radares, los misiles y los aviones. Ellos recibieron a tiempo la información y todos quedamos conformes…

¿Hasta luego y muchas gracias?

Claro. Y a Sidney Albert Edwards lo despidieron al día siguiente por motivos de índole personal y entonces lo echaron. Después supe que estuvo metido en el tráfico de armas a Croacia (ver recuadro ).

Mientras sucedía todo esto, ¿alguien más de la Fuerza Aérea y de las otras ramas de las Fuerzas Armadas se enteró de lo que usted estaba haciendo?

La Fach, en general, tampoco sabía demasiado. Lo único que se dio cuenta la Fuerza Aérea fue que había llegado armamento y equipos nuevos. Llegaron en aviones de transporte ingleses, a través de la Isla de Pascua. Un día, por ejemplo, apareció un Hércules C-130 que decía Fuerza “Area” de Chile. Se trataba de un avión que tenía el mismo número de uno de los nuestros y al cual sólo le faltaba la letra “e” de Aérea. Eso llamó la atención. Estaba pintado con los colores de la Fach y tenía que llevar el radar a Balmaceda, donde se instalaría para tener visión hacia las instalaciones argentinas en Comodoro Rivadavia (ver mapa). Cuando terminó la guerra lo saqué de ese lugar, porque no era mayormente útil y lo trasladé a otro -donde funciona hasta el día de hoy- para vigilar el tráfico hacia la Antártica.

¿Cuándo terminó la guerra, informó más detalladamente al general Pinochet?

Sí. Ahí le conté a Pinochet que le habíamos comprado todo ese equipo a los ingleses, a sólo dos “chauchas”. Tenía que saberlo. Me miraba con una cara… Pero no le conté todo con detalles.

¿Por qué cree que la colaboración chilena terminó por saberse?

La destapó la señora Margaret Thatcher, pues ella obviamente lo sabía. El mismo Sidney Edwards me dijo que la Thatcher estaba muy agradecida porque conocía en detalle la ayuda prestada por Chile. En julio del ’99, ella le dio públicamente las gracias a Pinochet por haber ayudado a Inglaterra durante la guerra. Pinochet, en todo caso, no tenía mucha idea. Conocía el tema en forma general, aunque sabía que nosotros habíamos operado y que yo había pedido autorización en términos muy amplios.

Episodios clave
La reveladora entrevista al general Fernando Matthei que publica en este número Reportajes de La Tercera fue realizada en julio de 1999 por la historiadora y doctora en Historia de la Universidad Complutense de Madrid, Patricia Arancibia Clavel. Junto a ella participaron la periodista Isabel de la Maza y el investigador Jaime Parada.

Patricia Arancibia Clavel dirige el Centro de Investigación y Documentación en Historia de la Universidad Finis Terrae. La entidad, enfocada desde 1990 a recoger testimonios clave de los protagonistas de la historia reciente de Chile, ha acumulado una serie de registros grabados con personajes como el general Augusto Pinochet y el almirante José Toribio Merino, entre muchos otros.

La entrevista con Matthei publicada hoy no es sino un extracto de la serie de conversaciones que el ex comandante en jefe de la Fach sostuvo con Patricia Arancibia Clavel, y fue publicada con la autorización del general.

Comandos en Punta Arenas
La única prueba tangible de que Chile algo tuvo que ver con Inglaterra durante el conflicto fue el episodio de un helicóptero británico que cayó a tierra cerca de Punta Arenas, y cuyos tripulantes fueron rescatados por uniformados chilenos…

Un día llegó Sidney Edwards a confesarme que un helicóptero inglés había caído en territorio chileno. Le pregunté qué había pasado, en vista de que habíamos acordado que ellos no efectuarían operaciones militares hacia Argentina desde territorio chileno, y que ningún avión inglés que hubiera operado contra Argentina aterrizaría en Chile. Ese era el acuerdo fundamental al que habíamos llegado.

¿Qué había sucedido?

Ellos organizaron una operación -no de comandos, sino de “súper” comandos- para destruir los aviones Super Etandard franceses de la Marina argentina, que eran los que portaban los misiles Exocet. Los ingleses sabían que los argentinos tenían seis Exocet y ya habían comprobado su efectividad: con uno solo liquidaron al destructor Sheffield, un día después de que ellos hundieron al Belgrano. Pero los comandos que habían mandado para allá se perdieron, sin encontrar nada mejor que aterrizar en Chile. Lo hicieron al oeste de Punta Arenas, cerca de un camino, en el claro de un bosque. En seguida, decidieron incendiar la nave y aunque nadie los había visto descender, el humo se propagó en dos minutos, llegaron los carabineros, en fin.

¿Qué ocurrió con los comandos?

Tras quemar el helicóptero desaparecieron, comunicándose con Sidney Edwards por radio para saber qué hacían. Le contesté que llegaran hasta un determinado punto de nuestra base aérea, donde los esperaba un oficial de inteligencia nuestro. Allí les darían una tenida de civil y los pondrían a bordo de un avión Lan Chile o Ladeco hacia Santiago, para que desde aquí tomaran otro hacia Inglaterra. Eso fue exactamente lo que se hizo. Deberían haber quedado internados acá, porque esa es la ley, pero les propuse otra salida. Por eso, la señora Thatcher también mencionó la salvación de vidas humanas.

¿Los argentinos no se enteraron del incidente?

Sí y nosotros tuvimos que darles largas explicaciones, jurando “de guata” que nada sabíamos. No sé si nos creyeron o no, pero la verdad es me enojé muchísimo con los ingleses y tuve que poner la cara con Pinochet, diciéndole: “Mire lo que hicieron estos imbéciles”. El general tuvo que llamar al Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministro tuvo que dar explicaciones.

¿Quién era el ministro en 1982?

René Rojas Galdames. Al comienzo ambos estuvimos de acuerdo en que Relaciones Exteriores no lo supiera, pero en este caso tuvimos que confesar -no toda la operación, sino que los ingleses habían cometido un error-. Pudimos jurar de buena fe que no estábamos al tanto de la operación.

Un conflicto traumático
¿Cómo era la relación de la Fach con la Fuerza Aérea Argentina durante el período previo al conflicto de las Malvinas?

Buena y franca, en general. Después en Argentina vino todo el mea culpa, la Junta cayó…

¿Usted se encontró después con alguno de ellos?

No, pero después tuve buenas relaciones con el general Ernesto Crespo (ex comandante en jefe de la FAA entre 1985 y 1989, y jefe de las unidades de combate durante las Malvinas). También fui invitado oficialmente a Argentina a visitar su Fuerza Aérea. Nosotros dijimos una sola cosa: “Lo sucedido en esa época fue el resultado de la locura adquirida por algunos señores en su país, pero eso no tiene nada que ver con las relaciones permanentes. Estuvimos casi en guerra, ambos lo sabemos, pero fue una locura. Cerremos ese libro y empecemos nuevamente a construir. Como Fuerza Aérea, tanto ustedes como nosotros hicimos todo lo posible para que no hubiese guerra. Fueron los otros quienes armaron este lío, especialmente la Marina y el Ejército. Parchemos el asunto”.

¿Cuán traumática fue la guerra para los militares argentinos?

Cuando viajé a Argentina invitado por Crespo, constaté que había una animosidad muy grande de la Fuerza Aérea argentina contra el Ejército y la Marina de su propio país. Fueron arrastrados a un conflicto por las otras instituciones, a un conflicto con el cual no estaban de acuerdo como Fuerza Aérea, siendo al final los únicos que realmente pelearon. Perdieron la tercera parte de su Fuerza Aérea y a muy buena gente, mientras el resto -fuera del Belgrano, al cual torpedearon por andar paseando- no tuvo bajas. El Ejército peleó mal, hizo el ridículo. La animosidad que existía en la Fuerza Aérea Argentina no era contra los chilenos, sino contra las instituciones hermanas. Expresaron que todos se habían condecorado, pero que ellos no habían querido hacerlo por desprecio a los otros. Estaban muy molestos. Entendieron que nosotros habíamos cumplido con nuestro deber, siendo absolutamente necesario ante una situación de ese tipo. Una cosa es la amistad y las buenas relaciones con Argentina, que siempre he buscado, pero antes viene mi responsabilidad por defender a Chile. Lo entendieron de lo más bien y, como siempre lo dije, nunca hubo un mayor resentimiento.

Los primeros indicios
La colaboración chilena con las fuerzas británicas durante la guerra del ’82 había dado pie a muchas interpretaciones y versiones sin confirmar. Sin embargo, la primera en admitir públicamente la alianza Santiago-Londres no fue otra que Margaret Thatcher, la ex Primer Ministro británica que decidió, bajo su gobierno, recuperar las islas y declarar la guerra a Argentina.

Su revelación surgió el 9 de octubre del ’99, durante la conferencia anual del Partido Conservador británico. La “Dama de Hierro” decidió tomar la palabra para defender al general Augusto Pinochet, a punto de cumplir un año detenido en Londres. Junto con condenar la actitud del gobierno laborista de Tony Blair y del juez español Baltasar Garzón, decidió revelar cómo el régimen militar chileno le había ayudado durante la guerra de las Malvinas. La razón: imponer en la opinión pública de su país la idea de que Pinochet había sido un aliado clave de Inglaterra, y que a los aliados no se los mantiene cautivos.

En un extenso discurso, reveló algunos detalles de la colaboración chilena en el conflicto: “Chile es nuestro más viejo amigo en Sudamérica. Nuestros vínculos son muy estrechos desde que el almirante Cochrane ayudó a liberar Chile del opresivo dominio español. El debe estar hoy revolcándose en su tumba al ver cómo Inglaterra respalda la arrogante intromisión hispana en asuntos internos chilenos. Pinochet fue un incondicional de este país cuando Argentina invadió las islas Falklands. Yo sé -era Primer Ministro en esa época- que gracias a instrucciones precisas del Presidente Pinochet, tomadas a un alto riesgo, que Chile nos brindó valiosa asistencia. Yo no puedo revelar los detalles, pero déjenme narrarles al menos un episodio”.

“Durante la guerra, la Fuerza Aérea Chilena estaba comandada por el padre de la senadora Evelyn Matthei, quien está aquí esta tarde con nosotros. El entregó oportunas alertas de inminentes ataques aéreos argentinos que permitieron a la flota británica tomar acciones defensivas. El valor de esa ayuda en información de inteligencia se probó cuando faltó. Un día, cerca ya del final del conflicto, el radar chileno de largo alcance debió ser desconectados debido a problemas de mantenimiento. Ese mismo día -el 8 de junio de 1983, una fecha guardada en mi corazón- aviones argentinos destruyeron nuestros buques Sir Galahad y Sir Tristram. Eran barcos de desembarco que trasladaban muchos hombres y los ataques dejaron entre ellos muchas bajas.

“En total unos 250 miembros de las fuerzas armadas británicas perdieron la vida durante esa guerra. Sin el general Pinochet, las víctimas hubiesen sido muchas más”.

Luego de la finalización de las Guerra de las Malvinas, que enfrentó a Argentina e Inglaterra por la soberanía de las islas, la versión de que Chile había colaborado con los europeos estuvo siempre presente, hasta que se convirtió en una historia oficial en 1999.

En dicho año, el ex Comandante de la Fuerza Aérea de Chile, Fernando Matthei reconoció haber ayudado a Inglaterra y contó detalles de las operaciones, luego de que Margaret Tatcher agradeciera públicamente la ayuda chilena, develando el secreto, no muy bien guardado. En 2005 Matthei volvió a ratificar que apoyó a los ingleses y dijo que en las mismas circunstancias volvería a hacer los mismo.

Articulo de La Tercera, S.A.

http://www.geocities.com/chilenationalist/Matthei-Aubel.html

http://granimpetu.com/articulos/la-ayuda-chilena-a-inglaterra-en-la-guerra-de-las-malvinas/

FRATERNALMENTE.

DR. LUIS ANTONIO, ROMERO YAHUACHI.1

EL ORIGEN DEL SIDA

Cuando el profesor Jacob Segal, antiguo director del Instituto Biológico de Berlín, inició sus investigaciones sobre el sida, no podía imaginar que sus trabajos le conducirían a abrir la puerta de una de las páginas más vergonzosas de la historia secreta de nuestro tiempo. Sus primeras sospechas comenzaron a aflorar cuando descubrió la increíble semejanza entre el VIH -virus causante de la enfermedad- y otras dos especies víricas: el visna, una patología cerebral del ganado ovino que no se contagia al ser humano, y el HTLV-I, una forma de leucemia que ataca a las células T y raramente resulta fatal. El genoma del VIH es idéntico al del visna, mucho más parecido a éste que a cualquier otro retrovirus conocido, y el tres por ciento diferente corresponde con total exactitud a un fragmento del código genético del HTLV-I.

Las implicaciones de este descubrimiento comenzaron a espantar al profesor Segal. Tal grado de semejanza resultaba imposible como fruto de un proceso natural de evolución y mutación. La única explicación posible a este fenómeno es que alguien hubiera producido un híbrido de estos dos virus mediante ingeniería genética. El potencial destructivo del VIH podría haber sido incluso previsto por sus hipotéticos creadores, ya que su patología combina los efectos complementarios de ambas enfermedades. Los pacientes que no fallecen a causa de la deficiencia inmunológica provocada por el virus terminan presentando el mismo tipo de deterioro orgánico que las ovejas infectadas por el visna.

El profesor Segal debió de acercarse mucho a la verdad ya que -según la información publicada por el diario británico Sunday Express- dos funcionarios de la embajada estadounidense visitaron al científico en su domicilio para interrogarle sobre lo que sabía y pensaba de la enfermedad. También se le inquirió acerca de sus fuentes de información e intereses a la hora de redactar sus informes sobre el sida: “Uno dijo que era historiador y otro cónsul. Sin embargo, estoy seguro de que eran agentes de la CIA y que estaban seriamente preocupados respecto a que el encubrimiento oficial sobre el verdadero origen del sida pudiera ser puesto al descubierto. Les dije que conocía los experimentos llevados a cabo a mediados de la década de los setenta en Fort detrick, donde el Cuerpo de Investigación Médica del ejército estadounidense tiene su cuartel general. Estos experimentos se realizaron sobre reclusos con grandes condenas a los que se les prometió el indulto a cambio de su colaboración. Estoy casi seguro de que estos científicos desconocían el alcance de su terrible creación: el virus del sida”.

El hecho de que la teoría de Segal, que podría suponer una pista perfectamente válida a la hora de desarrollar un tratamiento o vacuna para la enfermedad, haya sido silenciada completamente en Estados Unidos y encontrada muy escasa difusión en Europa, hace pensar en una “mano negra” que pretende ocultar la verdad. Una verdad demasiado terrible para ser conocida por la opinión pública. Alemania, patria de Segal, es el único país donde sus ideas han encontrado un cierto predicamento. La televisión alemana dedicó un amplio reportaje de sus trabajos, y publicaciones tan prestigiosas como Stern o Der Spiegel se han interesado por su figura a través de sendas entrevistas. Sin embargo, y a pesar del alcance de los datos aportados en el libro de Segal, solamente en Alemania (AIDS-errenger aus dem Gen-Labor? -El virus del sida, ¿viene de un laboratorio genético?- Simon&Leutner, Berlín 1987) e India (El origen del sida, Kerala Sastra Sahitya Parishad, 1989) pudo encontrar editores dispuestos a darlo a conocer.

Las revistas científicas se han negado sistemáticamente a publicar sus trabajos, lo cual ciertamente llama la atención ya que, si son tan absurdas sus teorías, sería muy fácil rebatirlas en la estricta ortodoxia del método científico. Si el eje principal sobre el que giran los argumentos de Segal consiste en que el VIH es una combinación del HTLV-I y el visna, este proceso debería ser reproducible en laboratorio, lo que aportaría a la teoría una certidumbre absoluta. Según Segal, el experimento podría ser completado en menos de dos semanas, contando con un laboratorio y personal adecuado. En 1977 -fecha estimada del desarrollo del virus- este proceso habría tomado algo más de tiempo, alrededor de seis meses.

En cambio, la teoría “oficial” sobre el origen de le enfermedad tuvo una difusión extraordinaria en los medios de comunicación. Según ésta, el VIH se habría originado entre determinadas especies de monos africanos, de los que habría pasado al hombre a partir de una mutación. Esta hipótesis, que algunos expertos han bautizado como la “leyenda africana”, plantea un escenario absurdo desde el punto de vista epidemiológico por dos razones fundamentales: la primera es que el VIH es demasiado diferente de cualquier otro retrovirus que padezcan humanos o primates como para justificar su aparición merced a una mutación natural. El segundo argumento para desechar la “leyenda africana” es mucho más revelador. Los primeros casos documentados de sida en África datan de 1983, mientras que mucho antes -en 1979- comenzaron a registrarse casos entre la comunidad homosexual de Nueva York.

UN ARMA BIOLÓGICA

El argumento de Segal deja abiertos multitud de interrogantes. Si el virus del sida es una creación artificial ¿quién y por qué la llevó a cabo?

En 1948, entre las ruinas de lo que un día fuera el centro del arrogante III Reich, un joven y prometedor oficial de inteligencia llamado Henry Kissinger se vio involucrado en el conocido Proyecto Paperclip. El propósito de esta operación consistía en reclutar a antiguos nazis para que prestaran sus servicios en las más altas esferas del ejército, el espionaje, la tecnología espacial, la biología y la medicina estadounidense. Los responsables de la operación pusieron especial celo en proteger a ciertos criminales de guerra relacionados con la experimentación sobre seres humanos, entre los que se incluía al infame Joseph Mengele -“el ángel de la muerte”- su asistente, Klaus Barbie -“el carnicero de Lyon”-, Walter Rauff, supervisor en las SS de las cámaras de gas móviles, Friederich Schwend, sádico asesino de masas, y a Erich Traub, experto en enfermedades víricas a cuyo cargo se encontraba la sección de armamento biológico del Instituto de Investigación del Reich.

Veinte años más tarde, Kissinger renunciaba a su cátedra en la Universidad de Harvard y a su lucrativa posición en el emporio Rockefeller para convertirse en la mano derecha del presidente Richard Nixon, como director del Consejo Nacional de Seguridad. En estos días esta de actualidad una conversación mantenida con Nixon en que se le pedía consejo para la utilización de armas nucleares en Vietnam. Por aquel entonces la guerra fría se encontraba en uno de sus puntos más delicados y a Kissinger se le planteó la necesidad de encontrar una alternativa viable al empleo del armamento nuclear. Sin embargo, no era tarea fácil. ¿Dónde se podría encontrar algo tan devastador como una cabeza atómica pero cuyo empleo no supusiera la completa destrucción del planeta?

A esta pregunta parece contestar un documento fechado el 9 de junio de 1969. En él se transcribe la comparecencia del Dr. Donald M. McArthur -Director Adjunto de Investigación y Tecnología del Departamento de Defensa- ante el subcomité de Dotaciones del Congreso de los Estados Unidos, órgano encargado de la asignación de presupuestos militares. Durante su intervención, el Dr. McArthur solicitó a la cámara una partida presupuestaria de diez millones de dólares a fin de sufragar el desarrollo, en menos de diez años, de una nueva arma biológica consistente en un microorganismo contagioso capaz de destruir el régimen inmunológico humano: “Un microorganismo infeccioso que diferiría en ciertos aspectos importantes de cualquier agente patógeno conocido. Lo más importante de esto es que puede ser refractario al proceso inmunológico y terapéutico del que dependemos para mantener una relativa inmunidad ante las enfermedades infecciosas… Un programa de investigación que explore la viabilidad de este planteamiento podría ser complementado en aproximadamente cinco años, con un coste total de unos diez millones de dólares”. Por si entre los congresistas existiera algún pudor a la hora de financiar semejante monstruosidad, McArthur aderezó su intervención apelando a los, por aquel entonces muy vigentes, fantasmas de la Guerra Fría: “Existe poca duda de que el enemigo pueda desarrollar un elemento similar, enfrentándonos ante una importante área de inferioridad potencial en una tecnología militar sobre la que no contamos con un programa de investigación adecuado”. Sus argumentos debieron resultar suficientemente convincentes para los miembros del Subcomité ya que el Dr. McArthur obtuvo los diez millones de dólares que tanto necesitaba para mantener la seguridad del mundo occidental. Su discurso ante la Cámara de Representantes bien podría ser considerado como la partida de nacimiento del sida.

Se nos podría argumentar que el valor probatorio de la intervención del Dr. McArthur es relativamente pobre ya que sólo expresaba un deseo, sin que existan indicios de que tan macabro proyecto llegase jamás a buen puerto y mucho menos de que tuviera alguna relación con el sida. Por desgracia no es así. Existen pruebas, cuando menos circunstanciales, como para completar la pesadilla ideada por el Dr. McArthur con un quién, un dónde y un cuándo.

La fecha habría sido el año 1975. El lugar, el Centro de Investigación sobre Armamento Biológico de Ford Detrick, Maryland (E.E.U.U.). En este punto se da una de esas “casualidades” de las que tanto disfrutamos los teóricos de la conspiración. Precisamente en 1975, la sección de virus de ese centro de investigación militar pasó a denominarse centro Frederick de Investigación sobre el Cáncer, dependiente del Instituto Nacional de Cáncer, organismo que, junto al Centro de Control y Prevención de Enfermedades, en Atlanta, tuvo un notable protagonismo en el desarrollo del arsenal biológico estadounidense. Allí prestaba sus servicios por aquel entonces el Dr. Robert Gallo quien, curiosamente, descubrió en 1984 la existencia del VIH -virus generalmente aceptado como causante del sida- y enunció la teoría del origen africano de la enfermedad, convirtiéndose en referente imprescindible de la investigación sobre este tema. Su hipótesis en la semejanza entre el VIH y el STLV-III, un virus de los simios africanos. Éste habría sido transmitido a un ser humano a través de una mordedura. A partir de ahí, fundamentalmente por medio del sexo y las transfusiones de sangre, la enfermedad se habría ido extendiendo hasta alcanzar los niveles actuales. Como historia no está mal, pero deja tantos puntos oscuros (especialmente el cómo y por qué de la mutación del virus, pasando espontánea e inmediatamente de inofensivo a mortal) que no resiste el más leve análisis crítico de lo que debe ser una hipótesis científica.

Existen evidencias de que, durante la primera mitad de la década de los setenta, Gallo estuvo trabajando para la CIA en el marco de un proyecto secreto denominado MK-Naomi relativo al desarrollo de armas biológicas, muy similares a lo que hoy conocemos como el sida o el ébola. Durante la etapa en que este programa estuvo en funcionamiento arreció la incidencia de ciertos microorganismos infecciosos como el E. Coli 157, la bacteria devoradora de carne y los meningococos, así como de nuevos virus: el sida, el ébola, el hanta y la hepatitis C, entre otros. También se verificaron aumentos en la mortandad asociada a cánceres de los tejidos blandos, como el de próstata, el de mama o los linfomas todos ellos comúnmente achacados a la exposición a contaminantes químicos y ambientales o a la acción de toxinas de origen artificial.

En relación con el proyecto MK-Naomi, el director de la CIA, William Colby, admitió que el interés de la agencia en el armamento biológico estaba directamente vinculado a las operaciones encubiertas realizadas en Zaire, Angola y Sudán, los países más castigados por el sida y el ébola. Nathan Gordon, jefe de la sección química de la División de Servicios Técnicos de la CIA declaró, además, que la ingente cantidad de material biológico almacenada por la agencia era susceptible de ser empleada en proyectos de inmunización masiva, desarrollo de nuevas vacunas e investigación sobre el cáncer. Ése habría sido el campo en el que el Doctor Gallo estuvo ocupado durante su pertenencia al servicio de inteligencia.

FORT DETRICK: EL PARAÍSO DE MAQUIAVELO

En esta instalación, entre el otoño de 1977 y la primavera de 1978, habría nacido el VIH, concretamente en uno de los laboratorios conocidos como P4 -de máxima seguridad-, en el que se habrían combinado los materiales genéticos del visna y el HTLV-I. La fase experimental se habría llevado a cabo empleando como conejillos de indias a convictos de diversas prisiones federales, a los que se habría ofrecido la conmutación de sus penas a cambio de su colaboración en un programa de investigación médica, una práctica habitual, aunque de sospechosa ética, en el sistema norteamericano.

Todo podría haber sido un mero peldaño más en la sórdida historia de la experimentación con seres humanos de no ser por un fallo que cometieron los experimentadores. Los padres del VIH no sospecharon que la enfermedad pudiera tener un periodo de incubación tan enormemente largo como el del sida que, en muchos casos, supera ampliamente la decena de años. Al no apreciar los científicos ningún tipo de síntomas en los sujetos, el experimento fue considerado un fracaso y los “conejillos” puestos en libertad tal y como se les había prometido. A partir de ese momento la epidemia se convirtió en incontrolable. El alto porcentaje de toxicomanía y homosexualidad entre los reclusos fue seguramente lo que provocó que estos colectivos hayan sido los más castigados por la enfermedad desde que en 1979 aparecieran los primeros casos entre la comunidad homosexual de Nueva York.

El principal valedor de esta versión ha sido el propio Jacob Segal, lo que le ha valido encontrarse en el ojo del huracán de una polémica que no le ha reportado sino quebraderos de cabeza. Entre la multitud de críticas recibidas por Segal, cabe destacar la de uno de los personajes más directamente implicados por sus acusaciones, el Dr. Robert Gallo, quien en una entrevista publicada el 18 de abril de 1987 calificaba todo el planteamiento del científico alemán como una “maniobra propagandística del KGB”. Es posible que con tan pintoresca afirmación el Dr. Gallo pretendiera combatir el fuego con el fuego y atacar con una conspiración a quien tan claramente le había implicado en otra.

En medio de esta polémica y para hacer aún más confuso el asunto, en 1987 Peter Duesberg enunciaba una teoría según la cual el sida no estaría producido por ningún virus. A nadie se le escapa que si el VIH no es el causante de la enfermedad toda la historia que acabamos de relatar no tendría la menor base, por lo que entre los más suspicaces se sospechó que Duesberg no fuera sino un mero embaucador al servicio de los intereses de los verdaderos creadores del sida y su maniobra fuera de intoxicación.

Como apuntábamos anteriormente, una de las características más notables de la teoría de Segal es que nadie se haya tomado la molestia de comprobarla, a pesar de lo relativamente fácil que sería contando con los servicios de un laboratorio bien equipado. Si el científico alemán está en lo cierto y el VIH no es sino una suma genética de otros dos microorganismos, esa operación podría ser reproducida tantas veces como se deseara, lo que corroboraría su exposición. Sin embargo, nadie ha tenido la suficiente “curiosidad científica” como para intentar comprobar por sí mismo si esto es posible. Esta circunstancia se convierte en especialmente sospechosa al aparecer en escena una teoría como la de Duesberg, cuyo fin último sería el cerrar para siempre el debate sobre el origen del virus.

Llegados a este punto, uno no puede menos que plantear una pregunta impertinente: ¿cuál es la misteriosa razón que ha llevado a que las teorías de Duesberg y Gallo, sin comprobación experimental posible, hayan sido profusamente divulgadas a través de los medios de comunicación, mientras que la hipótesis del Dr. Segal, cuya comprobación experimental sería relativamente sencilla, ha sido sistemáticamente ignorada? En este caso no se puede hablar del rechazo que la comunidad científica y los medios de comunicación puedan sentir ante una postura heterodoxa, ya que la teoría de Duesberg, que niega la existencia misma del virus, es bastante más extravagante que la del Dr. Segal, quien sólo sospecha de su origen. No creemos que vayan por ahí los tiros. Si se ha calumniado y enterrado profesionalmente al Dr. Jacob Segal ha sido por apuntar la posibilidad de que se hubiera producido una conspiración cuyo alcance haría que el asesinato de Kennedy fuera en comparación una mera novatada de estudiantes. De hecho, en el propio legislativo norteamericano, hay quien ha contemplado seriamente esta eventualidad, como el congresista neoyorquino Theodore Weiss, famoso por su defensa de los derechos homosexuales, quien en un discurso parlamentario pronunció las siguientes palabras: “Dadas las actitudes que frente a la homosexualidad y los homosexuales demuestran ciertos sectores de nuestra sociedad, la posibilidad de que se haya empleado armamento biológico debe ser seriamente observada”.

¿Llevaba el congresista Weiss demasiado lejos sus conclusiones? Es posible, pero las estadísticas parecen darle la razón. A pesar de que potencialmente cualquiera puede ser víctima del sida, esta enfermedad se ha cebado con especial saña en sectores muy definidos de la población, como los homosexuales, los toxicómanos y los africanos, convirtiéndose en la primera epidemia de la historia que selecciona socialmente a sus presas. El cincuenta por ciento de los 210.000 casos de sida documentados en los Estados Unidos durante 1992 eran afroamericanos y el 31% hispanos, nativos o asiáticos, cuando estos colectivos apenas forman el 12% de la población norteamericana.

Pero vayamos un poco más lejos. A escala mundial, la desproporción entre blancos y otras razas es mucho mayor que en los E.E.U.U. Esta enfermedad se está convirtiendo en una forma de “genocidio natural” que hubiera sido la envidia de los jerarcas nazis. Las poblaciones de otras razas están siendo diezmadas mientras que los blancos permanecen relativamente incólumes, o por los menos, los blancos moralmente sanos.

Esto llamó poderosamente la atención de Steven Thomas, investigador de salud pública en la Universidad de Maryland, a escasos kilómetros de las instalaciones de Ford Detrick: “La gente quiere saber. ¿Ha sido producido por el hombre? ¿es una forma de genocidio? ¿Son ciertas las estadísticas? Actualmente estamos en posesión de datos suficientes como para afirmar que la falsificación de las estadísticas gubernamentales respecto al sida es un hecho real y que la creencia de que esta enfermedad es una forma de genocidio es también real”. Esto es llegar mucho más lejos de lo que hizo el Dr. Segal con sus teorías. Tal vez sea mejor seguir pensando que estamos ante un microorganismo desconocido o, como mucho, frente a las catastróficas consecuencias de un incidente de laboratorio. Lo contrario sería suponer que desde los tiempos de la cámara de gas y el horno crematorio sólo se ha avanzado en crear medios cada vez más maquiavélicos de exterminar a nuestros semejantes.

Como último comentario recordemos que el gobierno racista de Sudáfrica se planteó crear un virus que sólo afectara a personas de un determinado grupo genético. Entre los que se barajó el color de los ojos y la clase y color del pelo.

Este proyecto era mucho más selectivo que el “primitivo” virus del sida. Y no produciría víctimas colaterales no deseadas.

http://www.proyectopv.org/1-verdad/1marcosconspiraciones.html

CORAZÓN DE CAMPEÓN – DR. ROMERO

CORAZÓN DE CAMPEÓN

Por Entrevista a Juan Vereecken A lo largo de su historia Apuntes Pastorales ha presentado las perspectivas y experiencias de reconocidos líderes sobre un tema fundamental del ministerio: los ingredientes que conforman el ejercicio de un liderazgo eficaz. En esta ocasión Apuntes Pastorales dialogó con Juan Vereecken, autor del libro Corazón del campeón (Betania) y pastor en Monterrey, México. También es parte del equipo de LIDERE y director de Todos Deben Saber.

AP – ¿Qué te motivó a escribir Corazón de campeón?

JV – Hace unos tres años yo estaba meditando sobre una serie de principios relacionados con el tema de liderazgo. Una tarde, después de podar la grama del jardín, regresé a casa muy acalorado y me recosté sobre el piso para refrescarme. De repente, el Señor, en veinte minutos, tomó los conceptos sobre los que venía meditando y les dio un orden. Rápidamente busqué una hoja de papel, un lapicero y comencé a escribir. En pocos minutos había elaborado un acróstico utilizando la palabra campeón. Cada letra representa un principio de liderazgo que, inicialmente, incorporé a un manual de estudio para compartir en seminarios a líderes jóvenes.

Por mi estilo de enseñanza siempre he incluido muchas ilustraciones de mi propia experiencia en México y de las muchas locuras que he cometido. Las personas que participaban en estos seminarios me animaban a incorporar estos principios a un libro, así que decidí seguir sus recomendaciones.

AP -¿Podrías compartir los principios que forman el acróstico CAMPEÓN?

JV – ¡Claro! La «C» representa el principio del comienzo. Todo liderazgo auténtico comienza con una clara comprensión de la identidad de uno mismo, lo cual va más allá del simple hecho de ocupar una posición o obtener un título.

AP -¿Por qué consideras importante este principio?

JV – No es coincidencia que ocupe el primer lugar en la lista. El fundamento sobre el cual descansa un liderazgo sano es ese sentido claro de identidad personal. Del mismo modo, la falta de definición de nuestra propia identidad repercute seriamente sobre el ministerio. Cuando uno no encuentra paz consigo mismo y tiende a definirse más por los golpes y las injusticias de la vida, experimentará muchas complicaciones en el ejercicio de su liderazgo.

David es un ejemplo conveniente para ilustrar este concepto. Algunos estudiosos de la Palabra opinan que nació de una relación adúltera y que ese fue el motivo del deprecio que recibió de su familia. Sea como haya sido, el muchacho no había recibido ninguna capacitación para fungir como rey. Su oficio consistía en la más simple de las tareas, cuidar las ovejas de su padre.

Una gran mayoría piensa que, cuando Dios lo llamó, automáticamente lo transformó en el gran rey que conocemos. La verdad es que David había nacido con un corazón de campeón pero ni él mismo lo sabía. No obstante, cuando Dios irrumpió en su vida y le dijo: «yo te saqué de detrás del redil y te puse como príncipe», comenzó a entender que su identidad era diferente a la asignada por su familia. Esta nueva percepción de sí mismo fue el comienzo de una gran transformación que el Señor obró en su vida.

Una de las frases más sobresalientes de todo el libro es la siguiente: «solo Dios tiene derecho de decirte quién eres, pues él es quien te formó».

AP-¿Cuál es el segundo principio?

JV – El principio de la amistad. Este principio dice que un líder debe cultivar vínculos profundos con otros líderes que son sus compañeros en el ministerio. También lo menciona John Maxwell en su libro Las veintiuna leyes irrefutables del liderazgo. Las personas que rodean a un líder determinan, más que cualquier otro factor, la clase de futuro que tendrá. El líder debe escoger con cuidado las personas que estarán más cerca de él. David y Jonatán son el mejor ejemplo de este principio. Los dos se convirtieron en hombres de impacto gracias al apoyo y la inversión que cada uno hizo en la vida del otro.

AP- ¿Qué sucede cuando un líder se encuentra solo en el ministerio?

JV – ¡Un líder nunca está solo! En mi opinión, si un líder está solo no es un líder. Muchas veces afirmamos que los líderes se encuentran muy solos porque su cargo no les permite que compartan con otros. En mi opinión, si están solos es porque han perdido el contacto con la gente. Ejercer liderazgo es ejercer influencia y no lograremos influenciar a otros si no nos acercamos a las personas. Un líder que se ha aislado de los demás es un individuo que solamente ocupa un puesto. Tiene el título de su función, pero no está ejerciendo ningún ministerio real.

AP –Vayamos al principio de la M.

JV – La «M» se refiere al principio de la multiplicación, que habla la manera en que un líder reproduce su vida en otros que está formando. No importa su edad, ni qué ministerio desempeña, pero eso sí, una de las marcas que caracterizan su liderazgo es que se reproduce en otros. Todo líder ha sido llamado a dar prioridad a la formación de otras personas, pues es la forma en que conseguirá expandir significativamente el ministerio que el Señor le ha confiado.

Por supuesto que este conlleva una demanda muy seria para el líder, pues ¡lo obliga a vivir la clase de vida que aspira formar en los otros! Nadie puede reproducir en otros lo que no experimenta en su propia vida. A la vez, debemos recordar que el proceso de formación demanda tiempo, por lo que resulta conveniente que demos libertad a la gente de aprender cuando comete los errores naturales en cualquier proceso de aprendizaje.

AP – ¿A que principio se refiere la «P»?

JV – La «P» tiene que ver con la pasión. Un líder debe sentir fuego por el proyecto que se le ha confiado, porque Dios mismo es Dios de pasión. Cuando verdaderamente está presente esta pasión, el líder se esforzará en extremo, pues la misma visión del proyecto lo invadirá. Por otro lado, esa pasión evitará que se enfoque en otros asuntos que lo distraerán del propósito principal del Señor para su vida. Cuando un líder carece de pasión le cuesta trabajo motivar a las personas que lo acompañan, porque la pasión es contagiosa.

Muchas veces me abordan personas muy confundidas en cuanto al proyecto de Dios para ellas. Me preguntan: «Juan, ¿cómo logro saber cuál es la voluntad de Dios para mi vida?» «Es muy sencillo» —les respondo. «¿Qué te apasiona verdaderamente? ¡En eso debes involucrarte con todo corazón!» Por supuesto que Cristo debe ser partícipe de esta pasión, pero nos asombraremos de lo fácil que resulta descubrir la voluntad de Dios cuando comenzamos a caminar en esa dirección.

AP – ¿Cuál es el principio que le sigue?

JV – El principio de la «E» tiene que ver con la elección. El libro que escribí está dirigido principalmente a los líderes jóvenes y este principio es fundamental para ellos. Con él me refiero a la elección, de la persona con la cual queremos compartir permanentemente nuestra vida. El cónyuge de un líder determinará, más que cualquier otro factor, el nivel de influencia que logre en la vida de otros. Por esto, no es cuestión de casarse solamente con la persona que me atrae. Es sabio el que recibe consejo y busca la dirección del Espíritu para esta decisión. Nuestro deseo es que la persona elegida sea una verdadera compañera en el proyecto que hemos recibido del Señor.

AP – ¿Por qué afecta el trabajo de un líder su relación con su cónyuge?

JV – La esposa es la persona más cercana al líder. Permítame ofrecer un ejemplo del Antiguo Testamento, Acab, rey de Israel. Relatan las Escrituras que fue uno de los hombres más malvados en la historia. Una de las personas que más lo inclinó hacia el mal fue su propia esposa, Jezabel. El matrimonio es la relación más estrecha y profunda que dos personas puedan experimentar. Aun cuando la pareja no logre un nivel profundo de intimidad ni una estrecha relación, la influencia del uno sobre el otro no puede ser frenada ni ignorada. La eficacia o falta de ella de un líder es la expresión más cercana de lo que vive a diario dentro del ámbito de su propio hogar.

Carlita, mi esposa, y yo trabajamos como un equipo. Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que alcanzo mayor influencia en el ministerio gracias al aporte que recibo de ella en mi vida, y lo mismo ocurre en la de ella.

AP – Avancemos al principio de la O.

JV – El principio de la «O» apunta a un tema neurálgico en nuestra cultura actual, la obediencia. Este principio afirma que un líder nace y crece a través del servicio a otros, mientras cultiva un espíritu obediente y fiel a Dios en toda circunstancia. Quiero usar nuevamente a David como ejemplo. Los primeros años de su vida pública los dedicó para servir a su rey, aun cuando el mismo Saúl procuró repetidas veces quitarle la vida. La fidelidad que demostró desarrolló en él algunas de las extraordinarias cualidades que lo convirtieron en un gran varón sobre la casa de Jehová. Aun cuando David tuvo la oportunidad de quitarle la vida a Saúl, mientras este dormía, respetó el principio de la sumisión. Supo esperar el cumplimiento de los tiempos del Señor y, en esa espera, desarrolló características espirituales sobresalientes.

AP – ¿Cuáles son los valores que se aprenden en esta clase de situación?

JV – ¡Muchísimos! Cuando mi esposa y yo llegamos a México, serví a un hombre indígena que se llamaba Venancio. Él no sabía leer ni escribir. Recibió a Cristo en 1935 y comenzó a caminar por la sierra compartiendo las buenas nuevas del evangelio. Cuando yo lo conocí, él ya había fundado ¡entre 150 y 200 congregaciones! Mi deseo era servirle por lo que me ofrecí a trabajar como su chofer.

¡Este hombre se comportó increíblemente conmigo! Siempre creyó en mí. En los dos años que permanecí a su lado no lo escuché nunca compartir con su gente, porque siempre me daba a mí la oportunidad de enseñarles a ellos. Esos años marcaron profundamente mi corazón. Cuando yo lo escuchaba aconsejar a otros pastores de la sierra realmente lograba bendecirme en extremo. Aprendí cómo tratar a ciertas personas, cómo valorarlas y afirmarlas. También formó en mí persistencia y constancia, porque vivimos experiencias en las que los rebeldes de la sierra quisieron matarnos.

Para mí, en este principio se aplica al pie de la letra lo que Jesús enseña en la parábola del mayordomo: «si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?» (Lc 16.12). En nuestros tiempos muchos jóvenes pecan por acelerados, porque quieren tener todo al instante. Mas en los planes de Dios existen un proceso y un tiempo que deben respetarse. Entender esto nos ayuda a no resistirnos al ritmo que el Señor desea marcarnos, y ya no insistimos en empujar tanto.

AP – Aún queda pendiente la letra N del acróstico…

JV – ¡Claro! La «N» se refiere al principio de la necesidad. Existen ciertos elementos que todo líder necesita. Todo líder necesita de un amigo, por ejemplo, un mentor y un modelo. Sansón es un excelente ejemplo de lo que pasa cuando un líder poderoso ignora sus propias necesidades y decide actuar solo.

Cuando un líder es consciente de sus propias necesidades significa que también su corazón estará dispuesto a ser enseñado por otros. De nada sirve tener relaciones significativas si no estamos dispuestos a permitir que nuestros allegados nos corrijan, enseñen y exhorten cada vez que sea necesario. La gente se acomoda a la idea de que cuánto más influencia ejerce un líder menos cuentas necesita rendir a los que están a su alrededor, pero, en mi opinión, pensar así es un grave error. Cuanto más grande sea la responsabilidad que un líder carga, mayor es la necesidad de que rinda cuentas claras a otros, pues así se asegura de no ser presa de las trampas y acechanzas del diablo. En mi libro hay muchos ejemplos de las bendiciones que uno puede cosechar por estar comprometido con este modelo de relaciones. ¡Es una experiencia que uno no debe perderse!

El autor vive, junto a su esposa Carla e hijos, en México desde 1984. Trabajó durante muchos años en la fundación de congregaciones, y en la actualidad pastorea una congregación que comenzó en 2004.

Apuntes Pastorales, edición octubre – diciembre de 2006/ Volumen XXIV – Número 1

http://www.desarrollocristiano.com/site.asp?seccion=arti&articulo=1891